Pro vida en México, por P. Mario Arroyo

«El histórico fallo de la Suprema Corte de la Nación ha dejado sin protección legal a los millones de niños concebidos en tierras mexicanas. No es irrelevante el dato, pues basta constatar el alto número de personas que nacen fuera del matrimonio para observar que, a partir de ahora, sus vidas peligran».

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El histórico fallo de la Suprema Corte de la Nación ha dejado sin protección legal a los millones de niños concebidos en tierras mexicanas. No es irrelevante el dato, pues basta constatar el alto número de personas que nacen fuera del matrimonio para observar que, a partir de ahora, sus vidas peligran.

No es el momento de caer en lamentaciones estériles ni de poner el acento en lo frágiles y falaces que fueron las argumentaciones presentadas por los magistrados al respaldar su sentencia. El daño está hecho y de nada nos sirve darle vueltas. La actitud constructiva es imaginar un futuro en el que quepan todos los mexicanos y mexicanas, sin ser excluidos por todavía estar en periodo de gestación.

Ante esta dura decisión, los pro-vida enfrentan dos retos. El primero está en volverse “inasequibles al desaliento” o, como se diría popularmente, “no tirar la toalla”. El segundo reto en realidad es más arduo, pues supone cambiar la estrategia, reinventarse en el nuevo escenario hostil en el que se encuentran.

No se trata de cerrar los ojos ante la realidad ni minimizar el inmenso trabajo de filigrana realizado para defender la vida en 19 estados de la federación. Tampoco de dar unas palmaditas en la espalda diciendo “ánimo, ¡tú puedes!”. Se trata de examinar y discernir cuál es el bien asequible en esta nueva situación.

Si antes la batalla estaba en las leyes y en sensibilizar a los congresos estatales sobre el hecho de que la vida humana comienza desde la concepción y que, por tanto, debe ser protegida desde ese instante; ahora el Poder Judicial ha tirado por el suelo todo ese esfuerzo, ha pateado el tablero con un golpe de estrategia que, dicho sea de paso, ya se veía venir.

En efecto, la cultura de la muerte se impuso y su esquema suele ser siempre el mismo: si no consiguen hacerlo por vía parlamentaria, acuden al expediente de la vía judicial. Es más fácil convencer del error a un grupo pequeño de juristas que al grueso del Congreso.

Si la lucha ya no está en las leyes y la sentencia parece irrevocable, ¿qué pueden hacer los pro-vida además de lamentarse? La respuesta está en adentrarse en la batalla cultural. Para ello tienen aliados muy fuertes: la ciencia, la embriología, el estudio de la formación del ser humano a partir del momento de la fecundación.

La filosofía también puede ser su aliada, profundizando en el concepto de dignidad y lo que ello implica. El derecho no, pues ya vemos que se vende al mejor postor, pero sí la biología al resaltar el valor y el milagro que supone cada vida humana.

“Aborto sí, aborto no, eso lo decido yo” es uno de los eslóganes de las chicas del pañuelo verde. Tomemos el reto que plantean: ahora pueden abortar por placer, no hay frenos ni límites. Nos toca trabajar para que poco a poco vaya siendo la opción menos atractiva.

Que no aborten primero porque no se embarazan sin desearlo, pero luego porque no quieran aunque puedan hacerlo. Que el camino abierto sea recorrido por muy pocas, pero que la mayoría de mujeres redescubra el valor inconmensurable de la vida humana. En definitiva es un gran desafío, pues finalmente el aborto es negocio con intereses económicos y políticos en juego.

Los pro-vida tenemos la urgente tarea de reinventarnos. Puede ser una oportunidad maravillosa para que dejemos de ser reactivos y tomemos la iniciativa en el debate público. Por decirlo de alguna forma, debemos abrumar con los datos duros que arroja la ciencia sobre el desarrollo del embrión, su capacidad de sufrir, la formación de sus órganos o su sustancialidad diversa a la de la madre.

La campaña cultural deberá ir contracorriente también, resaltando la grandeza de la maternidad: privilegio exclusivo de la mujer. Quizá la acción más grande que pueda realizar el ser humano es darle la vida a otro sin percibirlo como obstáculo al desarrollo personal. No hay nada como ser madre para que el camino del aborto sea cada vez menos socorrido.

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