[OPINIÓN] Aquellos duelos de ayer y de hoy

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Hurgando entre algunos valiosos vejestorios de mi biblioteca, me encontré con un curioso librito, pequeño, amarillento y delgado pero muy importante en otras épocas. En su dedicatoria se lee lo siguiente: “Por espacio de cinco años he tenido el honor de enseñaros esgrima, arte nobilísima, de antigua tradición y elevada indisputablemente a la categoría de ciencia desde muchos siglos atrás. Por eso ofrezco a vuestra Alteza este Manual, que después de largo y cariñoso estudio me he resuelto a redactar alentado por los consejos de personas expertas y competentes en asuntos caballerescos”. Se trata de la dedicatoria escrita por el autor, Masanietto Parise –Profesor de la Escuela Magistral Militar de Esgrima- a Su Alteza Real el Príncipe de Nápoles. La obra denominada “Manual Caballeresco”, está traducida del italiano y fue publicada en Lima en 1897. En buen cristiano, se trata del reglamento de duelos que me dejara alguna vez mi padre… “por si fuere necesario” me dijo. De acuerdo con el prefacio, el Manual fue compilado en 1882 pero no fue publicado hasta 1897. Hay que tener en cuenta que en muchos países y reinos, y desde varios siglos atrás, el duelo estaba prohibido, sancionándose severamente a los duelistas.

Pero, ¿De qué estamos hablando? ¿Duelos como en las películas? ¿Cabe retar y batirse a duelo con alguien hoy en día, en pleno siglo XXI, como en siglos pasados? Hoy que el honor y la buena reputación de las personas se ve mancillado, afectado e insultado casi a diario en los medios, en forma personal, en debates públicos (Congreso, Audiencias en el Poder Judicial, etc.), medios de comunicación como la televisión o la radio; en las redes sociales ya sea vía correos electrónicos, Facebook, Twitter, WhatsApp, etc. ¿Tendría sentido un duelo? Si el Manual estuviera vigente el día de hoy, soy de la opinión que tendríamos cientos de duelos por doquier ante la proliferación de faltas al honor y a la honra de las personas como sucede hoy en día en el Perú. De acuerdo con el Manual Caballeresco, para que existiera un duelo tenía que darse previamente una ofensa y la ofensa podía estar constituida por una descortesía, un insulto, un ultraje o por vías de hecho. Por ejemplo, la descortesía se definía como “el acto que lastima a una persona en su natural susceptibilidad, mortificando su dignidad pero no amenguando sino su prestigio”. Así mismo, el insulto era definido como “el acto que hiere a una persona en su honor de caballero, es decir, negándole, por ejemplo, el respeto de su palabra de honor, la lealtad, la exactitud en el cumplimiento de sus compromisos, y otras cualidades semejantes que constituyen la honorabilidad de un caballero”. De otro lado, el ultraje era definido como “aquel acto que hiere a una persona no sólo en su honor de caballero, sino también en su honra como cualidad moral, diciéndole, por ejemplo: ladrón, rufián, traidor, falsario o negándole en suma una cualidad o todos aquellos que en conjunto constituyen al caballero”. ¿Cuántas veces nos sentiríamos hoy en día insultados, ultrajados o ante actos de descortesía? ¡Infinitas!

Como se puede apreciar, de acuerdo con el Manual, bastaba una simple descortesía o el calificar a una persona como ladrón para que ello constituyera una “ofensa”. De ocurrir algo así, venía luego el desafío el cual era enviado o recibido. Por lo general se nombraban representantes o padrinos. Estos padrinos verificaban y acordaban las formalidades del duelo: armas, lugar, clase de duelo, etc. pues el duelo podía ser “a primera sangre” o a muerte. En la literatura universal, especialmente la de los siglos XVIII y XIX y hasta hoy en día inclusive, no faltan obras en donde los duelos a espada o florete constituían la parte culmen de la historia. El cine también ha aportado lo suyo en cuanto a duelos, ya sean a sable, florete o pistola. El famoso duelo a espada entre Mel Ferrer y Stewart Granger en la famosa película “Scaramouche” de 1952, es de antología.

Siempre ha constituido algo natural que una persona se sienta ofendida si alguien insulta, ultraja o afecta su honor de palabra o de obra y luego quiera limpiar su honor, prestigio o reputación. Estas cosas ocurren desde que uno es niño. ¿Quién no se ha sentido ofendido, burlado o insultado alguna vez de niño en el colegio por alguna razón, desafiando a una buena pelea a quien lo insultó? Sin haber sido un gran duelista, recuerdo algunos “duelos” de mi infancia. En mi colegio Carmelitas de primaria, frente al Parque reducto No.2 en San Antonio, Miraflores, cuando un compañero te insultaba o mentaba a la madre, ello constituía una grave ofensa que ameritaba “verse a la salida”, esto es, se le desafiaba con un “te espero a la salida”, lo cual significaba una buena pelea o “mechadera” hasta que uno se rindiera o se alejara. Las peleas solían darse a la espalda de la trinchera del parque pues allí era imposible que lo vieran a uno las monjas del colegio. Podías pelearte tranquilamente. En aquellos años el parque no estaba enrejado. De allí que cada contrincante, una vez que tocaba el timbre de salida del colegio, se enrumbaba con sus amigos –antiguamente padrinos- para ponerse frente a frente y comenzar a liarse a golpes. Por lo general ambos contendientes terminaban con la nariz sangrando, el labio roto, el uniforme hecho un guiñapo, etc. y ganando el que le “sacaba la mugre” al otro, quedando menos “herido”. Personalmente no era un niño de peleas pero recuerdo que tuve una que otra pelea. Recuerdo una pelea que se pactó con días de anticipación, ante el desafío de un amigo que quería “batirse” –esto es pelearse- conmigo vaya uno a saber por qué diablos. Se fijó lugar, día y hora, a la salida de clases. Creo que estaba en cuarto de primaria. El asunto no pasó de un par de puñetazos pues duel-duelo-espada-arma-blanca-disparode repente apareció una monja corriendo en el parque por lo cual terminó la pelea y todo el mundo salió disparado a sus casas, y tan amigos como antes.

Sin embargo, en los duelos de antaño, y de acuerdo con el Manual Caballeresco, los duelistas se batían con “armas legales” como lo eran la espada, el sable y la pistola. Estas armas tenían unas características determinadas. Por ejemplo, la espada de duelo debía tener una longitud no menor a 90 centímetros del puño a la punta. Por lo general el ofendido escogía el arma y las condiciones las determinaba el ofensor. El lugar solía ser un campo apartado y acaso oculto ya que el duelo en general, siempre estuvo condenado por las autoridades eclesiásticas y civiles llegando a ser considerado un acto ilegal, sancionado con pena de cárcel en la mayoría de países. Sin embargo, al constituir el duelo casi una costumbre social, como en la Francia o la España del siglo XVIII y XIX, las autoridades en muchos casos se hacían de la vista gorda y los duelos por lo general se realizaban en lugares apartados y alejados del público y de las ciudades. Así por ejemplo, en el Paris del siglo XVIII, era conocido como lugar de duelos los Campos Elíseos y en el XIX el Bois de Boulogne. En Madrid era natural recurrir a los jardines del Retiro, hoy Parque del Retiro, para ello. El objetivo de todo duelo era obtener una “satisfacción” de la otra parte con el objetivo de restaurar el honor propio, no necesariamente matando o hiriendo a la otra parte, pues dependiendo del grado de la ofensa, unas disculpas podían ser suficientes. Los duelos por lo general los realizaban personas de clases sociales altas, aristócratas o nobles, caballeros cuyo honor había sido afectado de alguna manera. De allí que si se descubría un duelo en pleno in fraganti, por lo general los duelistas no eran detenidos o perseguidos, pues tenían un honor que defender. En Inglaterra y otros países anglo sajones, por lo general el duelo se iniciaba con un desafío arrojando un guante al suelo o a la cara del desafiado u ofensor. Si éste recogía el guante, aceptaba el duelo.

Podemos concluir señalando que si bien hoy los duelos no se estilan como antaño, motivos no faltarían para que los hubiere y abundaran, más en un país como el nuestro en donde el honor, la honra y la honorabilidad de las personas se ven manchadas a diario y sin fundamento alguno. ¿Se ha perdido hoy acaso el sentido del honor y de la honra? ¿Retaría a duelo el presidente de la República a sus ministros por haberle faltado el respeto, al tomarse los ministros selfies, fotos y hacer chacota mientras el presidente daba un discurso en la puerta de Palacio de Gobierno el pasado 28 de julio? Habría que verlo.

Ante tantos insultos, descortesías, ofensas que vemos y que leemos a diario ¿Nos la pasaríamos batiéndonos permanentemente en duelos? ¡Habría colas al amanecer en los parques públicos y zonas alejadas de la capital, de tantos duelistas por batirse! ¡Sería una costumbre nacional! Pues en este país la gente y los medios insultan y faltan a la honra de las personas como si nada y sin consecuencia alguna. Se insulta o agravia públicamente la honra de alguien y simplemente no pasa nada. ¿Se batiría usted en duelo para salvar su honor o la honra de alguna bella dama? Hoy se denunciaría tal hecho como delito de difamación. Antiguamente desafiaríamos al ofensor a un duelo a espada, sable o pistola; o como en tiempos de nuestra infancia… una buena pelea de vez en cuando, arreglaría muchas cosas de una manera más rápida. En todo caso, unas sencillas clases de esgrima… no nos vendrían mal. Estando las cosas como están… y al paso que van, será mejor ir practicando pues uno nunca sabe. De allí que sólo nos quedará decir: “¡En gard!… ¡Touché!