Pompeya: Un día como hoy, por Alfredo Gildemeister

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Un día como hoy, hace 1,937 años, una terrible erupción del volcán Vesubio, ubicado en la bahía de Nápoles al sur de Roma, sepultó con lava y cenizas la ciudad de Pompeya, muriendo la mayoría de sus habitantes. Anochecía aquél 24 de agosto del año 79 d.C., noveno día antes de las calendas de septiembre, cuando el Vesubio hizo erupción, sepultando en cenizas a Pompeya y a la ciudad de Herculano, muy cercana a ella. ¿Cómo sabemos de esta catástrofe? Pues gracias a un testigo presencial. Efectivamente, desde la población cercana de Miseno, ubicada en una de las puntas de la bahía de Nápoles, un muchacho contemplaba con horror lo que sucedia al otro lado de la bahía. Se trataba del historiador romano Plinio el Joven, en aquellos días de 17 años de edad. Terminada la erupción, Plinio escribió dos cartas a su amigo el historiador Tácito, contándole lo visto, así como informándole de la muerte de su tío y padre adoptivo, el naturalista Plinio el Viejo, el cual no pudo escapar del volcán.

Tan pronto comenzó la erupción con fuertes terremotos, Plinio huyó con su madre y otras personas que huían de Miseno hacia el campo. Subiendo a un promontorio, contemplaron la espantosa erupción. “…veíamos que el mar se recogía en sí mismo, como si temiese los temblores de la tierra. La playa se había ensanchado y muchos animales marinos habían quedado en seco sobre la arena. Por otro lado, una negra y horrible nube, rasgada por torcidas y vibrantes sacudidas de fuego, se abría en largas grietas de fuego, que semejaban relámpagos, pero eran mayores”.

En aquella época Pompeya tenía salida al mar –hoy está alejada- y era un puerto relativamente importante. Ante la erupción, a la población solo le quedaba el mar como posible camino de salvación. Plinio describe el inicio de la erupción: “Aparecía una nube y los que la miraban desde lejos no sabían desde que montaña salía, pero después se supo que se trataba del Vesubio. La nube tenía un aspecto y una forma que recordaba a un pino, más que a ningún otro árbol, porque se elevaba como si se tratara de un tronco muy largo y se diversificaba en ramas”. Mientras huía con su madre, Plinio no dejaba de pensar en la suerte de su tío. Sin embargo, al mirar hacia Pompeya, no pudo dejar de sentir terror ante lo que veía y apresuró el paso con su madre: “No tardó mucho tiempo en descender aquella nube hasta la tierra y cubrir el mar; ya había rodeado y escondido a Capri, y, corriéndose hacia el Miseno, lo ocultaba… Ya caía ceniza, aunque poca, pero al volver el rostro vi que se aproximaba una espesa niebla por detrás de nosotros que, como un torrente, se extendía por tierra… en el Vesubio relucían, en diversos lugares, anchísimas llamas y elevados incendios, cuyo fulgor y cuya claridad se destacaban en las tinieblas de la noche… la ceniza caía… cada vez más caliente y más densa, y también pedruscos y piedras ennegrecidas quemadas y rajadas por el fuego, al paso que el mar se abría como un vado y las playas se veían obstaculizadas por los cascotes.” Fue cuando le dijo a su madre: «Apartémonos… mientras veamos, a fin de que la multitud no nos atropelle en la calle empedrada cuando vengan las tinieblas».

Entonces vino lo peor: “Apenas había dicho esto cuando anocheció, no como en las noches sin luna o nubladas sino con una oscuridad igual a la que se produce en un sitio cerrado en el que no hay luces. Allí hubieras oído chillidos de mujeres, gritos de niños, vocerío de hombres: todos buscaban a voces a sus padres, a sus hijos, a sus esposos, los cuales también a gritos respondían. Unos lamentaban su desgracia, otros la de sus parientes, y había quienes que por miedo a la muerte la imprecaban. Muchos eran los que elevaban las manos hacia los dioses, y otros se habían convencido de que los dioses no existen, creían que era la última noche del mundo… Cuando aclaró un poco nos pareció que no amanecía, sino que el fuego se iba aproximando; pero se detuvo un poco lejos y luego volvieron las tinieblas y otra vez la densa y espesa ceniza. De cuando en cuando nos levantábamos para sacudirnos las cenizas, de lo contrario nos hubiera cubierto y ahogado con su peso. Me podría envanecer de no haberme lamentado y no haber proferido ningún grito fuerte en medio de tantos peligros, pero me consolaba, en mi mortalidad, la idea de que todos y todo acababa conmigo. Aquel vaho caliginoso, no obstante, se desvaneció en humo y niebla, y pronto amaneció de veras y hasta lució el sol, aunque algo sombrío, como cuando se produce un eclipse. Ante nuestros ojos parpadeantes todo parecía distinto y cubierto de espesa ceniza, como si fuera nieve. Tras haber curado como pudimos nuestros cuerpos volvimos a Miseno y pasamos una noche angustiosa y terrible entre la esperanza y el miedo. Prevaleció el miedo, porque todavía duraba el terremoto, y eran muchos los que añadían a las desventuras propias y ajenas terroríficos vaticinios. Pero nosotros no determinamos marcharnos, aunque todavía estábamos expuestos al peligro, porque esperábamos noticias de mi tío”.

Con relación a la población que se quedó en sus casas, Plinio describe que los patios y habitaciones empezaron “a llenarse de tal modo de ceniza y de pedruscos qué si hubiesen permanecido ahí, no hubieran podido salir. Se pusieron almohadas en la cabeza, sujetas con trapos, única protección contra lo que caía. En otras partes había amanecido ya; allí seguía una noche más negra y más densa que todas las noches, sólo rota por antorchas y luces variadas.” Plinio el Viejo murió asfixiado por los gases expulsados por el volcán, el terrible olor a azufre y el sofoco de las cercanas llamas, al aproximarse a Pompeya por mar para ayudar a la población. Sin embargo, la mayoría de la población de Pompeya murió por la lluvia de cenizas calientes o ardientes que despedía el volcán, cenizas que terminaron sepultando la ciudad con casi toda su población. Un día como hoy… una ciudad desapareció del mapa.