[OPINIÓN] Una manzana no es suficiente

425

Permítanme por el día de hoy alejarme un poco – solo un poco – de los temas políticos. Pero siempre es bueno refrescarse un poco con temas no tan académicos o coyunturales (considerando además que esta columna sale los viernes).

El pretexto que utilizo para no escribir sobre éstos temas es que el lunes pasado se celebró nuevamente el día del maestro en nuestro país. El origen de esa fecha se remonta al 6 de julio de 1822, año en que el libertador don José De San Martín funda en la ciudad de Lima la primera escuela normal de varones y fue durante el gobierno del general Manuel Odría, específicamente el 04 de mayo de 1953 mediante Decreto Supremo, que se oficializa esta fecha para homenajear a aquellas personas dedicadas a la hermosa – y sacrificada – labor de formar a las nuevas generaciones.

Como todos nosotros, yo también tengo a algunos maestros que han marcado mi vida y solo por nombrar algunos ¡cómo voy a olvidar a mi querido profesor de primaria, el sr. Alejandro Toro Chávez, quien me enseñó la importancia de recurrir al diccionario cada vez que no entendía una palabra! (lamentablemente este año se cumplen 30 años de su encuentro con Dios, consecuencia de un accidente de tránsito) ¡O al sr. Valencia que nos enseñó a amar a nuestra patria o al profesor Gonzalo Echevarría que me enseñó a enamorarme de la lectura y gracias a él me volví un lector empedernido¡ y por supuesto no puedo dejar de nombrar al que fuera mi profesor de Alemán en el colegio, Herr Otto Imsand, quien muchas veces iba más allá de su labor como profesor y se convertía en una especie de segundo padre para nosotros. Nunca voy a tener palabras suficientes para expresarles mi eterno agradecimiento a todos ellos.

La importancia de los maestros y la dignificación de su profesión son básicas para formar a los futuros ciudadanos e inculcar valores y amor propio en los estudiantes, dado que un maestro es como un jardinero que tiene a su cuidado la semilla de talento que todos sus discípulos poseen y depende de su capacidad y habilidad para que esta semilla en el futuro se convierta en un hermoso y frondoso árbol.

Y pasaron los años y finalmente yo también me convertí en profesor. Y puedo asegurar que pocas labores en este mundo son tan gratificantes y tan poco comprendidas como la docencia. Mi esposa es testigo de cómo los miércoles que me dedico a enseñar todo el día en la Universidad de Lima  las materias de Introducción a las Ciencias Políticas o Historia de las Ideas Políticas y llego cansado a casa, pero muy feliz, porque sé que estoy aportando mi granito de arena en aquellos jóvenes para que más adelante sean unos profesionales competentes, buenos ciudadanos y mejores personas y es recién en este tiempo que puedo comprender como todos los maestros que tuve, a pesar de su cansancio y probablemente muchos problemas que podían tener, siempre tenían la predisposición para apoyarnos en nuestro camino formativo o reprimirnos por nuestras faltas en caso esto sea necesario.

Siempre tenemos la imagen del niño que le obsequia una manzana a su maestro cuando llega al colegio. Definitivamente una manzana no es suficiente para agradecerles a ellos por todos los esfuerzos que hacen por sus alumnos y tal parece que en los últimos años si se está haciendo un esfuerzo serio por parte del Estado por revalorizar la tan importante profesión de docente, despolitizando la actividad e inculcándole la meritocracia. Ojalá sigamos en esa ruta para que todas aquellas semillas que los maestros cultivan en este momento se conviertan en un frondoso bosque en el futuro.