Notre-Dame, por Angello Alcázar

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El incendio de la Catedral de Notre-Dame se está viviendo en el mundo entero acorde con la tragedia mayúscula que entraña para Francia, su historia, y ese riquísimo universo que constituye el arte europeo. Supuestamente provocado por un “pequeño descuido” en las obras de remodelación que se venían llevando a cabo, el siniestro ha devastado gran parte de esta joya del arte gótico que comenzó a construirse allá por el siglo XII en la Isla de la Cité —la cuna de París—, y que ha cautivado en igual medida a arquitectos, historiadores, fieles y turistas a lo largo de los siglos.

El breve incendio que tuvo lugar en la iglesia de Saint-Sulpice (la segunda más grande en Francia) a mediados de marzo, se puede ver ahora como una advertencia de lo que ocurriría el 15 de abril. Según los informes oficiales, dos tercios de la techumbre de Notre-Dame se han venido abajo, junto con buena parte de los rosetones, cuadros y vitrales.

De lejos, lo más trágico ha sido ver desplomarse la aguja central de Viollet-le-Duc, rodeada de llamas que hacían arder las aguas del Sena. Como ha dicho el historiador David Hernández de la Fuente, este desastre nos recuerda cómo “aquello que parece destinado a permanecer en la eternidad puede desaparecer en tan solo unas trágicas horas”. Claro que, de no ser por los empeños de los bomberos que se pasaron día y noche aplacando el fuego, la catástrofe hubiera podido ser total.

Hace apenas dos meses estuve en Notre-Dame, junto a mi madre y mi abuela. Antes de llegar a la Puerta de la Virgen, tuvimos que caminar tres cuartos de hora bajo la lluvia inclemente de París. Finalmente, nuestra pequeña peregrinación valió la pena, pues vimos la catedral en todo su esplendor.

Después de soplarnos una misa entera, en la que yo tuve que hacer de traductor cada cinco minutos, dimos unas cuentas vueltas, hasta que terminamos en un rinconcito atiborrado de cirios, donde yacía la imagen del Señor de los Milagros. Fue una experiencia que jamás podré olvidar y de la cual estaré siempre agradecido. Cinco años atrás, en mi primer viaje a la Ciudad Luz, aproveché mi paso por la catedral para conversar con los ‘buquinistas’, aquellos vendedores de libros antiguos y de segunda mano que tienen sus puestos a orillas del Sena desde tiempos inmemoriales, y que Édouard Cortès retrataba con gran maestría en sus pinturas. Entonces era verano y la luz del sol entraba a chorros por los ventanales, llenando a la catedral de un aire místico.

Y, sin embargo, muchísimo más que la historia y el trasfondo religioso que evocan sus columnas y coloridos vitrales, lo que más me ha fascinado de mis dos visitas a Notre-Dame es la idea de estar en el hogar de Quasimodo, el monstruoso jorobado que protagoniza esa obra maestra que Victor Hugo publicó en el invierno de 1831: Nuestra Señora de París.

Adelantándose a Balzac, Flaubert y Dickens, el padre del Romanticismo francés (quien, por cierto, también fue un férreo defensor del arte gótico) elaboró un gran fresco de la historia y la sociedad francesas, lo que él llamaba el “teatro épico”, que tenía a la catedral como principal personaje y testigo.

Mi primer encuentro con Notre-Dame lo tuve gracias al cine, con ese clásico animado de 1996 que se ha ganado el corazón de varias generaciones. Más tarde leería la novela en la biblioteca de mi colegio, y, desde entonces, pocas son las historias que me han hecho gozar (y vivir) tanto como la de Quasimodo, la gitana Esmeralda, el archidiácono Frollo, el capitán Febo, las gárgolas, y los bufones de la “Corte de los Milagros”.

En ella, Victor Hugo nos habla de un París que ya no existe —que a lo mejor nunca existió tal y como lo describe—, pero que, entre los muros de Notre-Dame, da la impresión de estar esperándonos a la salida, listo para hechizarnos con su magia medieval.

Apenas me enteré del incendio, me puse a releer Nuestra Señora de París, en un ejemplar de bolsillo que atiné a comprar en la librería Gallimard poco antes de dejar la capital francesa. Hasta entonces, lo tenía perdido en una pila de libros que no deja de crecer en mi pensión de Madrid, y que no sé cómo diablos lograré meter en mis maletas cuando llegue la hora de volver al Perú.

Por ahora, trato de no pensar en eso, y celebro la noticia de que, gracias a las donaciones millonarias que se vienen registrando, Notre-Dame volverá a abrir sus puertas. Eso sí, tomará varios años y, según refieren los expertos, habrá cambios considerables. Pero ese día llegará. Y Quasimodo seguirá allá arriba, haciendo repicar las campanas, y parloteando con las gárgolas sobre Esmeralda y la Corte de los Milagros, con “París rumoreando a sus pies”.