Populismo como cancha, por Pablo Ferreyros

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A inicios de la década pasada, en medio de una inflación rampante, Venezuela decidió controlar los precios de varios productos. El resultado, tal como lo vemos hoy, fue desastroso: anaqueles vacíos, colas inacabables y desabastecimiento generalizado. En el Perú se intentó lo mismo durante el primer gobierno de Alan García y los resultados fueron similares. Sin embargo, Cesar Acuña propuso el domingo pasado en una entrevista implementar esta misma medida si llegara a ser elegido. ¿Qué se gana con controlar precios?

El último desatino del caudillo regional, un tanto opacado por las denuncias plagio en su contra, serviría de algo solo si creemos que los precios se pueden fijar por decreto. La realidad, sin embargo, no es esa: los precios se determinan por la disponibilidad del bien o servicio ofrecido y por la cantidad de gente que lo demanda y el interés o necesidad de esta por adquirirlo. El precio, en un mercado competitivo, se fija en el punto en donde se encuentran ambas voluntades; donde la mayor cantidad posible de demandantes está dispuesta a pagar esa cantidad y la mayor cantidad posible de ofertantes a proporcionar lo demandado para obtenerla. Así, oferta y demanda se igualan. El tema no es en absoluto complicado; es, después de todo, microeconomía básica. Pero quién sabe, tal vez Acuña también plagió para aprobar ese curso.

El problema es que plagiar, como sabemos, puede traer malas consecuencias. Y no es solo el escándalo público y un posible desafuero de la contienda electoral, sino hablar sandeces cuando se nos pregunta algo sobre lo que deberíamos entender. Peores consecuencias, sin embargo, trae querer manejar la economía a patadas y, en este caso, controlar precios. Cuando en un control techo -como es el caso- el precio tope está por debajo del real, para buena parte de los ofertantes el negocio pasa a ser menos atractivo que antes o simplemente deja de ser negocio; lo que los incentiva a cambiar de actividad. Se crea así un exceso de demanda: muchos están dispuestos a pagar esa cantidad de dinero menor a lo que corresponde pero pocos a ofertar el bien que permite obtenerla.

Tenemos entonces, en pocas palabras, más gente queriendo comprar el bien regulado y menos gente queriendo producirlo. Este desbalance es lo que genera que no haya suficiente para todos: los que constituyen el exceso de demanda –los que estaban en la parte de atrás de la cola, para entenderlo- no tendrán manera de conseguir formalmente lo que buscan. Es aquí donde se genera el segundo efecto de los controles de precios: los mercados negros.  Eventualmente, una parte de quienes se quedaron en el aire estarán dispuestos a pagar más de lo fijado para obtener lo que por la legal no pudieron. No faltarán entonces quienes estén dispuestos a facilitárselo a cambio de precios bastante más elevados y a calidades posiblemente inferiores al estándar en un entorno de asimetría informacional. La regulación excesiva, de esta manera, termina creando un espacio que escapa casi totalmente a ella;  generando comercio ilegal y desgobierno.

A quien le resulten familiares las situaciones descritas seguramente habrá vivido los ochentas o estará al tanto de lo que pasa en el país llanero. Son situaciones que el Perú ya vivió y que no debería ser obligado a repetir. El candidato que propone llevarnos a ellas, en vez de controlar precios, debería controlar su ímpetu populista por decir sinsentidos.

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