Podemos retroceder, por Javier Ponce Gambirazio

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En la película El ángel exterminador de Buñuel un grupo de personas acude a una cena elegante luego de la ópera. La hora avanza y de pronto se dan cuenta de que, por alguna razón misteriosa, no pueden salir de ahí. La desesperación se transforma en señalamientos y las dudas, en ataques. El trato se degrada y toda la exquisitez se convierte en una vorágine de tosquedad y salvajada. Siglos de civilización se vienen abajo ante un pequeño obstáculo imaginado.

Bueno, relájate, es solo una película. Pero luego recuerdo que las mujeres en Irán tenían la misma libertad que cualquier país europeo, hasta la llegada del Ayatollah Jomeini en 1979 y su Revolución Islámica que convirtió al país en un paradigma oscurantista de velos, burkas y decapitaciones. Pero eso sucede allá en el Lejano Oriente, ¿no? Entonces viene a mi memoria la brutalidad del catolicismo europeo que fue capaz de nublar el esplendor de la cultura griega, y confirmo con pavor que el mundo se comporta como el canto del ferrocarril de Lima a la Paz, un paso pa’ atrás, pa’ atrás, pa’ atrás. Avanzamos ocho y retrocedemos cuatro.

Nuestra conciencia se queda muy tranquila cuando pensamos que los bárbaros son los demás: los islámicos y aquellos defensores de la doctrina judeocristiana que regresa en su versión más extrema, los evangelistas. Pero ojo, no son el único peligro. Estamos invadidos por dentro, como una Constantinopla sísifa que no termina de caer. No desestimemos el poder de nuestra propia estupidez. La ociosidad de pensar en el otro es el viento contra el cual tenemos que navegar. Todo puede ir muy bien hasta que una polilla nos perturba y el grupo convierte al distinto en el culpable de su incomodidad.

Siempre podemos retroceder. Que hoy unos pocos disfrutemos de algún privilegio respecto de nuestro pasado más próximo, no quiere decir que esa situación (la libertad no es un privilegio sino un derecho) no se pueda revertir. Lo hemos visto. No hay que bajar la guardia. A más libertad, ladrarán más escandalosamente, señal de que pretenden que retrocedamos. #ConMiAtrasoNoTeMetas

Es difícil entender que se opongan a vivir en un mundo con más gente feliz. Enciendan la luz. Conquistar nuestros derechos no supone la pérdida de los derechos de nadie. Se cae de maduro. Lo que quieren es conservar el derecho a discriminarnos y dejarnos fuera de la legalidad. Hagan sus maletas. Tarde o temprano, esos “derechos” perversos se perderán, igual que desapareció el comercio legal de personas con la abolición de la esclavitud.

Las herramientas para mantener a flote este inestable barquito serán la educación, las leyes y un aparato estatal que las haga cumplir. Pero no esperemos mucho de los sistemas. Lo esencial se logra de manera artesanal. Echando fuera el agua sucia con nuestras manos y durmiendo con un ojo cerrado y el otro abierto, como los delfines. Los que vengan luego nacerán implicados, les guste o no. Y disfrutarán de algunas libertades que les dejaremos como herencia, pero tendrán que cuidarlas y seguir remando para no perderlas.

Deberán vivir alertas para no permitir el hundimiento. La carta de navegación manda volvernos visibles hasta ser invisibles; hasta que la sexualidad desaparezca como categoría definitoria de la vida no sexual. Un compromiso utópico, pero no por ello digno de ser abandonado. La utopía es una brújula que señala la dirección a seguir, no necesariamente un destino que se puede alcanzar. La humanidad debe avanzar y la felicidad de nosotros redundará en la felicidad de los demás, incluso de quienes se dedican a odiar.

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Foto: JORGE LUIS SEGURA