Palabras al viento, por Gonzalo Ramírez de la Torre

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“Un líder prudente no puede y no debe honrar su palabra”, decía Maquiavelo en El Príncipe. El resultado final, para el florentino, primaba sobre todo lo que se tuviera que hacer para conseguirlo. En el caso de los candidatos a la presidencia el final esperado es Palacio de Gobierno y para esta meta cualquier medio estaría justificado y esto se nota, particularmente, en lo mucho que los postulantes tienden a refutar los postulados que, en algún momento, defendieron.

Con esto en mente se entiende, por ejemplo, el viraje de Pedro Pablo Kuczynski con respecto a sus opiniones sobre Keiko Fujimori. Claro, sería mezquino dejar de lado el contexto en el que este apoyo se dio, de hecho el mismo candidato ha usado este para excusarse. Pero si en el marco de las circunstancias uno toma una decisión –una decisión que en el caso de PPK incluyó, además de un simple apoyo, una serie de vítores a favor de Alberto Fujimori en el mitin de cierre fujimorista del 2011–, uno no dice estar arrepentido ¿Cuál hubiera sido la alternativa? ¿Apoyar a Humala? El radical deslinde se da, también, en un contexto particular. Hoy PPK y Fujimori se disputan (aunque esta última con una ventaja considerable sobre el primero) los primeros puestos en la elección y, aunque implique atentar con convicciones pasadas, harán lo que sea para cosechar el apoyo popular.

La candidata de la ‘K’, por su parte, también ha hecho uso axiomático de la frase de Maquiavelo. Lo suyo, no obstante, es un tanto más estructural. Más que ‘deshonrar’ sus palabras se ha empeñado en dejar de lado todo lo que en un principio se asoció con ella en un afán de, al mismo tiempo, mostrar distancia con su padre. Así vendría su apoyo al manejo del Lote 192 por PetroPerú y la extirpación de ciertos elementos, emblemáticos al fujimorismo, de la lista de aspirantes al Congreso. A esto se suma una renovada y edulcorada posición con respecto a la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, criticada desde la publicación del informe final por los fujimoristas de antiguo cuño.

También está el sonado ejemplo de Nano Guerra, que pasó de estar a favor de la unión civil a estar diametralmente en contra. Para colmo de todo esta mutación contra-evolutiva se hizo en medio de una explosión de comentarios desafortunados donde, entre otras cosas, dijo que Julio Guzmán había “salido del clóset”. La justificación del candidato solidario a este cambio se basa en que, cuando era candidato del partido humanista, tenía que representar la posición del partido y no la propia. Hubiera sido razonable, sin embargo, que Nano se mostrara en contra de lo planteado por su partido, haciendo la salvedad de que respetaría las posiciones divergentes que pudieran tener los militantes. Pero eso era lo menos importante, aparte de la urgencia de hacer un escándalo despechado para acaparar titulares, Guerra tenía que suscribirse, para acaparar afinidades electorales, a aquello que la mayoría conservadora defiende y cuando el poder ocupa valor divino, poco importa caer en incongruencias.

Los nuevos, por su parte, tampoco se escapan de estas infecciones, dignas, diría uno, de ‘dinosaurios’ de la política. Julio Guzmán ha tenido su buena dosis de situaciones donde ha demostrado que lo que pronuncia hoy atenta contra lo que pronunció en el pasado. El primer caso es el de la ley de consulta previa. Guzmán, en menos de un día, pasó de decir que estaba en contra de esta a decir que sí la mantendría. Luego, cuando su propio plan de gobierno decía que la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) debía estar a cargo de la Presidencia del Consejo de Ministros, el candidato morado dijo que tenía que estar en manos de la Superintendencia de Banca y Seguros. También pasó de una posición llena de reparos con respecto a la unión civil, a estar a favor. Sin embargo, en el caso de Guzmán, no sé qué tanto se pueda argüir la existencia de una estratagema maquiavélica pues en realidad parece que las contradicciones de este nacen de su falta de manejo político.

No cabe duda que, cuando de ello depende el poder, las palabras se las lleva el viento. Lourdes Flores y Alan García, por ejemplo, hoy olvidan las diatribas que se profirieron ayer para emprender una ruta colaborativa al poder. Acuña niega que buscó comprar votos, aunque la sugerencia salió de sus labios en un video. Las frases, las promesas y las convicciones verbalizadas se irán, lo que quedará, no obstante, es la insistencia para conseguir el poder sobre todas las cosas.

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