No solo un Senado, también necesitamos senadores, por Ernesto Álvarez Miranda

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Es posible que el Senado de los Estados Unidos haya salvado la unidad de la mayor potencia mundial. Sucedió durante los debates de la Convención de Filadelfia en 1787, el proyecto inicial solo consideraba un Congreso unicameral, compuesto por representantes de los trece estados, pero en número proporcional a la población electoral de cada uno de ellos, lo que permitió a los estados más grandes el control de los estados más pequeños. Ante la amenaza de éstos últimos de retirarse de la Convención, James Madison propuso un Senado compuesto por dos representantes de cada estado, sin importar su población.

Las relaciones entre la Cámara de Representantes y el Senado han ido evolucionando de acuerdo a la realidad política. Si bien es cierto que fueron concebidas iguales en importancia, en la actualidad muchos representantes aspiran a lograr una curul de senador. Los primeros postulan por un distrito electoral pequeño y su mandato es de tan solo dos años, por lo que una vez elegidos deben iniciar su campaña de reelección, regla que los obliga a estar en permanente contacto con sus electores. Desde luego, el perfil típico de un representante es de un líder local más que de un académico o una personalidad de envergadura. Por el contrario, el senador tiene mandatos de seis años y suele tratarse de un político de importancia nacional o estatal, con experiencia en la otra Cámara o en la administración gubernamental.

El deseo de obtener la anhelada reelección obliga a unos y a otros a tratar de satisfacer las necesidades y tendencias de sus electores pero, es diferente deber la carrera política al humor de los electores de un determinado condado, Miami-Dade por ejemplo, que responder al complejo electorado de todo un estado, Florida en este caso. Se puede afirmar entonces la superioridad política del Senado sobre la Cámara de Representantes. Lo contrario ocurre en el parlamentarismo europeo, donde todo político aspira a lograr su elección a la Cámara de Diputados, escenario del cual saldrá el nuevo Primer Ministro y su Gabinete Ministerial.

En el histórico presidencialismo frenado peruano, ambas Cámaras se han controlado mutuamente, reduciendo la probabilidad de aprobar normas con graves equivocaciones o consecuencias imprevistas. Ciertamente, el proceso legislativo podía ser innecesariamente prolongado, por haberse concebido al Senado como Cámara revisora de todos los proyectos de ley aprobados por los diputados.

Cada Cámara tiene su propio carácter, la de diputados con su ímpetu y vehemencia, la de senadores con reflexión y análisis; la primera respondiendo a la coyuntura inmediata e interés regional, la segunda con la sabiduría de la experiencia e interés nacional. Siendo eso así, le corresponde a los primeros la discusión y aprobación de los proyectos de ley que no requieren mayoría calificada, la labor de investigación parlamentaria, el voto de confianza, la interpelación y la censura ministerial. Son los diputados quienes deben recoger las necesidades de cada uno de sus distritos electorales para articularlos al proceso político.

Por el contrario, un nuevo Senado, pequeño en número de integrantes y elegido dos años antes de cada elección presidencial por distrito nacional único, vería los proyectos de reforma constitucional, leyes orgánicas y de desarrollo constitucional. Así también, la elección de miembros del Tribunal Constitucional, BCR y Defensor del Pueblo. De igual forma, la ratificación de tratados, y la revisión de los procesos de acusación constitucional y de vacancia presidencial.

Recordemos que el Congreso bicameral de la década de los ochenta, tenía aproximadamente la mitad del presupuesto del actual unicameral. Si el Congreso reduce los gastos innecesarios, ajenos a sus funciones constitucionales, bien podría el país tener un Senado que sirva de contrapeso y equilibrio político. Por tanto, el impedimento para la creación del Senado no es económico, el problema será elaborar las reglas electorales que incentiven la postulación de personas serias y ponderadas, de la talla de un Luis Alberto Sánchez, Mario Polar o Enrique Bernales, y luego rezar para que los electores los voten.

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