Paradojas y energías

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Según Forbes, hace pocos meses, el hombre más poderoso del mundo es (era) Vladimir Vladímirovich Putin, ese -como dice Wikipedia- “abogado y político que actualmente ocupa la presidencia de Rusia”. Pero parece que su estrella (por supuesto, roja) está declinando, mientras que, en los momentos de “canto del cisne”, el “Presidente de la Triste Figura” (pues eso es lo que ha hecho Barack Hussein Obama II: una triste figura) vive momentos de gloria, gracias al área que parecía que menos le interesaba: la política exterior. Y gracias también al Papa Francisco, él que quizá ha sido el Presidente más lejano al mundo católico y cristiano de los últimos tiempos. Obama, al fin, tiene -gracias a Cuba- algo de que reír.
Su competencia, Vladimir Vladímirovich Putin, en cambio, está triste. ¿Qué tendrá Vladimir Vladímirovich Putin? No le salen las cuentas. Y no le salen porque el precio del petróleo baja y baja (en realidad, ya no sigue bajando, pero queda más bonito decir “baja y baja” que decir “ha bajado”: pequeña licencia poética). Concretamente, desde junio los precios del barril de petróleo han bajado en un 30 por cierto hasta llegar a los 80 dólares.
Vladimir Vladímirovich Putin ha optado por la solución fácil y típica: culpar a Occidente de todos sus males, incluyendo esta vez sobre todo a Estados Unidos y Arabia Saudí. Porque es cierto que no sólo la bajada del petróleo (junto con el gas supone el 50 por ciento de los ingresos estatales) está afectando a la economía rusa, sino también, finalmente, las sanciones económicas por la invasión (en ojos occidentales) de Ucrania, por mucho que la Unión Europea haya decidido recientemente no reforzar las medidas. En una entrevista con un diario alemán, el Ministro ruso de Economía confesaba que las consecuencias económicas de este conflicto son como un “alud”: calcula que las pérdidas por las sanciones se elevan en 2014 a unos 32 mil millones de euros. Además, el clima para las inversiones extranjeras en Rusia se complica: sólo con gran esfuerzo (gracias al Tribunal Supremo) ha sido posible parar un proyecto de ley que facilitaba el confiscar los bienes de empresas extranjeras. Ya hace muchos años advirtieron a Putin de los riesgos de esta dependencia  del sector energético. En 1992, su entonces Ministro de Economía se lo desaconsejaba. Y tampoco ha hecho mucho caso a los diferentes planes de diversificación. Pero, en lugar de reconocer los errores, Vladimir Vladímirovich Putin, prefiere intensificar su mensaje nacionalista: en su tradicional discurso a la nación, como suele presentar cada año, hace muy pocas semanas llegó a afirmar que “Crimea es [para Rusia] tan sagrada como el Monte del Templo [en Jerusalén]”. Con esos tonos, pero con los rusos perdiendo calidad de vida, ¿conseguirá que le mantengan la lealtad?
Pero no sólo Vladimir Vladímirovich Putin tiene motivos para estar preocupado. También lo tiene que estar Abdalá bin Abdelaziz al-Saud, es decir, el nonagenario (90 años cumplió en agosto) rey de Arabia Saudí. Porque la bajada de los precios del petróleo también afecta a su país y al frágil equilibrio, mantenido gracias a que las subvenciones estatales garantizan un altísimo nivel de vida. Sólo así, la sociedad saudí prefiere la molicie al Islam radical. Pero las perspectivas del país saudí no son excelentes. Arabia Saudí controla el 30 por ciento de la producción de los países de la OPEP y dispone de grandes capacidades no explotadas, las mayores reservas del mundo.
La OPEP ha permitido la bajada de los precios, Arabia Saudí no ha hecho nada en contra. Puede permitírselo, quizá incluso lo esté promoviendo para combatir el “fracking” de los Estados Unidos: si consigue aguantar los precios bajos, quizá expulse del mercado a esos competidores. Pero es una operación de alto riesgo. Porque el Estado del bienestar que se ha fabricado para los saudíes vive de los petrodólares y, con esa bajada de precios, quizá ya en 2015, si mantiene sus estándares de financiación pública de muchos servicios, el presupuesto estatal podría entrar en déficit, como en 2009, por el mismo motivo: baja el petróleo, aparece el déficit.  Y la población se ha acostumbrado a que el Estado se ocupe de todo, la economía privada está muy poco desarrollada, a pesar del los esfuerzos estatales, que han invertido muchos millones planes de diversificación. Si la población se siente descontenta, pueden acabar atrayéndole los cantos de sirena del fundamentalismo islámico. Desde 2010, el gasto estatal ha crecido un 52 por ciento: sólo en garantizar el precio bajo de la gasolina a la población, el reino saudí gasta 25 mil millones de dólares al año.
Los 80 dólares por barril son algo así como una frontera mágica, aunque el Fondo Monetario Internacional calcula que Arabia Saudí necesitaría un precio de 89 dólares para mantener su nivel de gasto. Una gran incógnita de futuro, por tanto.
En  otra gran incógnita, las negociaciones con Irán, lo importante es otra energía: la nuclear. No se ha llegado a acuerdos, pero, al menos, no se ha roto la baraja: seis meses de prórroga para seguir negociando. Un acuerdo que en cada una de las partes interesa a algunos de los protagonistas: en Estados Unidos, a Barack Obama le importa mucho que se llegue a un acuerdo, frente a los republicanos, más interesados en mantener el status quo de alejamiento. Es cierto que los republicanos, con mayoría en las dos cámaras, pueden luego poner muchas trabas al acuerdo a que se llegue, pero -después de lo de Cuba- sería otro éxito en el escenario internacional. En Irán, al Presidente Hasán Rouhaní también le importa llegar a un acuerdo, no así a los políticos más extremos como el Líder Supremo (extraño pero decisivo cargo) Alí Jamenei. Los detalles de la negociación son muy técnicos: se trata, por ejemplo,  del número de centrifugadoras para enriquecer los isótopos del uranio que puede tener Irán: 19.200 según ellos mismos, 2.000 según la parte occidental (con unas 9.600 en la actualidad, y otras 10.000, mucho más modernas, preparadas para su funcionamiento, pero a la espera de acuerdo) y, sobre todo, la garantía de que no se va a militarizar el programa nuclear. El gran tema es cómo controlar este punto del acuerdo; se debate cómo deben estar preparadas las instalaciones; según la parte occidental deben hacerse de tal manera que sólo con un período largo de tiempo (un año al menos) pueden ser transformadas para su uso militar. Como contrapartida, Irán espera una reducción sustancial -y rápida- de las sanciones, mientras que la parte occidental lo ve más bien como un proceso gradual y a medio plazo, en un horizonte de hasta 20 años.
Puede parecer baladí todo este asunto, pero hace pocos días, en el Congreso sobre  el Impacto Humanitario del Armamento Nuclear, celebrada en Viena, el investigador Eric Schlosser presentaba las conclusiones de su libro “Command and Control: Nuclear Weapons, the Damascus Accident, and the Illusion of Safety”. Según este investigador, durante la Guerra Fría en varias ocasiones un descuido o un fallo estuvo a punto de provocar un accidente nuclear. Sólo un ejemplo: en 1961 un B52 dejó caer por un error del piloto una bomba de nuclear cayó en un jardín en Carolina del Sur, causando la muerte de unas gallinas. Es el ejemplo más inocente de los que narra el libro, que incluso afirma que en 1980 el Consejero de Seguridad Nacional fue alarmado porque, supuestamente, más de dos mil misiles nucleares soviéticos habían sido lanzados contra Estados Unidos.
Es de suponer que los sistemas de control han mejorado mucho desde la Guerra Fría, pero sigue habiendo siete países — Rusia, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán — que poseen este tipo de armamento y se supone que también Corea del Norte e Israel disponen de él. Da un poco de pavor pensar en Pakistán, país donde los talibanes, perdido todo sentido humano, acaban de asesinar a 130 niños en una escuela militar, es decir, en un complejo que se entiende que puede ser blanco de atentados, cuando el país está lleno de terroristas que odian al ejército. ¿Y qué decir de Corea del Norte? Mejor que Irán no se una al club de los inseguros con capacidad de uso militar de la energía nuclear.