[OPINIÓN] Ollanta Humala: Un pobre hombre

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La primera vez que escuché el apellido ‘Humala’ fue en el año 2005 cuando Antauro y otros criminales aterrorizaban a todo el país en un absurdo movimiento que acabó con la muerte de cuatro policías en Andahuaylas. Desde ese momento empecé a ver a los Humala como una familia problemática. Veíamos al padre Isaac Humala, un hombre al que la palabra radical le queda chica, fundador del movimiento etnocacerista (grupúsculo que fue anacrónico desde el día de su nacimiento) y orgullosamente homofóbico. Veíamos a Antauro, hombre de ojos saltones, corazón fascista y lengua viperina. Pero si alguien siempre llamó la atención, quizá por poseer una aparente lucidez política de la que adolecía el resto de la familia, era Ollanta Humala.

En una familia tan excéntrica el más sencillo parecía brillar y ese era Ollanta. Con todos sus errores: Su prepotencia miliciana, su labia torpe y por supuesto el bagaje que viene de la mano con una familia tan elocuente. Si alguien iba a tener éxito en política era él. Conociendo sus ideas de izquierda velasquista y la poca estima que demostraba hacia la democracia (e.g invitando al pueblo a asumir una actitud viril” contra el gobierno de Toledo, apoyando el numerillo ridículo de su hermano en el 2005), para muchos la candidatura presidencial de Ollanta era la candidatura del demonio.

Para nuestro horror el demonio ganó el sillón presidencial en el 2011 y por un momento parecía que la profecía apocalíptica se cumpliría cuando se vio al siniestro mismo, junto con unos cuantos de sus pajes, jurar por la constitución de 1979. Ahí se veía a un hombre de coraje autocrático, se veía a un hombre dispuesto a patear el tablero y a defecarse en la popular Hoja de Ruta. Todos temblaron.

Pero de ahí, poco a poco, el demonio se convertiría mágicamente en un osito de peluche. El gran líder se desinfló. Fue apabullado por el poder y eclipsado en el mismo por la figura de la sagaz Nadine Heredia, la siempre tan presente Primera Dama. Su partido se desmenuzaría bajo sus manos, perdería escaños y los escándalos de ex asesores y donaciones extranjeras sólo servirían como un vil complemento para un gobierno lacónico, inimputable y carente de liderazgo.

Ollanta Humala hasta ahora ha tenido un gobierno plagado de tristeza. Sufrió la histórica censura de su primera ministra Ana Jara (No se censuraba a un Presidente del Consejo de Ministros desde 1963) en manos del Congreso de la República. Contribuyó a privar al país de otro proyecto minero, (Tía María) en gran medida por culpa de sus discursos electorales de antaño. Poco lo ha ayudado su esposa, con su exceso de protagonismo y poder (y con su aparente posesión de un armario lleno de envidiables lujos). Pero sobre todo lo más triste ha sido verlo responder ante todos los cuestionamientos que se le hacen, pecando de prepotente, de vez en cuando dejando que se filtre un poco del autoritarismo que tuvo que sofocar al entrar al poder y apelando a excusas absurdas y fantasiosas como la “concentración de medios”, como quien desesperadamente busca agarrarse de un salvavidas en mares movidos. Nunca ha sabido responder y las pocas veces que lo ha hecho bien ha sido demasiado tarde.

Ollanta Humala, el caudillo que nunca pudo serlo, el ahijado feo del chavismo, es un pobre hombre. Un pobre hombre que da lástima. Un hombre al que le quedó grande el poder y que caminará humillado en los libros de historia como un alfeñique usando ropa XXL. Siento lástima por Humala. Una sombra del hombre “bravo” que se levantaba en locumba e incentivaba el movimiento de su hermano. Ollanta soñó con el poder toda su vida solo para darse cuenta, cuando lo obtuvo, que no daba la talla. Hoy es un desconocido en su propio gobierno, un hombre humillado por su propia mujer que exhibe rumores de alcoba cuando su silencio hubiera hecho que no hubiera escándalo, un líder que pasará a la historia por no haber liderado.

Humala es un pobre hombre.