Puras impurezas, por Gonzalo Ramírez de la Torre

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En política, si una persona que aspira a una porción de poder no se empeña por hacer uso provechoso de los tropiezos de sus rivales, lo más seguro es que alcance la irrelevancia con triste rapidez. Así, la gran mayoría de aspirantes a cargo público responden con presteza ante las noticias que ponen en apuros a sus compañeros (o excompañeros) de competencia, buscando extraer petróleo de  la más mínima circunstancia.

Con esto en mente, por estos días, con el desprestigio que asola al gobierno de Kuczynski ante los ojos de ciertos grupos de la ciudadanía (ya sea por sus vínculos con Odebrecht, por su desempeño en el proceso de vacancia o por el indulto a Fujimori), muchos políticos han querido valerse de una rebanada de controversia para ganarse las miradas de potenciales electores. La intención ha sido clara, han buscado presentarse como los puros en un océano de impurezas, como la medicina que ha estado ante nuestros ojos y que por mucho tiempo ignoramos solo para, de pronto, reparar en sus cualidades curativas.

Pero resultaría mezquino que, sensibles por al coyuntura, nos dejemos engatusar por propuestas que no hace mucho demostraron estar plagadas de sus propias falencias. Sí, un argumento se podría armar en torno a la gravedad de los defectos presentados por ciertos personajes, pero sin duda conviene tenerlos presentes para poder definir si aquello que hoy nos buscan vender es consecuente con lo que nos ofrecieron ayer.

Así aparece Alfredo Barnechea, por ejemplo. Oculto debajo de una piedra por casi todo lo que va del gobierno de Kuczynski, el accionpopulista reapareció en un video en Facebook para mostrarse en contra del indulto a Alberto Fujimori. Más allá de las opiniones que se pueda tener sobre lo que dijo, queda claro que su principal objetivo era recordarle a los peruanos que él es una opción en el 2021. La actitud de sus adláteres ante este mensaje, por otro lado, deja en evidencia que buscan capitalizar la aparente asepsia del señor frente a sus rivales.

Pero basta con recordar la campaña electoral del 2016 para darnos cuenta que Barnechea, aunque quizá exento de las manchas de la corrupción, difícilmente se acerca a ser la alternativa presidencial ideal. El plan de gobierno que respaldó su candidatura, por ejemplo, era un documento de 34 páginas, plagado de lugares comunes, que parecía haber nacido en la servilleta de un restaurante. Y lo peor del caso es que el candidato deslindó del mismo y se limitó a decir que su aporte solo estaba en la introducción. Una tamaña irresponsabilidad, ciertamente, y un acto de majadería que sugiere que el caballero de Acción Popular confía en que el electorado peruano se come cualquier adefesio.

Todo esto sin mencionar que lo “respalda” la ideología ambigua y amorfa de Acción Popular, tan vaga de por sí que acoge en un solo partido a Mesías Guevara, Yhony Lescano y a Vitocho.

Así también tenemos a Verónika Mendoza. La lideresa del partido de izquierda Nuevo Perú también se ha preocupado por hacer acto de presencia frente a toda la polémica de los últimos días. Ella y su partido, sin embargo, empezaron su despliegue de auto-atribuida pulcritud desde mucho antes.

Ante los casos de corrupción, por ejemplo, desde Nuevo Perú se han empeñado en culpar al modelo económico por el caso Odebrecht, sugiriendo tácitamente que su propuesta entraña, de esa manera, la solución a la corrupción. Ignoran (adrede, seguramente) que el mismo escándalo criminal se ha desenvuelto en países donde el “modelo” se aproxima más al socialista que ellos promueven. Sucedió en Brasil (cuna del caso Odebrecht) e incluso se ha visto en Ecuador, con el arresto de altos funcionarios del gobierno. Y ni hablemos de la corrupción venezolana, la Meca del socialismo del siglo XXI.

En el caso de Mendoza, no solo la perjudican los antecedentes nefastos que su programa político ha tenido en otros países. La señora también ha sido muy rápida para tildar de “errores” los crímenes cometidos por los Castro en Cuba (que incluyen matanzas de homosexuales y campos de trabajo forzoso) y, ya de forma famosa, se ha mostrado muy suave a la hora de hablar de la dictadura venezolana. Y súmele a esto el conveniente “desconocimiento” que acusa alrededor de los cuestionamientos al Partido Nacionalista, en la época que era cercana a los Humala.

Así las cosas, queda clarísimo que hay que ser especialmente cuidadosos cuando hoy, cuando todo se nota impuro, algunos se quieren mostrar como los amos de la impureza. Solo hemos mencionado a dos pero cabría hablar de otros, como Julio Guzmán (que propuso “cambio” lanzándose con un vientre de alquiler que, para colmo, tenía vicios en su inscripción) o como Marco Arana (que mostró, en estas últimas semanas, muchas ganas por hacerle el juego a la matonería fujimorista).

Solo queda decir: piense bien, compatriota.

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