Perú, Estado fallido

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Los peruanos vamos a cumplir, muy pronto, doscientos años de vida republicana, motivo de júbilo para algunos y de expectativa para otros, pero que a todos nos debería preocupar y llamar a reflexión; la mía, si me lo permiten, la comparto con ustedes.

Desde el comienzo de nuestra independencia de España se iniciaron los intentos para organizarnos como Estado, sin la menor idea en qué consistía o como se debería hacer, en los primeros cincuenta años (1822-1872), los militares gobernantes lo tantearon desde su posición caudillista y colonial, lógicamente sin ningún resultado, luego de la fractura ocasionada por la guerra con Chile, lo ensayo la oligarquía al instaurar la república aristocrática, con la que pretendieron establecer un Estado, pero a su tamaño y medida, esta visión miope y torpe de nuestra realidad, que duro alrededor de setenta años ( 1890-1962 ), solo sentó las bases de la clase media e intelectualidad, pero en lo que respecta a edificar Estado origino más problemas que soluciones. La república populista (1963 -1990),  producto del ascenso al poder de las clases medias e ilustradas, que si tenían noción de los grandes problemas del Perú, procuro construir un Estado y genero grandes expectativas que fueron frustradas nuevamente por la insatisfacción de las sobreofertas, incompetencia y corrupción. Este periodo que dura alrededor de veinticinco años, signado por la aparición de la violencia terrorista, que socavó lo poco avanzado en la construcción de Estado nos dejó sumidos en un total caos social, económico y lleno de desesperanza, permitiendo la aparición del gobierno de Fujimori y con él la instauración de la república “achorada”, la de los violentos, prepotentes e insolentes, que hacen lo que se les viene en gana sin pudor ni temor, entendiendo a esta como una perversión en la construcción de Estado. Con la finalidad de acabar con el terrorismo y lograr alivio económico; la ética y los valores se obviaron y si bien se terminó con la insania terrorista y se ordenó la economía; la violencia, los conflictos, la corrupción e impunidad se vuelven superlativos. En esta etapa la concepción de Estado es abandonada por todos; gobernantes y sociedad, esta última en consideración a que el Estado no le da beneficio alguno; lo rechaza, pero le reclama. En este contexto nos encontramos hoy; imbricados entre el “achoramiento” y la  desorientación, entre el temor y la esperanza. Somos una nación en la que todos le  pedimos algo a ese Estado, al que minimizamos porque no nos representa, pero ante el cual cedemos muy poco y contribuimos en casi nada  para construirlo e incluirnos en el. Paradojas de una nación cuya resistencia a desarrollar e integrarse es casi esquizofrénica.

El comportamiento de nuestra república es hasta el momento, con casi  doscientos años de existencia, si me permiten la analogía, la de un hombre (dama o varón) de unos cincuenta años de vida; con rabietas de niño de pecho, la intolerancia e inseguridad de un adolescente, la vehemencia de un joven, los avatares de un hombre mayor, los problemas de un padre, la crisis de los matrimonios, la incertidumbre de los 40, así como las frustraciones y la desesperanza de la madurez. Es decir totalmente impredecible y desconcertante, que teniendo la edad suficiente, los recursos y la experiencia, se resiste a ordenarse y madurar. Está enfermo y debe curarse, pero ¿Cómo?

Hemos visto que las tentativas aisladas y particulares para construir Estado han fracasado; cada quien que ha tenido una cota de poder o lo ostento por tiempo corto o largo, lo intento; con mínimos avances y pésimos resultados, por lo que solo nos queda una  cosa por hacer y es la que debimos emprender desde el principio; intentarlo todos juntos y a la vez. Y ¿cómo lo hacemos? Buscando nuestras coincidencias; lo que nos une, integra, acerca, asemeja y todo aquello que nos es común, en vez de lo que nos separa, distancia, diferencia o desune, para ello debemos desechar la predica y acción de los violentistas, conflictivos, falaces, “achorados” y contradictorios. Enriqueciéndonos con la revolución de los Anonymus, que es la nueva expresión de los ciudadanos, lo que antes se llamaba la voz de las calles, ahora es la de las redes. Prestarle oídos a las palabras de la razón y el entendimiento. Las tareas y los retos son enormes y complejos, por ello debemos actuar con sabiduría, en pos de encontrar la convivencia pacífica entre peruanos y sentar las bases del Estado. Es imperativo y urgente darles voz política a las personas honestas, transparentes, veraces, tolerantes, ilustradas y capaces, para que sean ellos los que nos representen y guíen en esta titánica pero impostergable tarea.

Hay hermanos mucho por hacer, pero ¿y cuando la empezamos?