[OPINIÓN] La Humildad de San Martín

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Aquella mañana del 17 de agosto de 1850, el anciano de 72 años miró nuevamente el mar mediterráneo por la ventana de su habitación, mientras su hija Mercedes le preparaba la cena. Hacia unos años que vivía retirado de la vida militar, con su hija en Boulogne-sur-Mer, un pueblito ubicado en el sur de Francia, al pie del mediterráneo. Cualquiera diría que mirando hacia el horizonte, trataba de ver allende los mares, hacia aquellas tierras que hacía unas cuantas décadas nada más había liberado del yugo español. Entre aquellas tierras estaba su patria, Argentina. Recordaba su infancia en su pueblito natal Yapeyú –hoy denominado San Martín- y cómo fue educado en el seno de una familia española. Se le vino a la memoria cuando en 1784, con tan sólo seis años de edad, viajó a España con sus padres, ingresando tres años más tarde en el Seminario de Nobles de Madrid, donde aprendió retórica, matemáticas, geografía, ciencias naturales, francés, latín, dibujo y música. Definitivamente tuvo una buena educación. Recordó como dos años más tarde ingresó como cadete en el Regimiento de Murcia. Eso marcó el inicio de su carrera militar. Su bautismo de fuego en el sitio de Orán (1791) y en la campaña de Melilla cuando tan sólo contaba trece años de edad. Sonrió el anciano recordando esos duros años de los inicios. Pero allí no quedó todo, recordó su ascenso en 1803 a capitán de infantería en el regimiento de voluntarios de Campo Mayor y cuando en 1808, Napoleón invadió España, no dudando en pelear contra el invasor al lado de los españoles, peleando en la famosa batalla de Bailén, batalla muy importante que significó la primera derrota ante el mundo, del ejército napoleónico y un gran triunfo para el ejército español, por lo que sería nombrado teniente coronel de caballería.

Pero ¿Cómo acabó viajando después de tantos años a América? Al poco tiempo de estallar la revolución emancipadora en América, San Martín, había mantenido contactos con las logias masónicas que simpatizaban con el movimiento independentista, por lo que se decidió a luchar por la causa emancipadora. Esta decisión no fue fácil tomando en cuenta que sus padres eran españoles y que se había educado desde los seis años en España, luchando como se recordará, al lado de los españoles contra Napoleón. Sin embargo, el sentimiento de su identidad americana y su ideario liberal, desarrollado en el clima espiritual surgido tras la Revolución Francesa y en la lectura de los enciclopedistas e ilustrados franceses lo determinaron a contribuir a la libertad de su patria, la Argentina. Por ello, luego de solicitar su baja del ejército español, marchó primero a Londres en 1811, donde permaneció casi cuatro meses. Allí asistió a las sesiones de la Gran Reunión Americana, fundada por Francisco de Miranda, que fue la organización madre de varias otras esparcidas por América con idénticos fines: la independencia y organización de los pueblos americanos. Desde allí se embarcó para Buenos Aires. La Junta gubernativa le confirmó en su rango de teniente coronel de caballería y le encomendó la creación del Regimiento de Granaderos a Caballo, al frente del cual obtendría su primera victoria en el combate de San Lorenzo el 3 de febrero de 1813.

El mismo año de su llegada (1812) conoció en una tertulia política, a la mujer que sería su esposa y compañera, doña María Remedios de Escalada, con quien contrajo matrimonio enseguida, el 19 de septiembre, en la catedral porteña. ¡Cuántos recuerdos de su adorada Remedios! En 1814 aceptó sustituir nada menos que a Manuel Belgrano al frente del Ejército del Alto Perú, maltrecho por sus derrotas. Bloqueada la ruta del Alto Perú (la actual Bolivia), empezó a madurar su plan de conquista de Perú desde Chile; con este objetivo obtuvo la gobernación de Cuyo, lo que le permitió establecerse en Mendoza en 1814 y preparar desde allí su ofensiva. Fue en esos momentos que decidió organizar con pocos recursos, un ejército con la ayuda de la población de los Andes. Con cierta tristeza recordó como su adorada esposa, Remedios, entregó generosamente sus joyas a la causa emancipadora; y sonrió nuevamente cuando recordó cuando en 1816 dio a luz a su única hija, Merceditas, su compañera en la vejez. Recordó la locura de cruzar los Andes. ¿Cómo fue que lo hizo? Ya no lo recuerda pero lo hizo. En 1817 cruzó la cordillera en sólo veinticuatro días, constituyendo la mayor hazaña militar americana de todos los tiempos. Luego el 12 de febrero de 1817 derrotó al ejército realista en la cuesta de Chacabuco entrando el 14 en Santiago de Chile proclamando la independencia del país y nombrándosele director supremo, cargo que noblemente declinó en favor de Bernardo O’Higgins. Así era José Francisco, nada para él.

Al ver nuevamente el mar, se le vino a la memoria la expedición libertadora que organizara para liberar el Perú, pues estaba convencido que sin la independencia del Perú, la independencia de América no estaría segura, pues siempre España sería una amenaza. Su amigo, el almirante inglés Lord Cochrane le fue de gran ayuda. Viajó a Buenos Aires a fin de solicitar lo necesario para la campaña; sin embargo, lo que recibió fue la oferta de intervenir directamente en las disputas internas del país, cosa que rechazó tajantemente pues sus prioridades eran otras: liberar al Perú, liberar a América. A su regreso a Chile, las fuerzas patriotas fueron derrotadas en Cancha Rayada por el ejército realista, por lo que tuvo que reorganizar las desmoralizadas tropas criollas y vencer a los españoles en Maipú el 5 de abril de 1818. Aún después de destruidos los últimos focos de resistencia española, tuvo que vencer tremendos obstáculos: la falta de dinero, las diferencias políticas y la rivalidad y envidia de sus enemigos. Con mucha esperanza e ilusión, la escuadra zarpó de Valparaíso el 20 de agosto de 1820, con un ejército de 4.500 hombres, desembarcando en la playa de Paracas el 8 de septiembre. Allí intentó una negociación con el virrey Pezuela, y luego con su sucesor, José de la Serna, con el que se entrevistó el 2 de junio de 1821. San Martín recordaba como expuso allí su oferta de un arreglo pacífico, que incluía la independencia de Perú y la implantación de un régimen monárquico con un rey español, ofreciendo a La Serna la regencia interina. Sin embargo, fracasadas las negociaciones, San Martín ocupó Lima y proclamó solemnemente la independencia el 28 de julio, pese a que el ejército realista aún controlaba gran parte del territorio virreinal. Nombrado “Protector de Perú”, mientras enviados suyos gestionaban en las Cortes europeas el establecimiento de una monarquía, la incertidumbre de su situación militar contrastaba con la consolidación de Simón Bolívar en la Gran Colombia y la total liberación de Quito tras la Batalla de Pichincha. Hostilizado por los españoles que se habían hecho fuertes en las montañas, con su ejército desgastado por la prolongada campaña y con su poder minado por las disensiones entre los patriotas, San Martín hubo de sostener una lucha constante. Luego de ser ovacionado aquél 28 de julio, ahora era criticado, envidiado y en parte rechazado.

Para complicar más las cosas, Guayaquil fue ocupada por el ejército de la Gran Colombia ciudad que, sin embargo, era reivindicada por el Perú. Al enterarse Bolívar que San Martín estaba en el Guayas, le dirigió el 25 de julio una carta muy zalamera, llena de lisonjas personales, invitándolo a visitar la ciudad “para poder abrazarlo en el suelo de Colombia”. Esta expresión buscaba dejar en claro que Guayaquil pertenecía al imperio colombiano, no pudiendo ya el huésped sino rehusar la invitación o aceptar el hecho consumado. Como bien señala Ricardo Rojas en “El santo de la espada”: “San Martín, que conocía a los hombres y que no era sensible a la adulación, leyó sin ingenuidad esas frases melosas, tan diversas de las que él solía emplear. Él hubiera preferido una conferencia a bordo de la Macedonia: bajar a Guayaquil era reconocer la soberanía colombiana impuesta por Bolívar. Bien veía en todo ello la red maquiavélica que tan amablemente se le tendía; pero él había venido del Perú no a plantear conflictos sino a allanarlos, y decidió bajar a tierra, confiando más que en habilidades cortesanas, en la simple franqueza de su carácter”. Ello fue el motivo inmediato de su célebre entrevista con Simón Bolívar en julio de 1822. Bolívar recibió a San Martín con estas palabras: “Al fin se cumplieron mis deseos de conocer y estrechar la mano del renombrado general San Martín”. En dicha reunión había de tratarse el futuro del continente y cuyo contenido exacto fue secreto y es aún hoy objeto de múltiples discusiones, pero que sin duda debió de desalentar mucho a San Martín. Terminadas las reuniones, pues fueron varias, San Martín resolvió retirarse definitivamente. Ya embarcado para el Perú, San Martín le comentó a su ayudante de campo Rufino Guido: “El Libertador nos ha ganado de mano…”. ¿Qué quiso decir? Nadie lo sabe. El punto es que llegado a Lima, renunció al Protectorado y casi inmediatamente y de manera callada y muy discreta, embarcó en una goleta dejando el Perú para siempre. Se sentía muy dolido, triste y decepcionado. Prefirió hacer mutis silenciosamente y con toda humildad, alejarse de los escenarios y luchas por el poder. ¿Se dio cuenta de la monstruosa y peligrosa ambición de Bolívar? Quiso evitar un enfrentamiento que hubiera llevado a destruir la causa de la emancipación, prefiriendo alejarse para siempre. Así era San Martín, así lo educaron sus padres: noble, honesto y caballero a carta cabal.

En 1823 llegó a Mendoza con la idea de establecerse allí, apartado de la vida pública. Pero las muchas críticas adversas que le atribuían aspiraciones de mando y el fallecimiento de su esposa Remedios lo determinaron a partir en febrero de 1824 rumbo a Europa, acompañado por su pequeña hija Merceditas, que en esa época tenía siete años. Residió un tiempo en Gran Bretaña y de allí se trasladó a Bruselas (Bélgica), donde vivió modestamente; su menguada renta apenas le alcanzaba para pagar el colegio de Mercedes. Hacia 1827 se deterioró su salud, resentida por el reumatismo, y su situación económica: las rentas apenas le llegaban para su manutención. En 1831 pasó a París, donde residió junto al Sena, en la finca de Grand-Bourg. Gracias a la solicitud de su pródigo amigo don Alejandro Aguado, compañero de armas en España, pudo pasar el postrero tramo de su vida sin vergonzosas estrecheces. En 1848 se instaló en su definitiva residencia de Boulogne-sur-Mer. Se sentía achacoso, postergado y ciego. Sentía una gran nostalgia por su tierra natal. El anciano miró por última vez el mar. Se acostó en su cama mientras Merceditas lo arropaba. Falleció en paz esa misma mañana de un 17 de agosto de 1850, en brazos de su hija, con la sencillez y humildad con la que siempre vivió. Sin reclamar ni ambicionar nada. Así era José Francisco: “Estoy y estaré retirado del mundo…” había dicho… y así fue… y cumplió su palabra.