Y Obama se hartó

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Ciertamente, no ha cumplido todas sus promesas electorales: ahí sigue Guantánamo, por ejemplo. Pero la retirada de Iraq esa sí la cumplió. El 20 de octubre de 2011 anunciaba desde la Casa Blanca: “Después de nueve años, la guerra de Estados Unidos en Irak ha terminado”. Con eso cumplía su promesa electoral de 2008. Ahora, seis años después, ha sido Barack Obama quien ha instado (por ejemplo, a los europeos, a quienes acusa de tibieza en el caso de Ucrania) a formar (¡con el apoyo del líder supremo en Irán!) una coalición de 10 países para luchas con el Estado Islámico (Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Polonia, Dinamarca, Canadá, Australia y Turquía; obsérvese el retorno de Turquía a la cooperación militar con Estados Unidos). ¿Estaríamos donde estamos si Obama no hubiera retirado las tropas? Es política-ficción preguntarse esto; el caso es que la decapitación de los periodistas ha sido la gota que ha colmado el vaso incluso de Obama.

Mientras tanto, menos iluminada por los medios de comunicación, también se está moviendo una potencia no política sino moral.

La “guerra justa” ha sido uno de los grandes temas de teólogos católicos y también de los teóricos del iusnaturalismo y los derechos humanos. Mucho se invirtió en delinear los principios por los cuales una guerra podía ser justa y, por tanto, lícita. No interesa ahora entrar en más detalles, pero sí señalar que durante siglos ésta era la teoría dominante: había una guerra lícita. Con todo, en su encíclica Pacem in Terris, Juan XXIII cuestionaba severamente el concepto de guerra justa al señalar que en la era atómica “resulta un absurdo sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado”. Juan Pablo II, en su discurso de 2003 al Cuerpo Diplomático, precisamente ante la posibilidad del conflicto armado con Iraq, indicaba: “”¡No a la guerra¡ La guerra no siempre es inevitable. Siempre es una derrota para la humanidad”. Entraba así en conflicto sobre todo con Estados Unidos, como ya lo hiciera en 1991 durante la Guerra del Golfo Pérsico: “Condenamos las guerras y el orgullo de la violencia”, decía en febrero de 1991 en una “Oración por la paz”.

Bajo Juan Pablo II se editó el nuevo “Catecismo de la Iglesia Católica”. En él se indica que “todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras”, pero que -añade citando al Concilio Vaticano II- ““mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa”.

Así estaban las cosas en el mundo católico, mejor dicho, así siguen estando.

Pero en estas semanas, si se escucha atentamente, hay matices importantes. Ante el auge del Estado Islámico, hace pocos días el Papa Francisco declaraba que es “è lícito parar [‘fermare’ es el verbo italiano que utilizó] al agresor injusto. Subrayo el verbo: ‘fermare’. No digo bombardear, hacer la guerra, pero ‘fermarlo'”. Así lo dijo a los periodistas en el viaje de retorno de Corea, hace muy pocas semanas (concretamente el 18 de agosto).

Fue el representante papal ante los organismos de Naciones Unidas con sede en Ginebra el encargado de desarrollar estas ideas, en un texto que no ha sido publicado. Indica el Nuncio Silvano Maria Tomasi ante la Comisión de Derechos Humanos -compuesta por representantes de 47 países. Constata primero que en el Estado Islámico es indudable la violación sistemática de derechos humanos y que, como el gobierno del país no está en condiciones de superar esta situación, se aplica la “responsabilidad de la protección internacional” (aquí se habla de “responsabilidad”, no sólo de un “derecho de injerencia humanitaria”, concepto utilizado anteriormente). Y sigue: “La experiencia enseña que una respuesta insuficiente, o peor aún, la inacción total, se traduce en un ulterior aumento de la violencia. Si se falla en la protección de todos los ciudadanos iraquíes, dejando que se conviertan en víctimas de estos criminales en un clima de palabras vacías, tendrá consecuencias trágicas para Iraq, para los países vecinos y para todo el mundo.” Y reclama también que “los autores de estos crímenes contra la humanidad deben ser perseguidos con determinación”.

Por su fuera poco, la “Civiltà Cattolica” habla abiertamente de “guerra de religión” la que se está librando en Iraq y Siria con los yihadistas. Y la Civiltà no es una revista cualquiera. Creada en 1950 por voluntad de Pío XII, está encomendada a un grupo de jesuitas que residen en Roma y que, una vez lista para la imprenta, envían al Vaticano doce copias: para el Papa, para Secretaría de Estado y para los diferentes organismos. La revista se publica el primer y tercer sábado de cada mes. Pues bien: El lunes anterior el director de “La Civiltà Cattolica” se acerca a la Secretaría de Estado, donde le dan indicaciones tipo A (o sea, indicaciones que no se discuten), B (que se discuten en el momento) y C (orientaciones que el propio director debe evaluar).

Es decir: la revista no expresa la opinión del Vaticano, pero sí opiniones que no son contrarias a las del Vaticano. “Guerra de religión” por tanto parece aceptado “in altissimis”.

Esta vez no habrá críticas del Vaticano a los Estados Unidos. Obama, el Presidente que más conflictos ha tenido con los obispos americanos en los últimos tiempos, va a correr en este punto mejor suerte que los Bush, más cercanos a postulados de la Iglesia católica en algunos temas morales. Paradojas de la vida. Como que Obama, que retiró las tropas, ahora forma una coalición para enviar tropas. O como que Irán colabore con Estados Unidos.

No sabemos en qué parará todo esto. Pero ya está dando material para los libros de Historia que intenten explicar qué sucedió en aquel extraño comienzo del siglo XXI.