Oscurantismo limeño en el 2015

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La precariedad de la democracia en el Perú –entendida como el conjunto de valores que priorizan a la persona humana y la involucra con una colectividad para la toma de decisiones en convivencia pacífica, y que en última instancia permite que se alcancen consensos y que la sociedad progrese— se visibiliza a diario en las calles, se vive en muchos hogares, y finalmente, se refleja en nuestros gobernantes.

La debilidad por la mano dura, la facilidad con la que se ejerce y se avala la informalidad, y el poco respeto por el semejante, impiden que la sociedad peruana pueda entenderse a sí misma y avanzar. En ese sentido, tales condiciones impiden el desarrollo de cualidades y expresiones humanas que puedan llevar a que uno como persona y elemento de la sociedad genere una autocrítica, propósitos de enmienda, y camine hacia adelante.

Evidentemente, el arte en todas sus expresiones se constituye como una manifestación de elevado sentido crítico, que, si es empleado con audacia y agudeza, obliga a quien lo consume a pensar, criticar y corregir lo que tenga que ser corregido. Por esa naturaleza disruptiva, el arte, cuando se infiltra en sociedades inmaduras y democráticamente precarias, no es entendido y es percibido como peligroso. No debería sorprender, entonces, que durante el transcurso de la historia, el arte haya estado siempre en la primera fila de las víctimas de represión. Así, el arte ha sido censurado en distintos niveles. Si bien se ha visto tal represión en la masacre del Charlie Hebdo y en la quema de libros durante el nazismo, a veces basta con un brochazo para destruir aquello que no se entiende y que se percibe como peligroso.

Es esa la postura que ha tomado el alcalde Castañeda, al tomar la aparentemente inocua medida de pintar de amarillo las paredes del Centro Histórico de Lima, aduciendo que ello responde a un interés por “mantener el ornato” de la ciudad. El alcalde Castañeda no entiende que esas “pintarrajeadas” son más que eso, son voces de vecinos y personas que sin ser limeñas han venido a la ciudad a transmitir sus pensamientos, críticas y visión de mundo, a través de lienzos que en las urbes de hoy, utilizan la calle como galería.

Lamentablemente, la ciudad no ve esto como un problema, y hasta es posible que algunos vecinos aprueben la medida. Pareciera, entonces, que el alcalde Castañeda tuviera un acto reflejo frente a todo aquello que pareciera haberse gestado con la venia de la gestión Villarán. El problema de fondo es que el alcalde Castañeda reduce su visión de Lima a sus rencillas políticas, y decepciona al no mostrarse como un líder maduro y que, con más de ocho años de gestión a la cabeza de Lima, pueda entender a Lima como una ciudad en constante cambio y que hoy alberga a una ciudadanía que sigue siendo precaria, pero más ciudadana que la que lo votó por primera vez hace 13 años.

El gesto de Castañeda, oscurantista por donde se le mire, no debiera ser pasado como anécdota, sino que debiera preocupar a los vecinos de la ciudad. La prepotencia y el desdén que se escuda en la incomprensión frente a lo que son muestras de diversidad y que retratan a esta Lima que vivimos. Esta muestra de intolerancia e incomprensión es solo el principio.

Lima ya no es la ciudad post-fujimorato que recibió el alcalde Castañeda el 2002 y que fue indulgente con él, las cosas han cambiado, pero él, lamentablemente, aún no se da cuenta.