Coronavirus: entre el cinismo y la exageración [Opinión]

"Que la fatalidad de este virus sea menor a la de otros males no le resta sentido a procurar controlar su propagación".

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Con la rápida expansión del mentado coronavirus y la reacción de los gobiernos mundiales para ralentizar el contagio, entre la ciudadanía han resaltado dos tipos de respuestas: el cinismo y la exageración.

Los representantes de la primera han optado por minimizar la gravedad de los hechos, arguyendo que, como en la mayoría de casos los efectos no son peores que un resfriado, las medidas planteadas por las autoridades y el temor del público en general no son más que una manifestación de estupidez y frivolidad alimentada por los medios de comunicación. Incluso traen a colación la persistencia de problemas más graves que no suscitan la misma inquietud en las personas.

Sin embargo, que la fatalidad de este virus sea menor a la de otros males no le resta sentido a procurar controlar su propagación. Que el dengue sea más letal y de una gravedad más antigua que el coronavirus no es un argumento para tomar este a la ligera, toda vez que ha demostrado que puede extenderse muy rápidamente. Asimismo, para constatar su severidad basta con ver los estragos que viene generando en otros países del mundo. En China han muerto más de 3.000 personas y ayer Italia alcanzó las 1.000 (y para finales de enero el país transalpino recién daba cuenta de dos casos afectados por este agente patógeno).

Además, mal harían los cínicos en creer que lo que se pretende es protegerlos a ellos y no a todos aquellos en situación de vulnerabilidad (ancianos, personas con condiciones prexistentes, gente con sistemas inmunológicos frágiles, etc.). Naturalmente, la reducción de los contagios disminuye el riesgo de que estas personas se vean perjudicadas.

Pero la tesitura tampoco tiene por qué desembocar en la reacción contraria: la exageración. En los últimos días algunas personas se han entregado frenéticamente al pánico y, en muchos casos, se han volcado a los supermercados para adquirir grandes cantidades de productos, varios de ellos de cuestionable necesidad (véase, por ejemplo, la compra afiebrada de papel higiénico). Aunque nadie va impedirles que compren, es impertinente hacerlo como si se avecinara un apocalipsis, especialmente cuando las autoridades han sido claras al manifestar que no existe desabastecimiento alguno en el país (aunque la continuación de este tipo de comportamientos podría llegar a generarlo).

El mismo desatino se expresa en la difusión de información falsa y que tiende a describir las circunstancias de manera sensacionalista. De hecho, esta suele ser el gatillo para actitudes como la que reseñamos en el párrafo anterior. En estos días, por ejemplo, se volvió a viralizar un video en el que se muestra a la policía irrumpiendo en un supermercado. El clip se presenta como un saqueo ocasionado por el temor al coronavirus, pero en realidad se trata de la intervención a un grupo de criminales hace unas cuantas semanas.

La exageración también tiene como consecuencia el uso irresponsable de los servicios de salud. En efecto, los hospitales, además de atender a las personas verdaderamente enfermas, tienen que lidiar con aquellos que, sin que sus síntomas lo ameriten, exigen que se les haga una prueba de descarte. Hay que entender que no se trata de ir a atenderse por cada conato de resfrío que uno pueda tener…

Así las cosas, tanto el cinismo como la exageración, aunque naturales, no son reacciones que contribuyan a paliar la crisis.  Es importante que los ciudadanos sean serios y asertivos frente a un trance que recién comienza. Para ello se hace fundamental que se valore más la información oficial que los chismes de las redes y que todo aquello que dispongan las autoridades, por engorroso que pueda ser, se cumpla a cabalidad. Todo de la mano con un monitoreo de los síntomas que el Minsa ha descrito (fiebre, tos, dificultad para respirar, flema y cansancio). Se trata, pues, de mantener la calma, ser empáticos y preservar el civismo.