Pucha Sorry

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En las primeras horas del lunes 8 de diciembre, activistas de la famosa ONG ecologista Greenpeace, que se encontraban el Lima con motivo de las reuniones del COP20, se acercaron de forma inconsulta al área protegida de las Líneas de Nazca a fin de desplegar un mensaje de llamada de atención sobre el cambio climático a los asistentes a dicha reunión.

Los integrantes de Greenpeace, sin autorización previa y sin el resguardo de los cuidados correspondientes para la preservación de este importante bien para el país, ingresaron en la zona de las Líneas de Nazca causando un daño –considerado por los expertos- irreparable al referido complejo; declarado patrimonio cultural de la humanidad en 1994 por la UNESCO.

Greenpeace desde un primer momento se mostró displicente ante la situación, aduciendo en todo momento que “tomaron los cuidados necesarios y se valieron de la asesoría de un arqueólogo”, esta actitud y las declaraciones posteriores de los miembros de la referida ONG, las cuales buscaron aminorar las pruebas contundentes sobre el grave daño perpetrado, que el Ministerio de Cultura como la Asociación María Reiche, presentaron al conocerse los hechos. Esta desidia contribuyó a incrementar el clima de indignación que se vive en el país desde conocidos los acontecimientos.

Ya del hecho noticioso, pasemos a detallar lo que puede considerarse como indignante. En un claro acto de evitar responsabilidades, Greenpeace envió una carta de disculpas al gobierno peruano por el hecho cometido pero expresando sus disculpas “por los daños morales ocasionados” y poniendo en tela de juicio el daño ocasionado a nuestro patrimonio histórico; con lo cual ofendieron aún más a la sociedad peruana. Estas mismas declaraciones las tuvo su presidente, el sudafricano Kumi Naidoo, al llegar a Lima ni bien descendió del avión. El gobierno peruano rechazó las disculpas de la ONG por considerarlas insuficientes y que no reconocían el daño ocasionado.

Lamentablemente lo que ha pasado la semana pasada con las Líneas de Nazca es una raya más en una lista interminable de atentados contra nuestro patrimonio histórico cometidos tanto por propios como por foráneos. Aquí quiero hacer memoria de dos casos, relativamente pasados, pero que a la luz de lo acontecido la semana pasada, vuelven a nuestra memoria.

En septiembre de 2000, la productora Wilson /Conroy, empresa contratada por la agencia de publicidad Walter Thompson, dañó con una grúa de grabación el reloj solar del Intihuatana ubicado en el complejo de Machu Pichhu mientras grababan un comercial para cerveza cusqueña. Las autoridades del entonces Instituto Nacional de Cultura le impusieron una sanción pecuniaria a Backus por lo sucedido. El detalle es que las autoridades de judiciales de nuestro país, recién pusieron las sanciones respectivas a los responsables, CINCO años después de lo sucedido. Así como lo lee, CINCO años.

Luego. Cuatro años después de lo sucedido con el Intihuatana, en la noche vieja de 2004, dos grafiteros chilenos realizaron una serie de grafitis en muros incas en la plaza de armas del Cusco, e inclusive la policía en aquel entonces no descartó la responsabilidad de ambas personas en un grafiti hecho contra la piedra de los doce ángulos. En esta oportunidad, la policía reaccionó inmediatamente porque encontró a ambos desadaptados en flagrante delito con lo cual fueron judicializados inmediatamente. Este hecho ocasionó tensiones entre Lima y Santiago, debido a que Chile consideró el trato a sus connacionales como injusto y discriminatorio. Finalmente, en abril de 2005, se procedió a su expulsión del país.

A los hechos acontecidos, debemos sumar el abandono en el que se encuentran las huacas a merced de invasiones urbanas; las cuales son a consecuencia de la falta una planificación sostenida para ciudades que van camino a grandes explosiones demográficas a consecuencia del avance que ha vivido la economía nacional en los últimos años; como del abandono a nuestro patrimonio histórico desde hace varias décadas.

Retomando el tema de Greenpeace. El manejo hecho por el Ministerio de Cultura sobre este tema ha sido deplorable y poco coordinado con las autoridades judiciales. La titular del sector, Diana Álvarez-Calderón constantemente “avisaba” a los eventuales denunciados que iba a llevar el caso hasta la vía judicial, con lo cual los puso en sobre aviso, y muchos de los responsables abandonaron el país para no afrontar su responsabilidad civil e inclusive penal.

También debemos añadir el argumento esgrimido por el Poder Judicial –no contaban con dirección física en el Perú, por lo cual no era posible enviarles una notificación- para desestimar el pedido de detención e impedimento de salida del país para los miembros de Greenpeace que participaron de los hechos acontecidos en Nazca. Respuesta lamentable, pero que en cierta medida se debió a la tardía acción del Ministerio de Cultura para entablar la demanda y la impericia con la que este sector manejó el tema.

Lo que puedo decir, es que a quedado nuevamente demostrado que a los peruanos necesitamos que nos peguen para reaccionar y tomar acción para defender nuestro legado.

Atentados contra nuestro patrimonio cultural han venido ocurriendo los últimos años. Cuando sucede algo –como lo ocurrido en las Líneas de Nazca- decimos que vamos a tomar acciones correctivas para parar estos atropellos, pero no aprendemos; nos quedamos en las intenciones y los daños contra nuestro patrimonio no cesan.

El Ministerio de Cultura debe tener más cuidado para el cuidado de los bienes muebles e inmuebles nacionales que son nuestra herencia para las próximas generaciones. Sino reaccionamos de una vez, escucharemos a alguna otra ONG, desadaptado o ente gubernamental decir pucha sorry cuando dañen irremediablemente Machu Picchu, Torre Torre u otro monumento histórico.