Pateando fuera del arco, por Pablo Ferreyros

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Imagine que su alcalde decidiera, a fin de evitar asaltos, que a partir de mañana quede terminantemente prohibido salir a la calle con relojes de pulsera. O que, a fin de evitar violaciones, las mujeres se vean impedidas de andar con faldas por encima de la rodilla. Absurdo, ¿verdad?  Seguramente estaríamos de acuerdo en que tal alcalde estaría imponiendo medidas gravosas y poco idóneas. Señalaríamos que prevenir los robos y las violaciones pasa por mejorar la seguridad ciudadana y la prevención social del delito. Que prohibir a las personas las conductas mencionadas no es dar soluciones sino resignarse.

Pues bien, un razonamiento similar al que criticamos ha seguido el alcalde de San Isidro, Manuel Velarde, al prohibir a los cambistas trabajar en la calle para evitar robos. La medida, ni bien impuesta, buscó justificarse con un comunicado -repartido en todas las casas del distrito- que se valía de la historia de una cambista asesinada por asaltantes. Se asumía, no obstante, que el problema estaba en la víctima. Entonces, para evitar estos casos, en vez ir contra los delincuentes se iría contra los cambistas, obligándolos a realizar su labor en locales fijos.

¿Se gana algo con esto, además de aumentar los costos de cambiar dinero? Cabe suponer que muy poco, en tanto no se apunta a la verdadera causa del problema. La delincuencia continuará y los locales de cambio -o los clientes de los mismos- bien podrán ser sus nuevas víctimas. Lo que sí se logrará es trasladar parte de los mayores costos del cambio de dinero a los usuarios, dificultar el trabajo de los cambistas, reducir el volumen de dinero cambiado (afectándolos económicamente) e incentivar la informalidad. Medidas menos costosas y más efectivas como poner mayor seguridad en los lugares de cambio de dinero hubieran sido perfectamente factibles, pero a nuestro alcalde parecieron no ocurrírsele.

 

A este primer deslate se ha sumado lo ocurrido con la calle Libertadores, inaugurada hace pocos días. Esta fue cerrada hace varios meses para ser remodelada. La pregunta era para qué, pues se encontraba en bastante buen estado. Pero, más que reparaciones, lo que se ha hecho ha sido poner una ciclovía y dificultar deliberadamente -en palabras del propio alcalde- la circulación vehicular. Para ello se ensancha y estrecha la vía en varios puntos, se cambia la alineación del único carril que queda y se ponen obstáculos como bolas de cemento a los lados. Velarde, orgulloso, ha dicho que esto es para repensar la ciudad y cambiar la preponderancia que se da al automóvil, buscándole alternativas sustentables.

Muy progre y simpático todo el tema, pero no resuelve los problemas de congestión vehicular ni logra los fines propuestos. Una ciclovía inconexa de siete cuadras (esa es la extensión de la calle) no ofrece una alternativa real al uso de carros: simplemente no lleva a ningún lado. El tráfico que se saque de la Libertadores, asimismo, no desaparecerá por arte de magia. Irá a paralelas como Camino Real o República, aumentando la congestión en éstas. Queda claro que el tráfico no se soluciona aumentando carriles, pero tampoco disminuyéndolos sin más. Crear alternativas reales al uso de autos particulares es una solución, pero las siete cuadras de la ciclovía de Libertadores no suponen tal cosa.

 

Estamos ante una gestión edilicia que cree haber descubierto la pólvora. Sin embargo, ninguna de las dos medidas que más han llamado la atención en lo que va de la misma logran los objetivos planteados al proponerlas. Ojalá la soberbia no impida escuchar a las voces disidentes, ver los errores y corregirlos. Porque, de momento, la mayoría de tiros han ido a parar bastante lejos del arco. Dirigidos, a fin de cuentas, a la tribuna.

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