[OPINIÓN] Carnaval: un concepto de renovación

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En estas primeras décadas del siglo XXI son pocos los jóvenes que entienden con propiedad el término carnaval. Algunos lo asocian con arrojar globos de agua durante los cuatro domingos del mes de febrero, pero se les escapa el origen de dicha tradición. Desde una aproximación cultural, el carnaval aún es una costumbre muy difundida en el mundo y hay diversas famosas celebraciones. Por ejemplo, son muy conocidas las fiestas del Carnaval de Río de Janeiro, el Carnaval de Venecia y el Mardi Gras de Nueva Orleans en los Estados Unidos de América. Si bien su sentido religioso se ha atenuado hoy en día, todavía se puede rastrear su profundo significado.

La etimología de la palabra, según la Real Academia de la Lengua Española, proviene “del it. carnevale, haplología del ant. carnelevare, de carne, carne, y levare, quitar”. Es decir, las personas se abstienen del consumo de carne durante la Cuaresma, o cuarenta días antes de la Semana Santa, como una mortificación del cuerpo para preparar el espíritu. Incidentalmente, en algunos países cristianos ortodoxos aún se mantiene la costumbre de la abstinencia del consumo de carne los días viernes, una práctica que ya no es requisito en el Tercer Mundo a partir de la segunda mitad del siglo XX.

El origen del carnaval en Occidente se remonta a las bacanales dionisíacas. Estas eran fiestas en honor al dios Baco o Dionisio, dios del vino y de los poetas, en las que se celebraba la llegada de la primavera, época de la fecundidad tanto de la tierra como del hombre y los animales. Durante las festividades se bebía vino en abundancia en honor al dios, promoviendo el desenfreno y la promiscuidad, lo que a su vez incitaba a romper las barreras sociales. En efecto, solo durante las fiestas el mundo se volteaba: la noche se tornaba en día; los ricos se volvían pobres y los pobres en ricos; los nobles se volvían plebeyos, y los plebeyos en pobres; las mujeres actuaban como hombres, y los hombres, como mujeres. Es decir, las reglas sociales se olvidaban por unas pocas horas de frenesí en honor al dios la divina locura.

Con el advenimiento del cristianismo, el sincretismo religioso dio pie a nuevas expresiones culturales aunque se mantuvo algunos elementos paganos. Así, el carnaval se convirtió en un desfile en donde los participantes usaban máscaras y disfraces representando los vicios y pecados capitales que debían erradicar de sus vidas. El final del carnaval lo señalaba otra tradición conocida como “el entierro de la sardina”. Esta tradición todavía subsiste en diversas partes del mundo, especialmente en la Península Ibérica y algunos países latinoamericanos.

Luego del desorden creado por las fiestas del Carnaval, la feligresía se reunía en un desfile carnavalesco, parodiando un cortejo fúnebre, para quemar y enterrar un costillar de cerdo, también llamado “sardina”. El entierro simbolizaba la prohibición de comer todo tipo de carne roja durante la Cuaresma. Pero, junto con el sentido de finalización del carnaval, esta tradición también representaba el deseo de enterrar al “hombre viejo” esclavizado por la carne, el vicio y el pecado. El rito otorgaba a los participantes un sentimiento de apertura, de liberación que surgía junto con las flamas de la hoguera. El fuego destruía y enterraba el pasado pecador, representado por la “sardina”, para luego resurgir de las cenizas con mayor fuerza.

En otras palabras y siempre desde la perspectiva cultural, el carnaval no era un momento de desenfreno, libertinaje y disipación, sino de asimilar cuáles eran las faltas que más pesaban, asumiéndolas sin mentiras ni disimulos. Solo así, el penitente enmendaba el rumbo quemando el lastre del pasado corrupto, simbolizado por “el entierro de la sardina”, y encarando el presente con la claridad meridiana de la verdad, simbolizada por el triunfo de la Pascua.