Nostalgia a mano armada, por Gonzalo Ramírez de la Torre

262

Al mismo ritmo de “por Dios y por la plata”, la parlamentaria del Frente Amplio, María Elena Foronda, fue protagonista de un curioso lapsus la semana pasada. En una sesión de la Comisión de Pueblos Andinos, Foronda dijo: “Procederemos a votar a mano ‘armada’”, causando risa en todos los presentes y, consciente de la irónico de la situación, en ella también.

Y es que, claramente, un miembro del Frente Amplio, con los antecedentes que tiene el partido de indulgencia hacia algunas muestras de la izquierda radical, de pronto protagonizado semejante desliz, es una situación muy graciosa. No porque la violencia en sí sea algo digno de ser trivializado, sino porque da la impresión que justamente en este instante de inconciencia supina, la izquierda, al fin, dejó constancia verbal del verdadero matiz de rojo que ostenta su bandera política. Y la involuntaria revelación es, con notas de impudicia política, oro cómico.

Pero claro, sería absurdo imaginar que esto delata una intención de golpe de estado o una sed de revolución armada al buen estilo del siglo XX. De hecho, lo que esto en verdad parece evidenciar es un poco de nostalgia, pero no cualquier nostalgia, obviamente, sino la peor, aquella que, en palabras de Joaquín Sabina, “añora lo que nunca jamás sucedió”.

Y es que póngase a pensar, la izquierda nacional, atracada en la prehistoria política por una necia renuencia a aceptar que el mundo ha cambiado, aún sueña con aquella gesta romántica por el poder, empuñando una bandera roja en la mano, coreando ‘La internacional’ y sacando al líder de turno a patadas de Palacio. La realidad, sin embargo, esa que los obliga a moderar su discurso para encandilar a ciudadanos que ya no se comen el cuento revolucionario, debe ser durísima para ellos y estos eructos del inconsciente, lo dejan clarísimo.

Pero claro, el diagnóstico que determina que los izquierdistas padecen de dolor por sus anhelos reprimidos no puede centrarse únicamente en el lapsus linguae de la señora Foronda. De hecho, para ese propósito, sobran los síntomas.

Están los relacionados al terrorismo, por ejemplo. Siempre ha estado clarísimo que al Frente Amplio le ha costado condenar con tajante firmeza las acciones de los terroristas del MRTA y Sendero Luminoso. Tanto ha sido así que han tenido en sus filas a gente allegada, de alguna u otra manera, a los grupos mencionados. Incluso, en su momento, por medio de Justiniano Apaza, no supieron cerrarle de plano las puertas del partido a un Peter Cárdenas Schulte que manifestó su interés de participar en política con un partido de izquierda. Luego veríamos, ya en el 2017, el “lapsus” con la foto de la terrorista Edith Lagos en un video del Frente Amplio y la insistencia de algunos miembros de la bancada en llamar “presos políticos” a los terroristas.

También está la actitud hacia Venezuela. Ante los últimos hechos (y su simetría con lo hecho por Alberto Fujimori en el Perú), los frenteamplistas se vieron obligados, a regañadientes, a condenar las acciones de Nicolás Maduro. Sin embargo, antaño ya se les había notado resistentes a criticar el régimen chavista, quizá porque es lo más cercano que tienen a la concreción de su sueño revolucionario (con toda la podredumbre que claramente ello ha conllevado). No obstante, a pesar del intento de distanciarse de esta dictadura, siguen negándose a apoyar las mociones que condenan ciertos actos en el país llanero y, recientemente, se negaron a aplaudir al opositor Julio Borges cuando visitó el Congreso, como si fuera un apestado.

Así, queda clarísimo qué es lo que aflige a la izquierda nacional hoy en día. Sin duda el rigor de la modernidad y el destierro de los radicalismos los llena de comprensible impotencia, al fin y al cabo ellos crecieron creyendo que esa era la forma en la que se tenía que hacer política. Felizmente tenemos episodios como los de María Elena Foronda para recordarnos qué es lo que los está molestando y para que comprendamos (aunque se nos haga difícil) que sufren de una nostalgia a mano armada.

Lucidez no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.