¿Qué esperar de la visita de Francisco?, por Mario Arroyo

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Hace unos años, en México, cierto periodista escribía, desencantado, sus recuerdos de una visita papal al país, en este caso de Juan Pablo II. Rememoraba que él también se había emocionado, que él también había gritado y  había vivido intensamente la visita cuando era joven y participaba en las actividades de una parroquia. Pero pasaron los años y a esa visión ingenua siguió otra perspectiva más “madura”, y por eso mismo desencantada. La fe y el entusiasmo fueron desplazados por la “objetividad” y el escepticismo. En efecto, él  pensaba que la visita papal iba a cambiar las cosas, y lo único que cambió con el tiempo y los desengaños fue su fe, pues la corrupción, la pobreza, la violencia y tantas cosas siguieron ahí; lo único que desapareció fue su entusiasmo, y con él se fue también su fe.

Esta “anti-anécdota” puede sernos, sin embargo, de mucha utilidad para aprovechar la visita de Francisco al Perú, de forma que la vivamos bien, y no de la forma equivocada. En efecto, ¿cuál fue el error del mentado periodista? Vivir de modo equivocado la visita de Juan Pablo II y esperar de ella lo que no podía dar. La visita del Papa a un país no cambia al país como por arte de magia. Lo esencial de la visita no son las emociones, en las que dicho periodista cifraba su fe, sino la conversión de corazón. Es la suma de las conversiones personales e íntimas la que puede cambiar algo en el país. Es decir, si cambio yo, mejora mi familia, y si muchas familias mejoran, lo hará también la sociedad. Pero no nos engañemos, la visita de Francisco no hará que de un día para otro desaparezca la corrupción del país, no nos volverá ángeles.

Ahora bien, si lo esencial de la visita del Papa no es el emotivismo superficial y vacío, si no va resolver por decreto los problemas del país, ¿qué podemos esperar de ella?, ¿para qué sirve?, ¿por qué celebrar por todo lo alto el evento? En el caso del Perú, por lo menos por dos motivos claros. Uno es el que nos recuerda nuestra identidad, el ADN religioso de la cultura peruana. En efecto, la fe está en el corazón de la cultura, en el origen de nuestra identidad. Qué el Papa venga a vernos nos recuerda nuestras tradiciones, nuestra historia, nuestra cultura, el alma de un pueblo, haciendo ver a su vez que ella es importante para la Iglesia universal. En segundo lugar porque es un evento de fe, pero ¡atención!, de fe no quiere decir emoción o sentimiento, o por lo menos, no solo ni principalmente emoción o sentimiento. En Francisco vemos al Papa, en el Papa vemos a Pedro, y en Pedro descubrimos a Cristo y su voluntad de fundar una Iglesia para salvar a los hombres, redescubrimos desde la fe nuestra aspiración a la eternidad.

Paro a la “anti-anécdota” debe seguir la anécdota, que muestra el modo correcto de vivir la visita como evento de fe e invitación a la conversión personal; es decir, no esperar “que las cosas cambien”, sino cambiar yo personalmente para que mejoren las cosas. Cierto joven arquitecto volvía de una fiesta en el lejano 1997. Al llegar tarde a casa se encontró, sorprendido, con que su madre estaba viendo la televisión. “¿Qué ves?”, le preguntó. “Al Papa Juan Pablo II en la Jornada Mundial de la Juventud, en París”, replicó. Se sentó para acompañarla, picado por la curiosidad, y eso cambió su vida. “Si algún joven escucha ahora el llamado de Cristo, que no lo dude, y que le siga”, dijo más o menos el Papa en esa ocasión. Y el joven arquitecto se sintió interpelado, abandonó su profesión, entró en el seminario y hoy es un flamante párroco.

Otra historia, más reciente y de Francisco. Acaba de suceder en Colombia. Una mujer, atacada en 2001 salvajemente por su pareja, que derramó ácido en su rostro, esperaba la eutanasia. Tenía cita con el “médico” para el 29 de septiembre, pero tuvo la fortuna de que el Papa fue a su país unas semanas antes, pudo verlo. “Santo Padre, me voy a aplicar la eutanasia”. Francisco la abrazó, le dijo “no te vas a hacer eso, eres muy valiente y muy linda”. Consuelo del Socorro Córdova (que así se llamaba) cambió entonces de opinión: “ahora sí quiero vivir y necesito que el mundo entero lo sepa”. ¿Qué podemos esperar de la visita de Francisco entonces? Un cúmulo de microrrelatos como este, que todos juntos hacen un maravilloso mosaico de fe y de amor. ¿Para qué viene entonces Francisco? No para exacerbar nuestras emociones, no para resolver los problemas del país, no para que lo miremos a él, sino para que miremos a Jesús y en Él descubramos la fuerza que nos invita a la conversión. Solo esa suma de conversiones mejorará nuestra sociedad.

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