A propósito

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“La belleza salvará al mundo.”

Dostoyevski

Desde los inicios de la historia, arte y religión han estado estrechamente ligados. En algunos casos se complementan tan armónicamente que es difícil discriminar uno de otro. Y esto se debe a que, desde los albores de la humanidad, llegada la hora de expresar la sacralidad del universo y de su existencia, los hombres no hemos encontrado mejor cauce que el arte.

Las diferentes religiones o caminos de reencuentro con la dimensión espiritual del universo no han desaprovechado ningún resquicio de la producción artística. Pintura, música, poesía, arquitectura, escultura, danza o teatro fueron ingeniosamente combinados para crear los ritos. Los ritos son la vía común para participar de forma individual o colectiva de lo sagrado. Su poder reside en esa rara capacidad de tocar las raíces del árbol de lo humano a través de una experiencia estética.

Es así, de tal manera, que cuando hablamos de lo sagrado, casi instintivamente, terminamos hablando de lo bello, lo artístico y lo puro. Y al hablar de lo relacionado con el arte, cuando este alcanza notas particularmente conmovedoras, toca lo divino como su origen o fuente de natural inspiración. Y es que lo bello es el lenguaje de lo sacro o, parafraseando a un teólogo contemporáneo: Lo primero que captamos de Dios no suele ser la verdad, sino la belleza.

Vamos a dirigirnos ahora al arte que crece bajo la sombra del lignum crucis, el arte cristiano. San Agustín decía en un conocido sermón: “Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo… interroga a todas estas realidades. Todas te responderán: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una confesión. Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza, no sujeta a cambio?”[1]. El obispo de Hipona sabía muy bien que la belleza tiene una fuerza pedagógica para introducirnos en el misterio de la verdad, hasta el punto de que la belleza misma llega a ser transparencia de la verdad y de la bondad.

Esta tendencia a congelar lo sagrado, para degustarlo y beneficiarse, es innata al cristianismo. Recordemos el colorido pasaje lucano sobre la transfiguración de Jesús, en el que Pedro exclama: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres tiendas…”[2]. El mismo Cristo es interpretado por la naciente comunidad como un icono sagrado: “Imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura.”[3]

Con el tiempo el cristianismo denomina a esta dinámica artística interna como la via pulchritudinis, es decir, la vía de la belleza, el camino de lo hermoso. Esta vía es un modo regio de acceder a la fuente misma de la fe, cuya característica más asombrosa es la universalidad, aquella cualidad de alcanzar a todo público sin importar las fronteras sociales de cada época. Así, la Iglesia se convierte no solo en una entidad transmisora de doctrina y valores humanos, sino en auténtica productora de cultura, caravana permanente de civilización y principal mecenas de toda expresión artística en los espacios geográficos en que llegó a establecerse.

El ejemplo más cercano a  nosotros es el aliento de la última reunión conciliar: “El gozo y la esperanza, la angustia y la tristeza de los hombres de nuestros días, (…) son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo.”[4] El Concilio dice que la Iglesia “no puede dar prueba mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana, que la de dialogar con ella…”[5] Esto supone que ella misma no se concibe como una obra acabada, una entidad aislada o un reino autosuficiente, muy al contrario. Consciente de las hornacinas vacías que dejaron las crisis del pasado siglo, la Iglesia se declara necesitada de todo el apoyo que esté a su alcance: “La experiencia de los siglos pasados, el progreso de las ciencias, los tesoros escondidos en las diversas formas de cultura, que permiten conocer mejor al hombre y abren para él nuevos caminos para la verdad, aprovechan también a la Iglesia”, es más, “en tiempos como los nuestros, cuando tan rápidamente cambian las cosas (…) necesita (la Iglesia) de modo particular la ayuda de quienes viven en el mundo, conocen sus diversas instituciones y disciplinas y asimilan su mentalidad, sean o no creyentes.”[6]

El evento conciliar cerró con unas palabras dirigidas a todos, y de hecho, los artistas no podían pasar desapercibidos. “A todos ustedes ahora, artistas, que están prendados de la belleza y que trabajan por ella; poetas y gentes de letras, pintores, escultores, arquitectos, músicos, hombres de teatro y cineastas… A todos ustedes, la Iglesia del Concilio dice por nuestra voz: Si son amigos del arte verdadero, son nuestros amigos. La Iglesia está aliada desde hace tiempo con ustedes. Ustedes han construido y decorado sus templos, celebrado sus dogmas, enriquecido su liturgia. Ustedes han ayudado a traducir su divino mensaje en la lengua de las formas y las figuras, convirtiendo en visible el mundo invisible (…) Este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza (…) Recordad que son los guardianes de la belleza en el mundo.”[7]

El arte y el franciscanismo

En el siglo XIII, el surgimiento del franciscanismo aportó a la Iglesia y al arte universal un aliento refrescante que se expresará magníficamente en el movimiento renacentista. Francisco de Asís, iniciador de esta corriente, fue un hombre violentamente tocado por la belleza natural del mundo: “gozaba al contemplar en las criaturas la sabiduría del Creador… esta consideración le llenaba de admirable e inefable gozo viendo el sol, mirando la luna y contemplando las estrellas y el firmamento.”[8] De manera que llega a identificar la belleza con la divinidad: “Tú eres la hermosura”[9].

Pero la gran novedad franciscana no reside solamente en la fina sensibilidad de su fundador. Francisco es descrito por su primer biógrafo como “el hombre nuevo”[10], porque era portador de una concepción cósmica nunca antes vista. El otro Cristo, como también lo llamaron entonces, revoluciona las relaciones entre el hombre y el mundo que lo rodea: “Abraza todas las cosas con indecible afectuosa devoción y les habla del Señor y les exhortas a alabarlo. Deja que los candiles, las lámparas y las candelas se consuman por sí, no queriendo apagar con su mano la claridad, que le era símbolo de la luz eterna. Anda con respeto sobre las piedras (…) A los hermanos que hacen leña les prohíbe cortar del todo el árbol, para que deje la posibilidad de echar brotes. Manda al hortelano que deje a la orilla del huerto franjas sin cultivar (…) que se destine una porción para cultivar plantas que den fragancia y flores (…) Recoge del camino a los gusanillos para que no los pisoteen; y manda poner a las abejas miel y el mejor vino para que en los días helados de invierno no mueran de hambre. Llama hermanos a todos los animales…”[11].

El pobrecito, como era conocido en los pueblos de la Umbría, con su manera de dirigirse a las criaturas derriba por completo el dualismo que oprimía la conciencia medieval. Tal es así, que para el franciscanismo más puro y original, no existe guerra entre la luz y las tinieblas ni oposición entre la vida y la muerte: todo es armónica danza. Cristo es el primero entre los hombres y todos los seres ocupan un solo y único plano en torno a él, es decir, son hermanos. Desde Francisco de Asís, el hombre místico no será aquel que huye de la realidad corrupta para encontrarse con Dios, sino aquel que abraza todas las criaturas, pues todas las cosas gritan su nombre.

Francisco festeja que todo, absolutamente todo en el mundo, es bueno –o de algún modo misterioso- causa de bien. Celano escribe pasmado: “Creo yo que el Santo, a cuya voluntad se aplacaban creaturas inhumanas, había vuelto a la inocencia primera.”[12] Esta mirada tan optimista y conciliadora desencadenó un torrente de arte y religiosidad sin precedentes. Y, comenzando por Italia, il rinascimento se propagó con rapidez por toda Europa. Dante Alighieri testimonia así a partir del verso 28 del canto XI del Paraíso: “Di questa costa, là dov’ella frange/ più sua rattezza, nacque al mondo un sole.”[13] Para el autor de la Divina Comedia, Francisco es el sol cuya aurora marca el inicio de una nueva era para la humanidad.

El pasado ministro general de toda la Orden expresa esta corriente permanente de renovación con estos términos: “Hemos permanecido siempre abiertos y sensibles a las situaciones concretas de la historia y de la cultura. El franciscanismo se encontró con las artes figurativas -la poesía, la literatura, la arquitectura y otras expresiones del espíritu humano-, en las que tuvo gran influencia. Fieles a la lógica de la encarnación estamos llamados a continuar en este camino” -y continúa contundente- Esta experiencia franciscana del estudio y de la actividad artística no nos presenta la figura del Hermano Menor como de uno que quiere conquistar para poder aumentar el provecho técnico o económico, sino como una persona tocada, sacudida y fascinada, una persona embelesada por la Verdad, el Bien y lo Bello, que es inherente a las cosas. A través de la via pulchritudinis podremos desarrollar elementos esenciales de la visión franciscana del mundo, del hombre y del misterio de Dios y al mismo tiempo encontrarnos con muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo (…) Sin duda el arte es un lugar privilegiado de diálogo con la cultura contemporánea y, creando caminos nuevos, también de evangelización..”[14]

El arte franciscano en el Perú

Desde su llegada a nuestra tierra, los franciscanos y las demás órdenes cumplieron con el encargo de adoctrinar a los naturales y así unirlos al proyecto colonizador. Es notable el lema que Fr. Gabriel Sala, misionero del Convento de Ocopa usara para alentar la misión en tierras extrañas: “La religión, la ciencia y el trabajo constituyen el progreso y la felicidad de los pueblos.” Así pues, siendo fieles a su esencia original, los frailes franciscanos han tenido un rol importantísimo en el enriquecimiento patrimonial de nuestra patria. Sigo de cerca las palabras de Fr. Félix Sáiz Díez, al presentar su obra sobre el museo de los Descalzos: “Las Órdenes religiosas, y muy particularmente la franciscana en su empeño de difundir sus devociones tan propias como la Pasión del Señor y de la Santísima Virgen (la Inmaculada, la Purísima y la Dolorosa), tuvieron mucho que ver en la creación y mantenimiento de las escuelas-talleres de pintura y escultura.”[15]

Sabemos que, en muchos casos, fueron los mismos religiosos quienes ejercieron de maestros de pintura y escultura. Fueron los frailes quienes concibieron los primeros bocetos de conventos e iglesias en todas las ciudades que iban fundando. Rodeándose de jóvenes aprendices, los franciscanos les enseñaron cómo extraer de las canteras las más elaboradas y caprichosas formas de la arquitectura virreinal. Empeñados en transmitir la fe al recién descubierto mundo, los religiosos de san Francisco inculcaron los primeros cánones religiosos del arte y, con maestría aun envidiable, supieron fundir en armónica síntesis el mundo nativo y la religión cristiana, haciendo que sus motivos más entrañables (natividad, pasión, muerte y resurrección de Cristo) quedaran marcados indeleblemente en sus claustros, iglesias, oratorios, capillas y en el cruce de todos los caminos y coronando las cumbres de los cerros.

Este dinamismo creador se comprende mejor cuando rozamos la médula misma de la vida del hermano menor. Fr. Daniel Córdova, describe con habilidad el franciscanismo que llegó a estas tierras: “En la convivencia solidaria con el “otro”, dentro de una cultura desconocida, no llevándoles a Dios, sino descubriéndolo con ellos gratuitamente. Entrando al corazón de los pueblos en su propia lengua, asumiendo sus esquemas y ofreciendo en un intercambio valioso el mensaje de Cristo (…) Donde hubo un misionero franciscano, hubo una escuela. Como también podríamos decir: donde hubo una cruz, la más rudimentaria y rústica, hubo una bandera, la de la Patria.”[16]

El patrimonio artístico hoy

La Orden, como toda institución humana, sufre transformaciones a  través del tiempo. La mayoría de estos cambios, desde hace ocho siglos, han sido desencadenantes de bonanza y renovación. Pero tenemos que admitir, en el caso del Perú, que la Orden Franciscana va perdiendo progresivamente su rol de promotora de las artes, más aún, las glorias del pasado aparecen como tenues sombras cosidas con retales de vestigios.

Si bien es cierto que los frailes de ayer (es necesario aclararlo) no concebían el patrimonio cultural como hoy lo hacemos, y que eso podría justificar muchas de las equivocaciones de los eclesiásticos que hicieron uso del patrimonio en el pasado (modificaciones monumentales, traslado indiscriminado de obras valiosas de un convento a otro, reemplazo de elementos antiguos por otros más “de moda”, intervenciones a numerosas esculturas, sobreexposición de objetos a diversos agentes climáticos y antojadizas modificaciones arquitectónicas a casi todos los conventos); hoy una conducta que se aproxime a estos abusos es totalmente inadmisible.

Como hemos venido viendo en los apartados previos, el arte ha sido y es, para la Orden de Hermanos Menores, un asunto de incuestionable importancia. Ya por su relevancia patrimonial e histórica, ya por su valor espiritual y utilidad pastoral. Entonces nos encontramos ante la pregunta en todo su escándalo: ¿Qué ocurre en el Perú?

Es que a pesar de ser depositario de una gran riqueza artística franciscana, el caso del Perú no puede menos que avergonzar a propios y extraños. Los frailes de las últimas generaciones no sólo hemos permitido que el descuido del tiempo se enseñoree de nuestros claustros, sino que además -en el colmo del esperpento-, colaboramos con su silente aniquilación.

Si pretendemos hacer honor a la verdad, debemos admitir que nuestra actitud no puede ser justificada. Claustros, iglesias, archivos y bibliotecas lloran mudas nuestra desidia. Santos mutilados nos miran con ira desde sus vacías cuencas, mientras que los cuadros ajados gritan desde sus roídos marcos. Todos claman una pronta reivindicación: ¡Basta ya de abandonos! Sorprende, pero pareciera que como muchos en este país hemos sucumbido a la peste del olvido y la indiferencia… Pareciera que no oímos las palabras con que la Orden se expresa a este respecto:

En muchas Provincias el necesario redimensionamiento de las Casas nos ponen en el riesgo de perder o de no salvaguardar suficientemente un importante patrimonio cultural. Recuerdo a los Ministros y a los Custodios que el cuidado por estas instituciones influye en  el interés y el futuro de toda la Orden y no es solamente un asunto privado de cada entidad.”[17] La Orden ha exigido, y exige hoy, atención para con todos sus bienes muebles e inmuebles, pues corresponde al Ministro y al Guardián respectivo vigilar diligentemente la administración de todos los bienes pertenecientes a la Orden, a las Provincias o a las Casas a ellos sujetas.[18]

No podemos ampararnos más en argumentos típicos como el exceso de labor pastoral o la falta de recursos económicos. Si hay una carencia real, ésta es la de interés y preparación adecuada. Así lo diagnostica crudamente Hermann Shalück, ministro general de 1991 a 1997:

“La presunción, la superficialidad, la indiferencia por las ciencias humanas y sagradas deben ser consideradas una ofensa al don de la vida, al hombre y a la Verdad (…) Considero un abuso y una falta de respeto el presentarse para servir una causa noble, como la del Evangelio y la del hombre, sin la debida preparación o sin la capacidad de diálogo y de lectura de los signos de los tiempos.” [19]

Es tiempo de reaccionar. Hay que evaluar nuestra política de conservación (si es que la hay realmente) con honestidad y solicitar el apoyo de las entidades académico-culturales que pueden aliarse con nosotros en esta noble causa. No perdamos más el tiempo improvisando cambios que las generaciones venideras juzgarán con más acritud que las presentes. Es tiempo de mirarnos a la cara y ver que nuestras glorias pasadas se nos escurren de entre las manos solo por falta de humildad e iniciativa sinceras. Aún estamos a tiempo de salvar aquella riqueza que se ha ido anegando en un pantano triste de decadencia.

Desde mi humilde posición hago mías las álgidas palabras de Paulo VI a los artistas. Vuelvo mis ojos, mi corazón y mi discurso a quienes leerán primero que nadie estos folios y a todos me dirijo: “Hoy como ayer, la Iglesia los necesita y se vuelve hacia ustedes. Ella les dice por nuestra voz: No permitan que se rompa una alianza fecunda entre nosotros.”[20] Todos, propios y extraños, clérigos y laicos, amantes del arte y del progreso; creyentes o no: únanse. Hagan que la tierra de nuestras ciudades vibre con el tono de su voz alzada y que el reclamo reverbere en todos los oídos que sea necesario… ¡Por favor no nos dejen!, sacúdannos, exíjannos, arrástrennos al necesario cambio. Ayúdennos a que no se cumpla aquel latinajo de “non despicio fratrum simplicitatem, sed non laudo fratrum asinitatem.”[21] Es hora de intervenir. Nuestra historia reclama el hombro para empujar esta gran restauración.

Y si sienten que no les seguimos el paso, si aun así constatan que no colaboramos en la mejora… ¡No tengan miedo de enfrentarnos y de hacer a las lápidas gritar en contra nuestra![22] Sepan, si eso ocurre, que hemos dejado entonces de merecer la custodia de tanta belleza.

 

Los bendiga a todos la Madre del Amor Hermoso,

Héctor Ascorra Saravia.

azcorr@hotmail.com

En San Francisco de Ica, 26 de septiembre, día de los Santos Cosme y Damián del año 2013.


[1] Sermones 241, 2.

[2] Evangelio de Lucas 9, 28-36.

[3] Carta a los Colosenses 1, 12-20.

[4] Cf. Gaudium et Spes 1.

[5] Ibíd. 3.

[6] Ibíd. 44.

[7] Mensaje del Concilio a toda la Humanidad, 7 de diciembre de 1965, nº 4.

[8] Tomás de Celano, Vida Primera, 80.

[9] Alabanzas al Dios altísimo 5.

[10] Tomás de Celano, Vida Primera, 82.

[11] Ibíd. 165.

[12] Ibíd. 165.

[13] Trad. De esa pendiente, allá donde ella rompe/más su inclinación, le nació al mundo un sol.

[14] Fr. José Rodríguez Carballo, O.F.M., El Sabor de la Palabra. La vocación intelectual de los hermanos menores hoy. Carta del Ministro General a toda la Orden sobre los estudios, Roma 2005, 3,3.

[15] Fr. Félix Sáiz Díez, O.F.M., El Museo del Convento de los Descalzos, Lima 2002.

[16] Citado en Fr. Félix Sáiz Díez, O.F.M., Historia de la Provincia Misionera de San Francisco Solano del Perú (1907-2007), Lima 2010.

[17] Fr. José Rodríguez Carballo, O.F.M., El Sabor de la Palabra. La vocación intelectual de los hermanos menores hoy. Carta del Ministro General a toda la Orden sobre los estudios, Roma 2005, 3,3.

[18] Tomado de las Constituciones Generales de la Orden de Hermanos Menores, (CC. GG.), Art. 250. A éste respecto conviene tener en cuenta el Código de Derecho Canónico (CIC), en la parte tocante a los bienes de la Iglesia (Cf. CIC 1284 §1 o bien 638 §3) y lo dicho en la Ratio Studiorum Franciscanae sobre archivos y bibliotecas: “La Orden de Hermanos Menores, a fin de mantener viva su memoria histórica y como instrumento al servicio del estudio y de la evangelización, favorezca la conservación y el funcionamiento de las bibliotecas y de los archivos históricos.” (Ratio Studiorum “In notitia veritatis proficere”, Roma, Secretaría generla O.F.M. para la Formación y los Estudios, 2001).

[19] La promozione degli studi nel nostro Ordine, en Acta Congressus Repraesentantium Sedum Studiorum O.F.M., Roma 1994, 70.

[20] Mensaje del Concilio a toda la Humanidad, 7 de diciembre de 1965, 4.

[21] Trad. Lit.: No desprecio la simplicidad de los frailes, pero no alabo su “asnidad”.

[22] Evangelio de Lucas 19, 39-40