¿Qué fue de la Unión Soviética?

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En aquel 9 de noviembre de 1989 yo estaba en Valladolid. Sí, es cierto, había vivido muchos años en Alemania, pero un año antes había vuelto a España. Para ese fin de semana, un amigo nos había invitado a su casa en Valladolid y esa tarde, después de caminar por el centro de la ciudad, volvíamos a su casa. Uno entró un momento en una cafetería, salió y me dijo:

-Enrique, han abierto el muro de Berlín-.

-Siempre ha estado abierto -repliqué -Hay unos pasos por los que se puede cruzar-.

-No, no, que lo han abierto del todo. La gente está bailando encima-.

Así empezó todo. Al año siguiente Alemania volvía a constituirse como un solo Estado; un año más y la Unión Soviética desapareció del mapa; se desmembró. Ahora dicen que Putin añora a aquella Unión Soviética. Y quizá compensa, ante su presencia crecida en la arena internacional, repasar en qué ha quedado aquel mundo y comprender mejor esa nostalgia, que -desde luego- no justifica invasiones ni actuaciones dudosas en el interior.

Se puede ir repasando los diferentes ámbitos geopolíticos en que se sitúan los diferentes Estados en que se desmembró la Unión Soviética:

Están, en primer lugar, los tres ‘Estados Bálticos’ (Estonia, Lituania y Letonia), los primeros en conseguir la independencia. En realidad, ya fueron Estados hasta que, tras la segunda guerra mundial, quedaron anexionadas a la Unión Soviética. Años antes -en 1940- la Unión Soviética había creado hechos consumados invadiendo estos Estados. En 1990, Lituania proclamó su independencia y, desde entonces, han ido evolucionando serenamente y sin fandos sobresaltos en democracia y progreso económico. Son miembros de la Unión Europea y Lituania, incluso, de la Eurozona. Han contado desde el inicio con el apoyo de los países escandinavos (sobre todo Suecia y Finlandia), que los consideran próximos a ellos. Son quizá menos uniformes de lo que parecen: nos hemos acostumbrado a citarlos siempre juntitos a los tres y olvidamos que, por ejemplo, Letonia y Estonia son mayoritariamente protestantes (aunque hoy muy secularizados) y en cambio Lituania, católica, y además, con una tradición importante de participación católica en la disidencia contra el comunismo (la Colina de las Cruces, cerca de Vilnius, es el símbolo de esta resistencia, símbolo al que el Papa Juan Pablo II rindió expreso homenaje). En cambio, en el ámbito de la lengua, el letón y el lituano están emparentados, son las dos únicas lenguas sobrevivientes de la familia de las lenguas bálticas y -en cambio- el estonio está emparentado con el finés (hasta el extremo de entenderse mutuamente) y también con el húngaro (aunque aquí la comprensión ya es muy difícil).

De los tres países es quizá Lituania el que, sin grandes aspavientos, ha evolucionado con magnitudes más impresionantes: su sistema educativo goza de la consideración de excelente. El 99.6% de sus casi tres millones y medio de habitantes está alfabetizado (con lo que es el quinto país del mundo en tasa de alfabetización) con un 93% de población con estudios de secundaria o universitarios y muy buenos indicadores en libertad de prensa o percepción de corrupción. Supera ya a Portugal y Grecia en cuanto a renta pér cápita y en una década podría haber superado a todos los países del sur de Europa. ¿Hay algún problema en este país que parece un modelo a imitar? Sí, la demografía es regresiva: nacen tan pocos niños que la población se torna regresiva.

Estonia también proclamó su independencia en 1990, pero no fue aceptada por la Unión Soviética, tras un tenso ‘tira y afloja’ hasta 1991. Con un millón trescientos mil habitantes apostó muy consecuentemente por las nuevas tecnologías y es hoy el país número uno en Europa en penetración de internet y telefonía móvil. Su economía ha conocido altísimas tasas de crecimiento. ¿Algún problema en este otro cuasi-paraíso? Como Lituania, su población es regresiva: hay tan pocos niños que no se garantiza el recambio generacional. Además, un foco permanente de tensión es la presencia de una población rusa en su territorio, que puede abarcar a un 25% de la población, y exige una política de diálogo y consenso, también bajo la presión de la vecindad con Rusia.