[OPINIÓN] La buena izquierda

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Soy de derecha y no tengo miedo de decirlo. Vivimos en un país donde la derecha es cobardona y silenciosa y la izquierda es sonora y desorganizada. Soy de derecha y lo soy a mucha honra, defiendo los principios de mi posición con pasión y despotrico desde esta plataforma contra la vetusta y atomizada izquierda peruana. Crecí odiando la izquierda y a los izquierdistas como quien odia un ancla atada a su talón que lo condena al fondo marino. Pero así como uno se forma de una manera también se termina convirtiendo en algo distinto.

Hoy no odio la izquierda ni tampoco odio a los izquierdistas. Respeto a unos cuantos y siento lástima por la mayoría. Respeto a los izquierdistas racionales, esos que se distancian de los bolchevismos y extremismos y que reconocen el valor del libre mercado, la propiedad privada y la libertad como axiomas fundamentales para el crecimiento económico, social y político de un país. Izquierdistas que ya no se basan en anacronismos como la revolución y el Estado empresario sino en la democracia y en el estado de bienestar (en cuyo tamaño podemos discrepar).

Siento lástima por el resto de izquierdistas: por esos ahogados en una ideología enchapada durante la revolución industrial, por esos de tolerancia talibánica que aún alzan sus banderas coloradas empecinados en luchar contra el ‘imperialismo’; aquellos que que ven en tiranos caribeños que hablan con aves y que gobiernan islas de forma monárquica la epítome del éxito revolucionario, convertidos por la mediocridad y la envidia en seres resentidos y vengativos que lanzan pullas incoherentes contra los ricos. Cómo no tener pena por esos jóvenes insensatos que ven un héroe en El ‘Che’, un dios en Chávez y un preso político en Abimael, y que agazapados detrás del ambientalismo curten de odio y sangre las entrañas del país por su lucha contra la ‘gran empresa’.

Siento lástima porque están equivocados. Siento lástima porque están perdidos en un tiempo que no es el suyo. Siento lástima porque viven en un Perú que cada vez estará menos dispuesto a jugar su juego.

El Perú está infestado de izquierdistas que me dan lástima, esos que piensan que está de moda, esos que no entienden lo hacen, esos que creen que detrás del ser ‘artista’ está la necesidad de vilificar la riqueza. La izquierda moderna apenas ha empezado a acariciar nuestro espectro político pero desde ya está siendo manchada por los exponentes de la mala izquierda, de esa que está atrapada en el pasado. La izquierda peruana no habla ni deja hablar, es odiosa e hipócrita y su pluma, cuando la tiene, es corrosiva y destructiva.

El buen izquierdista comprende que los tiempos han pasado, que algunos modelos se han consolidado, que la sed humana es por la libertad y que la democracia y el diálogo son los ingredientes que tejen el progreso de un país. No odian la riqueza, no buscan la pobreza generalizada para alcanzar la igualdad. La izquierda moderna es la demócrata en Estados Unidos y la laboralista en Gran Bretaña, una izquierda primer mundo con ideas que nutren el debate y lo fortifican, a pesar de que uno no necesariamente esté de acuerdo con ellas.

¿Es mucho pedir que nuestra izquierda madure? ¿Es mucho pedir que se abandone la prehistoria y entre al siglo XXI? ¿Es mucho pedir que algunos derechistas se dejen de miedos y admitan que lo son? Por ahora, parece que sí.