[OPINIÓN] Entre el cielo y la tierra

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El golpe repentino de los rieles de aterrizaje en el asfalto me obligan a pausar mi lectura de “Lo que más me gusta es rascarme los sobacos” (entrevista de F. Pivano a Charles Bukowski). Bajo del avión con aquella pose de cuentista que tanto me gusta, los lentes oscuros, la mirada de escaner, cruzo un par de puertas, me espera la van del hotel. He llegado a Piura y el calor me lo recuerda con vehemencia, noto un aire distinto, un aire de paz, de melancolía, un aire de letargo que se apodera de propios y ajenos para hacer de este lugar algo más feliz, más real, auténtico, menos dedicado a la superficie. Al medio día, me encuentro con mi hermano mayor en el centro de la ciudad. Su ropa negra de clérigo, su sonrisa completa y varias gotas de sudor en esa frente que con el paso de los años se ha ido extendiendo más y más. Cómo ha crecido, pienso yo e imagino que él piensa lo mismo. Hace medio año que no lo veo y me embarga una emoción navideña. Lo abrazo y así sé que es el mismo de siempre, solo que más bueno, más noble, más grande. Y no precisamente digo que ha crecido de tamaño, eso debe ser casi imposible con su metro ochentaivarios. Lo veo y es un grande, enorme, gigante, desborda sabiduría, buena onda, calma, alegría. Ya es aquella imagen futura que buscaba encontrar entre la neblina que me generó su decisión de entregarse a Dios ocho años atras. Paso esa primera tarde y las restantes ayudándolo con un evento que ha organizado para las familias que conforman el movimiento laico de la Congregación. Hablamos de muchos temas, de posiciones encontradas, de dudas y certezas, de chismes y noticias. Es mi hermano y lo quiero tanto, es mi guía espiritual y lo respeto tanto. Las tres noches que paso en el Norte llegó al hotel con un sonrisa en el alma, con una tranquilidad que no encontraba hace mucho y escribo y pienso y escribo y pienso y me ordeno y pienso. Y quién dice que la soledad es algo malo y quién dice que la noche no es una canción. Hace mucho no pasaba tanto tiempo conmigo mismo porque ahora aunque estés solo igual hay algún impertinente escribiéndote al whatsapp o alguien que también anda solo y que no lo sabe aprovechar. Y pienso y escribo y pienso y escribo, e imagino la vida de un religioso como mi hermano, tan cerca de lo perfecto y a la vez tan cerca de lo mundano: su campo de batalla. No soy capaz de encontrar muchas diferencias entre ese tipo de vida y la vida del escritor. La verdadera, claro está, no la que sirve para las ventas, para el marketing y la huevadita. Bukowski sorprende a Pivano porque es educado y amable, incluso se despide de ella regalándole una rosa e invitándola a regresar cuando desee y ella no puede creer que Hank (como prefería Bukowski que lo llamasen en casa) sea tan odiado por las feministas y tan amado por los misóginos. Él no es precisamente el borracho-machita-anarquista-adicto al sexo aunque títulos suyos como La máquina de follar respalden aquella imagen. Hank es simplemente, concluye Pivano, un hombre que no quiere ser como el resto y que, gracias precisamente a ese deseo, se convierte en un genio, pero un genio ordenado, con horarios, que si bien es cierto escribe con varias botellas de vino, corrige y edita con una de agua. Un hombre que necesita la tranquilidad para poder crear perfección, belleza, literatura simple pero que diga algo y no literatura compleja y que no dice nada; pero al mismo tiempo necesita o ha necesitado ver de cerca las peores miserias de la humanidad, como haber vivido en East Hollywood (que a pesar del nombre nada tiene que ver con el glamour).

 A ello debemos apuntar los escritores jóvenes. A tener un pie en la tierra y el otro en el cielo, a buscar máximas, pero vivir de cerca también las mínimas y, sin contaminarnos de lo mundano, conocerlo al detalle. La pose y la parafernalia sirven y mucho, pero hay que saber cuándo alejarnos de ella y cuándo sacarle provecho. Mi consejo es el de siempre: Para escribir hay que vivir e intensamente, pero sin irte en floro, chibolo pulpín.