No solo agua, señor Presidente, por Fabrizio Anchorena

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“Si no hubiera corrupción en el Perú del pasado, ya tendríamos agua potable en todo el país. Pero se llevaron la plata”, manifestó el Presidente en Arequipa tras supervisar los trabajos de agua y desagüe que se ejecutan en la zona de Ciudad de Dios, la cual tiene una inversión de más de 27 millones de soles.

El conocimiento de los últimos actos de corrupción han colocado en evidencia la debilidad de nuestra democracia: deslegitimación de las instituciones y violación de derechos, acciones que nos empobrecen como sociedad y terminan carcomiendo la dignidad de la persona humana. Como todo Estado, aspiramos a elevar los índices que nos permitan posicionarnos en la esfera de democracia plena y disfrutarla como tal; no obstante, siempre existirán personas con sed insaciable de dinero. De hecho, en la Antigua Grecia ya se hablaba de corrupción (véase el caso de Demóstenes).

La profesora Susan Rose-Ackermann, quien es una experta en lucha contra la corrupción y ha escrito diversos libros sobre la materia, nos indica que el conocimiento público de los actos de corrupción genera “tal” indignación ciudadana que permite a los gobiernos implementar novedosas y necesarias reformas. Toda crisis es una oportunidad, solo necesitamos dos ingredientes: indignación y voluntad política para aplicarlas. Según informe de Proética se estima que la corrupción hace perder al país alrededor de 3% a 5% del PBI al año. Tal vez, este es el momento a raíz del caso de Odebrecht.

Vivimos en la informalidad, en la desfachatez y –para colmo- recibiendo condicionantes de empresas corruptas como “ninguna empresa colaborará si es expulsada” o expresando disculpas por sus “errores”. Gran equivocación del representante de Odebrecht en el Perú, ¡Qué descaro! La imagen del país está por los suelos y es deber reconstruirla para ser competitivos internacionalmente a través de tres pilares: (i) calidad,  (ii) eficiencia e (iii) integridad y transparencia.

Meses atrás, una columna de Semana Económica indicaba que el poder corrompe aunado a un Estado grande, frondoso y burocrático como el peruano. Claro que sí. Un Estado que cree saber más de lo que ya sabe, que pretende abarcar todos los espacios posibles y que convierte la sencillez en complejidad. Estos aspectos permiten que se formen “funcionarios públicos” especializados en el saqueo, pillaje y desfalco.

Tal es así que, el presidente Kuczynski se equivoca en decir que todo el país tendría agua sin los actos de corrupción, a esa frase le sumaría infraestructura de calidad, transporte público decente, lucha frontal contra la delincuencia, tendríamos eso y mucho más, un aparato estatal moderno y de buen servicio al ciudadano. Hemos heredado todo menos un Estado cercano y eficiente.

Las reformas son necesarias siempre y cuando existan los tres pilares, de lo contrario son en vano. El Gobierno Kuczynski ya empezó legislando a través de la delegación de facultades, falta mucho más como incentivar (y obligar) el uso de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC’s), generar más competencia, transparentar al máximo las acciones de la administración pública, empoderar a Servir, fomentar la Agenda Digital, estandarizar procedimientos, etc.

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