Prisión y sangre, por Eduardo Herrera Velarde

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Cuando mucho de lo que nos rodea en nuestra vida nacional parece estar impregnado de un mensaje de confrontación, otros -sospecho que la gran mayoría- seguimos viviendo nuestras vidas.

Aunque parece crearse a veces un mundo paralelo, todos vivimos los que queremos vivir, buscando el constante equilibrio, mejor dicho, viviéndolo. Precisamente de algo que implica el nítido deseo de desarrollar equilibrio, es sobre lo que quiero escribir hoy: el debido proceso.

Como casi todos los seres humanos, tengo preferencias y antipatías. Hablando de estas últimas me encantaría muchas veces hacer justicia con mano propia; esto es lo que usualmente me sucede en el tráfico cuando alguien me “cierra” arbitrariamente (injustamente). Las “redes sociales” parecen también empujarnos hacia la constante lucha de opiniones (ojo que no dije intercambio). Ay de aquel que diga algo contrario a la corriente mayoritaria o sostenga algo en contrario a la posición de alguien no más. Tolerancia requieren algunos y, sin embargo, no la ejercen.

Mis ganas de ajusticiar también escalan a aspectos de la vida pública, en donde -de igual modo- me gustaría que algunos personajes, literalmente, se pudrieran en la cárcel. Luego de eso reflexiono y ruego por el encuentro con el equilibrio.

No puedo matar al conductor de al lado porque me cerró. No puedo ajusticiar al político que, sospecho, ha cometido actos irregulares. Eso no me hace mejor persona, me hace ir al mismo nivel.

La regla del debido proceso parece ser odiosa cuando se trata de un acto a todas luces injusto. No obstante, esto funciona como la casa del jabonero; en algún momento cualquiera de nosotros podemos resbalar y nos gustaría que nos traten con el mismo guante: el del debido proceso.

Entonces, un juez que tiene la evidente reputación de ser “canero” no es un juez justo, es ajusticiador. El buscar que el fin se logre, no importa los medios no puede ser garantía de Justicia. Ceder a las tentaciones de nuestros impulsos -y más en el caso un juez- es peligroso, porque de igual manera se puede ceder a otras manzanas brillantes (como la corrupción, por ejemplo).

Equilibrio, constante equilibrio. La Justicia en un sentido básico implicada equidad o como decía Ulpiano: “dar a cada quien lo que se merece”, respetando las reglas del juego.

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