Otras ciudades del desierto

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Para entender  la impresión que dejó en mí y en el resto de espectadores, tendré que comenzar por el final: Caen las luces y en el público reina no solo la oscuridad, sino también el silencio. Espero a que se ilumine una última escena, una respuesta a esta enredadera que, sin que lo notara, comenzó a crecer en el centro de mi esternón y se expandió hasta mi tráquea. Pero todo sigue negro y quieto y… comienzo a preguntarme si esa última luz realmente llegará en algún momento, si existirá si quiera. Tal vez, tras la plana sombra que cubre el escenario están los actores congelados a la espera del aplauso final. Ese aplauso que, al igual que mi última escena, parece no tener hora de llegada.

Me siento completamente inútil e impotente. Desearía poder aplaudir, pararme y etcétera, pero eso en mi esternón no me permite moverme. Ruego por que no sea el final, o por que al menos haya alguien lo suficientemente  frío como para romper con la estática. Pero ese nudo parece habernos atado a todos manos, lengua y respiración. Justo cuando estoy a punto de irme en un floro existencial de lo más pastrulo sobre las consecuencias de este ruidoso silencio, una luz tenue vuelve a encenderse  paulatinamente sobre el centro del escenario. Y es así también como voy recuperando poco a poco la cordura y aterrizando suavemente en la realidad.

La escena que sigue la dejaré muda. Solo puedo decir que tuvo un aire a cura. Nos desató. De hecho, creo que fui más consciente de su efecto que de su fórmula. Fue mi forma de cerrar, de abrazar con respeto y cariño un secreto duro, salvaje, pero sobre todo, real. Una historia terriblemente empática. A lo mejor es así como hay que liberarnos… sintiendo. Y solo pueden sentirse así las verdades cuando nos abrimos a ellas.  Recuerdo una vez oír a un religioso decir que la verdad es la virtud por excelencia, siendo incluso mayor al amor. Pues sin verdad, este último sería imposible. El hombre necesita conocerse para ser libre. Pero hay que ser valientes para abrazar todas nuestras verdades.

“Otras ciudades del desierto” nos invita no solo a reconciliarnos con nosotros mismos, sino también con nuestra sociedad. Hurga en lo íntimo desde lo superficial. Y nos recuerda que al final de todo, todos estamos desnudos bajo las prendas. Delata la frágil estructura que sostiene nuestro mundo interno y externo. Una invitación a ver esta estructura desde lo más íntimo, es una invitación a no conformarnos con las siluetas y los mitos. Hablando más claro, a no conformarnos con las ideas e historias que nos vemos obligados a crear cuando hay espacios en blanco en nuestra explicación de la realidad, espacios que nuestro subconsciente acaba llenando, algunas veces guiado por la pasión y no por la razón. Esta comodidad – pues siempre es más cómodo contentarnos con una explicación que justifique nuestro modo de pensar en lugar de cuestionarlo – puede llegar a ser la causa primera de intolerancia, indiferencia y aislamiento del otro.

Si bien es un drama, no es una tragedia y tiene unos cuántos diálogos cómicos bien colocados que dinamizan la trama.  “Otras ciudades del desierto” de Jon Robin Baitz,  inicia la temporada 2015 del teatro La Plaza de Larcomar bajo la dirección de Juan Carlos Fisher y las actuaciones de Alberto Ísola, Martha Figueroa, Wendy Vásquez, Rodrigo Palacios y Sofía Rocha.

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