¿Por qué rebautizar al Coronavirus como la Gripe China?, por Jorge Pflucker Olaechea

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Desde 1948 (año en que se crea la Organización Mundial de la Salud – OMS) y hasta muy recientemente, se consideraba usual incorporar en los nombres de los virus y/o las enfermedades que estos causaban, los nombres de los lugares geográficos donde se habían originado (sean ciudades, países o regiones). No hace falta retroceder mucho en el tiempo para encontrar ejemplos de esta práctica. La Enfermedad por el virus del Ébola (EVE) lleva su nombre por el río Ébola ubicado al norte de la República Democrática del Congo; la Fiebre Hemorrágica de Lassa (LHF por sus siglas en inglés) se originó en la ciudad de Lassa, Nigeria; y el Coronavirus del síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS-CoV) se estima que se originó –oh sorpresa– en Medio Oriente.

Sin embargo, esta forma de nombrar las enfermedades ha sido descartada al momento de nombrar la pandemia originada en Wuhan, China por el nuevo coronavirus. Nada en el nombre de esta novísima enfermedad nos da una pista de dónde se originó el inédito virus, bautizado por la OMS como SARS-CoV-2. Y es que, en esta ocasión la OMS siguió los criterios delineados en mayo de 2015 en su guía de buenas prácticas para nombrar las nuevas enfermedades infecciosas humanas; donde consideró como una mala práctica el uso de, entre otras cosas, lugares geográficos, nombres de animales y referencias ocupacionales, optando, en su lugar, por el uso de nombres más descriptivos.

Estas buenas prácticas han sido desafiadas por Donald Trump, quien el pasado 16 de marzo renombró al virus como “China Virus”, haciendo eco a lo que ya algunos medios y otros oficiales de su administración (como el Secretario de Estado, Mike Pompeo) habían empezado cuando se referían al novísimo virus como el “Wuhan Virus”. El nombre otorgado por Trump al virus no es el más adecuado, pues si su criterio se basa en una denominación de origen (como él mismo

ha dado a entender al señalar que lo hace porque el virus se originó en China), lo más lógico, entonces, habría sido continuar llamándolo “Wuhan Virus”, cosa que no ha hecho.

Parecería entonces, que la razón detrás del nuevo nombre otorgado por Trump no es el empleo de criterios que llevan años descartados por la comunidad científica. Siendo ello es así, ¿cuál sería entonces la motivación política de Trump para cambiarle el nombre? Sobre todo si consideramos que en la política internacional y en la diplomacia, los gestos y los términos revisten una especial importancia de la que carecen dentro del ámbito doméstico. No es lo mismo referirse al grupo terrorista que surgió en Irak como ISIS (que significa Estado Islámico de Irak y Siria) a llamarlo DAESH, pues en un caso se le está reconociendo como estado, mientras que en el otro no.

Nuestra intuición probablemente nos lleve a concluir que la motivación de Trump se basa, en realidad, en un intento por evadir su responsabilidad en el manejo de la crisis, ofreciendo a China como un chivo expiatorio a quién condenar por las trágicas muertes y la casi inminente recesión económica de EEUU. Ello, siguiendo la lógica de miembros de la oposición, como Elizabeth Warren, e incluso algunos miembros de su propia administración como Alex Azar, quienes han afirmado que los términos empleados por Trump para referirse al virus tienen un impacto discriminatorio en la población asiática.

Estas conclusiones parecían acertadas (pues en más de una ocasión el líder de ese país ha actuado irrumpiendo los cánones y formas que rigen al Derecho Internacional), de no ser porque existen elementos adicionales, como es la catastrófica respuesta de China en las fases más incipientes del brote. Las autoridades chinas no solo subestimaron la gravedad de la situación, sino que, cuando esta se salió de control intentaron encubrir sus propias deficiencias silenciando a los médicos que se atrevieron a sonar la alarma (a quienes hoy sabemos que obligaron a firmar declaraciones aceptando haber difundido falsos “rumores”) y censurando publicaciones en redes sociales que denunciaban cualquier hecho que hiciera quedar mal al Partido Comunista. Como bien señala Rich Lowry en un artículo de opinión publicado en POLITICO, sin el ocultamiento de información por parte del Gobierno chino y sin la complacencia de la OMS, la crisis que actualmente vive el mundo podría quizás haber sido menor.

Pero incluso obviando la primera respuesta de China al problema, lo cierto es que existen razones suficientes para creer hoy que el Gobierno chino continúa actuando deliberadamente en perjuicio de los esfuerzos de la comunidad internacional para contener la pandemia y mitigar su impacto. Me explico, China sigue negándose enfáticamente a que el mundo conozca cómo se originó esta pandemia. Y no me refiero a las teorías conspirativas que pululan en el Internet y en los medios conservadores, sino más bien, a información clínica y epidemiológica que las autoridades chinas se niegan a compartir con el resto del mundo. Todo ello nos lleva a concluir que China no tiene interés alguno en transparentar nada relacionado al virus que pueda potencialmente afectar la continuidad del Gobierno chino.

Ante todo esto, me vuelvo a preguntar ¿por qué renombrar al SARS-CoV-2 como China Virus o incluso, Gripe China? Para responder a esta pregunta resulta conveniente revisar un capítulo de la política exterior desarrollada por el Secretario de Estado de Obama, John Kerry, en la década pasada. Me refiero pues, a la campaña diplomática dirigida por EEUU que vincularía al gobierno de Bashar Al-Assad con el uso de armas químicas sobre su población civil. En aquella ocasión se buscaba aplicar distintas sanciones internacionales que erradicaran el uso de armas químicas; objetivo que se veía entonces amenazado por el aliado militar más importante de Siria en aquel

momento: Rusia. Y es que Rusia podía vetar cualquier iniciativa que se propusiera desde la Organización de las Naciones Unidas – ONU.

El éxito de aquella campaña diplomática, como señala Robert A. Pape, se debió a la denominada “politics of embarrassment” o política del bochorno. Ésta, como su nombre indica, consiste en avergonzar a un gobierno hasta el punto donde aquél se vea obligado a cambiar de postura. En el caso de Rusia, la información divulgada por EEUU obligó a Putin a votar en conjunto con el resto de Occidente en diversas medidas orientadas a aplacar el uso de armas químicas en Siria. Ese éxito atiende al hecho de que un objetivo no económico (como lo es obtener la anuencia de Rusia para apoyar las medidas en contra de su aliado, Siria), no puede ser conseguido con medidas de carácter económico; pues estas tienden casi siempre a fallar en estas situaciones.

Puede ser entonces que Trump, acertadamente, esté empleando la política del bochorno, cuya eficacia su predecesor ya comprobó en la práctica. Y es que dos cosas son ciertas: (i) China está obstaculizando las acciones internacionales para controlar la pandemia, o cuando menos no está contribuyendo de forma transparente a dicho fin; y, (ii) para controlar o siquiera mitigar los daños causados por la pandemia, es necesario contar con la cooperación de China, lo que conlleva la divulgación de información ocultada por ese gobierno, así como transparentar el impacto del virus en la china continental.

En ese sentido, la política del bochorno parece ser la mejor opción del arsenal con que cuenta Trump para doblegar la irresponsable reacción de China en la pandemia. ¿Y qué mejor forma para avergonzar al gobierno de Xi Jinping que rebautizando al virus como “China Virus” y a la enfermedad que esta causa como la Gripe China? De hacerlo, estaría atando la pandemia más devastadora que ha vivido la humanidad desde 1918 a la República Popular de China y, por extensión a su gobierno. Quizás así, ante la amenaza de ser alienado de sus bases nacionalistas (pues una cosa es dejarse convencer por emociones políticas y otra muy distinta aceptar que tu nación es directamente responsable de la pandemia), Xi Jinping y su gobierno empiecen a actuar con transparencia y en beneficio de la comunidad internacional. Y es que a veces, en la política internacional lo que más importa es el subtexto.

Lamentablemente, en los últimos días hemos visto al siempre ecléctico presidente estadounidense disminuir la retórica del “China Virus”, a la cual alude cada vez con menor frecuencia. Todo parece apuntar a que el líder del mundo libre no tiene claro cómo presionar a China sin perjudicar la ejecución de la primera fase del acuerdo alcanzado entre ambas naciones para poner fin a una guerra arancelaria iniciada en 2018 (la cual, de ejecutarse, llevaría a China a comprar bienes por doscientos mil millones de dólares a EEUU).

 

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