Punto de quiebre, por Fabrizio Anchorena

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Nació en un pueblo al centro-norte del Perú sobre 3 000 msnm, creció en las calles de Ancash y se formó en las aulas de la Universidad de San Francisco y luego en la de Stanford, regresó al Perú vistiendo un clásico bluyín – casi desteñido- para recorrer cada rincón del Perú a través  de las tortuosas e intransitables carreteras en el insuperable Cholo Bus. Era el autodenominado “Cholo Santo y Sagrado”. El perfil era el reflejo de gran parte del ciudadano peruano: hombre honesto, trabajador y emprendedor, que pese a las vicisitudes de la vida logró salir adelante con el sueño de ser el mejor. Más de un peruano, ya sea por el discurso, el bluyín o la experiencia de vida se sintió identificado con el Cholo Santo y Sagrado, Alejandro Toledo. Cuajaba perfecto.

Al iniciar este siglo, entendimos que no solo elegiríamos a quien nos gobernaría durante los próximos cinco años, las elecciones generales de aquella época representaban un trasfondo: elegir a nuestro primer Presidente en democracia. Terminábamos un régimen de opresión, violación de derechos y deslegitimidad de todas las instituciones (ni qué decir de las autoridades), por ende necesitábamos a quien personificase las políticas contrarias a las instauradas en el Gobierno de Alberto Fujimori, a la esperanza y al  peruano pujante que señalé en el párrafo anterior. Toledo –queramos o no- fue una mixtura de todo ello y la ciudadanía, a través del voto popular, lo llevó a vestir la máxima Magistratura del país.

La máxima Magistratura del país es ello, la MÁXIMA. Institución a la que gran mayoría de nosotros aspirábamos a alcanzar por satisfacción colectiva, por hacer de lo malo, bueno y de lo bueno, mejor; en esencia personificar a la Nación y todo lo que ella significa.

Lo sucedido con Alejandro Toledo no es un traspié personal, es una caída profunda social que afecta al Perú a lo largo y ancho de nuestro territorio nacional, desde al pequeño peruano hasta al más grande. Nos golpea a todos, a algunos con mayor intensidad, a otros no tanto, pero al final del día nos termina golpeando. Las parodias o mofas que últimamente andan circulando en programas televisivos o redes sociales presionan la herida. Recordemos que Toledo era una mixtura –sobre todo de enfático discurso- que lo acercaba a ser el primer Presidente elegido en democracia, marcaba un antes y un después, representaba una nueva etapa.

Antes solíamos decir que el Perú encontró la primavera en la democracia, que en cada quinquenio renovamos nuestra fe en ella y que en esta última elección elegiríamos a nuestro cuarto Presidente bajo este sistema, siguiendo el sendero correcto (tomando como ejemplo el caso chileno), añadíamos a ello tener a nuestros expresidente vivos –elegidos bajo este sistema –, pero nos olvidamos que una cosa es tenerlos vivos y otra es mantenerlos con aliento.