No se puede construir sobre un terreno que se mueve, por Nathalie Paz Alcázar

«Se vienen años muy duros para la libertad (económica e individual), pero yo no pierdo la esperanza de que en 200 años más podremos gritar nuevamente ¡viva la libertad! Ojalá en ese momento, nuestro grito tenga sentido».

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Esta semana celebramos 200 años de independencia. Este evento se dio luego de movimientos independentistas, tanto en nuestro país como en la región: Venezuela (1811), Argentina (1816), Chile (1818), Colombia (1819), Perú (1821). No es casualidad que hayamos sido de los últimos, pues el Virreinato era el bastión realista más importante y solo su emancipación lograría consolidar la de todos los países latinoamericanos.

“¡Viva la libertad!”, exclamó don José de San Martín aquel día. Nació nuestra República y los años posteriores se caracterizaron por una serie de infortunios: la minería fue recuperándose ligeramente, sin embargo, no había capital que permitiera su crecimiento. La agricultura entró en crisis, ya que las tierras fueron repartidas a los indígenas, que carecían de acceso a los recursos para trabajarlas. Por su parte, los hacendados conseguían dichos bienes, pero – la prohibición del comercio de esclavos – impidió contar con mano de obra.

Debido a estos factores, el hecho de traer productos de Europa comenzó a ser más barato y los comerciantes ganaron durante esos años. Las principales exportaciones de la época (plata y lana), se convirtieron en fuente de ingresos para el nuevo Estado, que tenía altos gastos por las batallas que seguía librando en las fronteras. En el tema de institucionalidad no nos iba mejor: en 24 años hubo 53 gobiernos distintos y 10 congresos. Al no haber una clase política consolidada, los militares tomaron ese rol.

Boom del guano, guerra con Chile, golpes de estado, dictaduras, guerras mundiales, hiperinflación, terrorismo… y llegamos al siglo XXI. Siempre resulta interesante recordar la historia: explica lo que somos hoy y orienta a lo que queremos ser mañana. En nuestro caso, nos ayuda a entender “en qué momento se jodió el Perú”. El país no es pobre por su geografía, tampoco por su gente. Somos pobres porque las instituciones económicas y políticas son débiles.

Después de la independencia se decidieron las reglas del juego. Lamentablemente, pese a los ideales nobles de algunos, estos preceptos se han modificado 12 veces en los años que llevamos libres. Así como no se puede construir un edificio sobre un terreno que se mueve, tampoco es posible erigir una nación en medio de normas que cambian, en promedio, cada 16 años.

Aún estamos a tiempo – siempre lo estaremos – , de mejorar dichas instituciones. Asia es un claro ejemplo de cómo el desarrollo es factible a pesar del peso de la historia. Todo país en el mundo ha tenido crecimiento e impulso económico basándose en ideales capitalistas: propiedad privada, libre mercado, rechazo al mercantilismo.

Es irónico hablar de ello cuando el presidente electo y su partido están en la antípoda de estas premisas. Se vienen años muy duros para la libertad (económica e individual), pero yo no pierdo la esperanza de que en 200 años más podremos gritar nuevamente ¡viva la libertad! Ojalá en ese momento, nuestro grito tenga sentido.

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