Por el camino de la infamia, por Diego Reinoso

«Es oportuno pedir que quienes deseen acceder a la vida política comprendan que el país no esta para soportar sus intereses personales. Es momento de un cambio.»

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Cada vez son más los expresidentes que comparecen ante los tribunales de la justicia peruana acusados de recibir sobornos o estar coludidos con malas empresas que buscaban beneficiarse con los contratos de obras del Estado. Tenemos el caso de Alejandro Toledo, que fue presidente del 2001 al 2006; él, al igual que otros expresidentes, están acusados de haber beneficiado a Odebrecht en licitaciones públicas a cambio de sobornos. Parece que la corrupción ha imperado en nuestro país en los últimos 35 años o tal vez más.

Es a partir de estos hechos que surge la indignación y la animadversión de la población a la mal llamada “clase política” de nuestro país. Digo mal llamada porque no se trata de una cuestión de clases como muchos sociólogos y politólogos de izquierda han pretendido establecer. Este es un problema de individuos o grupetes cuyos intereses primaron sobre el sentido del deber, al menos esto considero que aplica a nuestra realidad. Esta aberración popular materializada en adjetivos, improperios, insultos y obscenidades instrumentalizadas por la población en contra de los políticos es inaceptable por demás, pero deja entrever cuán difícil es ser político en una realidad como la nuestra.

La indignación colectiva no ha servido de mucho, las encuestas han revelado que el populismo de lideres corruptos ha calado en los estratos más perjudicados de la sociedad peruana. Es el caso de la popularidad de Vizcarra o Castillo, ambos prometieron la lucha anticorrupción y cambios estructurales en el Estado, sin embargo, se encuentran investigados por presuntos actos de corrupción.

Tal vez la decisión más trágica de un ciudadano ha de ser entrometerse en la política peruana, al ser participe de un sistema corrompido por el abuso del poder, el aprovechamiento indebido del cargo y el tráfico de influencias. La política se ha convertido en terreno fértil para la corrupción debido a la ausente voluntad política y compromiso de querer cambiar el paradigma político. Ser político debería significar el compromiso, la entrega y el sacrificio constante por el bienestar de la población, siempre y cuando sea la actividad gestora de condiciones óptimas para el desarrollo del proyecto de vida de cada individuo. Sin embargo, en nuestro país ha significado servirse del poder para recortarle los sueldos a sus asesores o coludirse para redituar caudales de dinero por beneficiar a malos empresarios en licitaciones.

Puedo sentenciar categóricamente que aquel que haya decidido ser político en el Perú está sentenciado a participar de un sistema que promueve el latrocinio, que discurre por el camino de la infamia. Es lamentable que nuestros políticos no comprendan que poseen en sus manos la oportunidad de cambiar las últimas décadas de vergonzosos sucesos que han impulsado a la población al camino de la desconfianza y el odio visceral a las instituciones. Es oportuno pedir que quienes deseen acceder a la vida política comprendan que el país no esta para soportar sus intereses personales. Es momento de un cambio.

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