Pornografía es violencia contra la mujer, por Verushka Villavicencio

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Si vemos un anuncio publicitario y notamos que la persona del anuncio nos mira, entonces estamos frente a una relación entre el objeto o servicio que vende el anuncio y nosotros, los consumidores. Esta conexión creada por los publicistas para vender un producto se aprecia también en las revistas o videos pornográficos donde la genitalización de las imágenes reduce el consumo del sexo a un acto donde el hombre satisface sus deseos y la mujer cumple con satisfacerlos. La conexión entre ambos sexos no existe, las fotos venden la imagen de un disfrute individual, donde prima la emoción del momento -en algunos casos de ambas partes-, y no los sentimientos. Y cuando se publican fotos donde la mujer mira hacia la cámara, la imagen revela que ella está lista y dispuesta para acceder a todos los pedidos del hombre. Entonces, el consumidor que ve la revista o el video pornográfico, seducido por esta conexión, comienza a anhelar poseer a esa mujer o a otra que cumpla sus deseos. La mujer se convierte en un producto que se puede comprar.

Un caso insólito es el de la actriz Linda Boreman que protagonizó el film pornográfico “Garganta profunda” en 1972 cuyo éxito de taquilla la disparó a la fama. Lo que se supo, por una denuncia años después efectuada por ella misma, es que las escenas del film fueron grabadas mientras su esposo la amenazaba con un arma. Chuck Traynor, era también su proxeneta, de quien se divorció diez años después. Boreman se dedicó a impulsar movimientos contra la industria de la pornografía pero nunca llegó a ser tan famosa como por su actuación en aquel célebre film.

La pornografía en revistas y videos es uno de los negocios más rentables del mundo. Sólo en Estados Unidos, esta industria mueve 2,500 millones de euros al año, según un estudio elaborado por Online MBA. Al menos el 70% de hombres de 18 a 24 años, miran páginas web con contenido sexual por lo menos una vez al mes, siendo el tiempo de permanencia en estas páginas de 6 a 24 minutos. El 12% de los sitios web en internet son pornográficos.

Pero, ¿qué venden estas páginas web, revistas, videos pornográficos? Venden la fantasía de un vínculo que no existe, compensan los miedos de hombres y mujeres a ser realmente seres humanos capaces de vincularse sanamente. El planteamiento es que no hay vínculos sólo la satisfacción de un deseo donde el hombre ejerce poder sobre la mujer. El hombre desempeña un rol activo y la mujer uno pasivo. Cabe preguntarse, ¿qué pasa con los hombres que crecen consumiendo pornografía? La respuesta es que crecen formando una identidad sexual que no diferencia la realidad de la ficción. Tener relaciones sexuales se vuelve un momento donde se ejerce lo que se consumió en los diversos formatos pornográficos. Se convierte en la suma de todas las poses imaginables del Kamasutra, en la ausencia del diálogo, en la carencia de la ternura y en suma, en la síntesis de la no vinculación que evade el afecto y el respeto por el otro. Y es que en la iconografía pornográfica, el mundo existe fuera del hombre y no dentro de él, no hay una conexión con su mundo interior. Crecen con una imagen que legitiman en el trabajo y en la cama. Crecen a nivel profesional pero siguen siendo niños a nivel emocional.

La preocupación es que cuando los niños, adolescentes, jóvenes crecen y se inician sexualmente reproducen este aprendizaje: la ausencia del vínculo. Una reciente investigación de la Asociación Americana de Psicología (APA) titulada “Age and Experience of First Exposure to Pornography: Relations to Masculine Norms” (Edad y experiencia de la primera exposición a la pornografía: Relación con las normas masculinas), reveló que la edad en la que una persona es expuesta -por primera vez a la pornografía-, se asociaría significativamente con ciertas actitudes de maltrato hacia las mujeres en el futuro. El estudio sostiene que mientras más joven es el hombre expuesto a la pornografía, más probable es que ejerza poder sobre la mujer. Este estudio evalúo a 330 universitarios hombres. Otra revelación del estudio, es que mientras más mayor es el hombre que consume pornografía, es más elevada su incidencia hacia comportamientos promiscuos. Va rodando de cama en cama o de bar en bar justificando su necesidad de mantener esta conducta.

Sucede que los hombres que consumen pornografía no ven a las mujeres como iguales frente a ellos, con derechos y deberes. Las ven como productos para su uso. El ejercicio de poder se expande hacia algo concreto que los satisfaga y en este escenario se puede explicar el comercio sexual o prostitución. En Suecia, la prostitución es considerada violencia sexual que denigra a la mujer y se reconoce como una forma de explotación contra mujeres y niñas. Entonces, buscar la igualdad entre hombres y mujeres determinará también que se adopten medidas contra el consumo de la pornografía y el ejercicio de la prostitución. El hombre convertido en cliente que paga por acceder al sexo con una mujer, legitima la violencia y la ejerce como un hábito. ¿Qué medidas de promoción de la salud debería adoptar el Estado y que conductas deberían las familias fomentar con sus hijos?

Es importante también que las mujeres aprendamos a observar a los hombres que nos rodean para aprender a identificar cuál es el rol que nos permiten ejercer. Si un hombre se burla de una propuesta o la desmerece sin argumentos sólidos, será hora de que empecemos a preguntarnos también si tiene criterios de igualdad y si nos ve como productos y no como profesionales. Los consumidores de pornografía son más propensos a ser violentos, a no generar vínculos y a encapsular a la mujer para poder seguir ejerciendo poder en todos los espacios posibles. La tarea es del Estado, pero también de hombres y mujeres. Vigilemos nuestro entorno y promovamos vínculos sanos entre hombres y mujeres.

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