Precaria institucionalidad, por Raúl Bravo Sender

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El Perú en el último cuarto de siglo ha logrado un impresionante crecimiento económico, el cual le ha permitido sacar de la pobreza a miles y millones de personas. Contamos con muchos frentes que constituyen importantes polos de desarrollo (minería, agricultura, pesca, industria, comercio y turismo, además del boom inmobiliario). Sin embargo, todo ello puede venirse abajo por la irresponsabilidad de los mercantilistas y populistas.

Ahora bien ¿a quiénes les debemos dicho crecimiento? A aquellos emprendedores que, arriesgando su capital y realizando un cálculo, vieron una oportunidad de negocios e invirtieron. Y entonces ¿por qué en promedio son impopulares y generan rechazo en la sociedad? Todo depende del cristal con el que miremos las cosas. Y mayoritariamente lo hacemos desde los zapatos del empleado, olvidándonos que podemos ser exitosos empresarios.

En nuestra atmósfera están muy arraigados prejuicios por los que juzgamos a los empresarios de egoístas, ambiciosos, explotadores, usureros y poco solidarios. Sin embargo, son adjetivos que sólo pueden ser atribuidos a personas en concreto (Juan o María), más no a abstracciones. Entonces afirmar categóricamente que los empresarios son egoístas sólo nos indica una cosa: que el lenguaje se ha corrompido y las palabras han vaciado su real significado.

Acaso un trabajador, en ocasiones, ¿no puede ser egoísta cuando no comparte mejores oportunidades laborales con sus compañeros, ambicioso cuando se propone ascender en la empresa, explotador cuando llega tarde o falta al trabajo, usurero cuando infla sus capacidades por una mejor remuneración o, poco solidario cuando no comparte su sueldo ganado con su esfuerzo? Decir estas cosas sería políticamente incorrecto.

¿Por qué adolecemos de esta manera de ver las cosas? ¿Quiénes se han encargado de internalizar en la conciencia popular esta errada interpretación del perfil y el papel del empresario en la sociedad? Ciertamente no me estoy refiriendo a aquellos empresarios mercantilistas, quienes al igual que los políticos populistas, viven del presupuesto público, para lo cual tejen una legalidad y montan una burocracia servil, que responden a ciertos intereses de grupo.

Son precisamente los empresarios mercantilistas y los políticos populistas los responsables de ello. Los primeros cortan camino hacia el éxito evitando competir en el mercado como lo hace cualquier emprendedor honesto que no tiene contactos en el aparato estatal. Los segundos salen de pobres administrando los recursos públicos. Nuestro engranaje institucional se ha edificado sobre una mezcla de política y negocios, siendo el pegamento la corrupción.

La peruviana legalidad es reflejo de ese engranaje y no cumple su natural función de garantizar derechos y libertades limitando al poder, sino por el contrario es utilizada no sólo para otorgar privilegios a quienes son cercanos al gobierno sino también para perseguir a los adversarios. Como el sistema legal está diseñado a la medida de determinados grupos, quienes se sienten excluidos buscan introducir reformas para legalizar sus intereses.

En efecto, las leyes se hacen a la medida y se van modificando o derogando conforme los distintos grupos de intereses van ejerciendo presión y lobby en las esferas de influencia. Todo ello conlleva a las crisis políticas de enfrentamientos entre los poderes e instituciones del Estado, el cual se ha convertido en el refugio de operadores políticos que no responden ni a la Constitución ni a los principios de legalidad e institucionalidad, sino al poder fáctico que actúa en la sombra.

Nuestra institucionalidad es precaria debido a que el derecho de propiedad en realidad no es un derecho sino una gracia del gobierno. En consecuencia, carecemos de una democracia estable pues su protagonista, el ciudadano, no está empoderado con derechos de propiedad privada. Ésta nos hace libres y responsables. Y los políticos populistas y empresarios mercantilistas saben que su fin llegará el día en que contemos con reales propietarios.

Sin embargo, mientras prevalezca en la conciencia popular la idea de confiar nuestro destino al gobierno, entonces de nada valdrán las reformas. Es necesario internalizar los principios y valores de una auténtica sociedad libre.

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