¿Por qué marchamos?, por Daniel Masnjak

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Mañana miles de peruanos saldremos a la calle para participar en una de las manifestaciones más importantes del país, la Marcha por la Vida. En lugar de usar este espacio para sacarle la lengua a los detractores del evento o para responder sus pataletas (casi inexistentes este año, tal vez para no llamar mucho la atención), creo que es mejor usarlo para dirigirme a quienes estarán en la av. Brasil haciendo de excepción en una sociedad desarticulada, que por lo general se mueve solo cuando rebalsa algún vaso. En otras palabras, no es esta la ocasión para gritarle al mundo por qué marchamos, sino para preguntamos, ¿por qué marchamos?

Hace años, Caring Foundation, grupo pro vida americano, encargó la realización de un estudio cuyos resultados mostraron que la aceptación del aborto como una “solución” responde a que es percibido como el menor de tres males. Maternidad, adopción o aborto. La percepción es esta: la primera es como la muerte misma para la mujer en crisis y la segunda no le resuelve la crisis, abre una ventana de incertidumbre sobre el futuro de su bebé. El aborto aparece entonces como la promesa de recuperar el poder perdido y la certeza de que con la muerte del niño acabará todo, nadie abusará de él ni habrá que angustiarse porque regrese un día con un dedo en alto y una hiriente e inquisidora verborrea[1].

En ese sentido, es necesario reconocer que el mayor peso del derecho a la vida frente a esas consideraciones se vuelve menos evidente (aunque no menos verdadero) en la medida que uno se acerca más a esa dolorosa, pero real encrucijada. Por eso a los que promueven el aborto les gusta preguntar cómo se sentiría uno si se tratara de su hija, su hermana, su madre. Quien se ha puesto a pensarlo conoce la fuerza del sentimiento al que apela esa falacia, pero conoce también las limitaciones de una pancarta con la imagen de un bebé y de la embriología. De nada sirve convencer a esa mujer de que está matando si para ella sigue siendo el mal menor.

La marcha de mañana no puede ser la “Marcha por el Capítulo II, Título I, Libro Segundo del Código Penal”. Tiene que ser la Marcha por la Vida, por una cultura de la vida. Lograrlo pasa por repensar la situación de las alternativas de la mujer en crisis, la maternidad y la adopción. Que la muerte y el descarte sean vistos como el mal menor debe ser asumido por el movimiento como un desastre social y como un gran reto a superar. El éxito de la defensa de la vida no puede ser medido solo por la superación de angustiosas votaciones en un edificio de la av. Abancay.

¿Por qué marchamos? Marchamos porque no compramos esos argumentos que hacen distinciones en función de la apariencia, las habilidades o la utilidad. Marchamos porque no nos gustan los malabares jurídicos que se hacen para darle a los tratados de derechos humanos interpretaciones contrarias a la protección de la vida. Marchamos porque no nos gustan los políticos que firman compromisos y luego los tiran al tacho a la hora de votar un tema tan importante. Pero más allá de eso, si marchamos por la vida, debemos hacerlo para no olvidar que, siendo tantos los que estamos dispuestos a salir a la calle a celebrar, la realidad social del aborto, del descarte, del desprecio y la indiferencia por la mujer en problemas, sigue ahí.

Hace unos años salió una columna que criticaba la marcha, que pedía que pensemos en la chica cuyo padre “la molerá a golpes” si llega embarazada a su casa. No olvido la expresión porque es terriblemente cruda y tristemente real. Que nuestra respuesta no sea más “el Estado debería hacer algo”. Que esta reunión de cada año sirva para celebrar que conseguimos que el Estado haga algo (bien), para celebrar que hicimos más y mejores cosas en nuestras empresas, escuelas, universidades e iglesias por evitar que matar sea visto como el mal menor. Que no sea solo la ocasión para recordarle a los políticos no somos una minoría, sino también para recordar nuestra responsabilidad como una mayoría capaz de organizarse y actuar.

Ese es el camino para vencer la falacia de que debemos ceder porque es una realidad, pues, como diría la célebre socióloga Marisa Glave, “con esa lógica legalizamos narco, robo, trata de blancas, explotación de niños”. Hay que actuar con alegría y determinación, evitar la tentación de ser una marcha por el Código Penal.

[1] SWOPE, Paul. Abortion: A failure to communicate.

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