¡Que mis padres me eduquen!, por Alfredo Gildemeister

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Cuando era niño, mi madre nos inculcaba cultura a mis hermanos y a mí, de una manera muy peculiar. En casa, mi abuela solía tocar a diario el piano diversas piezas de ópera, zarzuelas, operetas y de algunos compositores clásicos, por lo que la música era algo cotidiano que se escuchaba en casa todos los días como el aire que uno respira a diario. De otro lado, mi madre que comenzó a estudiar pintura con Germán Suarez Vértiz desde que me esperaba a mí, era asidua oyente de “Radio Selecta” mientras pintaba -creo que por allí heredé mi afición a la pintura y a la música-. Por ello, se conocía la música clásica de arriba abajo. Recuerdo que tenía un cuaderno, cual agenda de teléfonos, en donde tenía anotados los nombres y apellidos de la gran mayoría de compositores famosos de música clásica, por orden alfabético, y cada vez que escuchaba por la radio una composición que no conocía, la anotaba en la página del compositor correspondiente. Nosotros éramos tres hermanos por lo que a mi madre no se le ocurrió mejor idea que hacernos a cada uno un cuaderno de música similar al suyo, en donde anotáramos a medida que íbamos escuchando y conociendo una composición, la pieza escuchada y el nombre del compositor. Fue así como con el transcurso de los meses y de los años, poco a poco fui conociendo las principales composiciones de la música clásica. Pasado un tiempo, mi madre nos ponía a ciegas un disco de música clásica a la mitad, diciéndonos que adivináramos de qué pieza se trataba y de qué compositor. Pues, aunque parezca mentira, luego de escuchar la música unos segundos ¡adivinábamos! Ganaba el que acertaba primero: segundo movimiento de la sexta sinfonía de Beethoven, “Pastoral”; o tercer movimiento del concierto No. 20 de Mozart para piano y orquesta, conocido como “La Llave”, etc. De esa manera, nos volvimos unos expertos en música clásica. Hoy cuando escucho radio “Filarmonía” por lo general no demoro en adivinar el compositor y la pieza que tocan en la radio.

Un buen día, mi madre apareció cargando grandes rumas de la revista “Vanidades” que solía comprar. Fue arrancando cuidadosamente una de las páginas centrales en donde aparecía siempre una imagen a colores de un cuadro famoso. Cuando tuvo decenas de páginas con cuadros famosos, no se le ocurrió mejor idea que preparar cola en la cocina, en una ollita, y subir a mi habitación con dicha olla. Asombrado, vi como en una tarde, empapeló las cuatro paredes de mi habitación con las páginas de cuadros famosos, desde el suelo hasta el techo. La verdad que no quedó mal. Pero todas las noches, cuando me echaba en mi cama para dormir, no podía evitar sentir la profunda mirada de la Gioconda, mirándome y sonriendo cínicamente mientras yo intentaba dormir. No era fácil. Sentía que muchos ojos me miraban: algunos autorretratos de Van Gogh, Durero, Cezanne; “Los jugadores de cartas” de Cezanne no dejaban de jugar y, por otro lado, sentía a las gorditas de Rubens (“Las Tres Gracias”) así como a las bailarinas de Degas, haciendo ronda y bailando a mi alrededor; o veía a los retratos alargados de El Greco o de Modigliani estirando el cuello para mirarme; o las imágenes surrealistas de Dalí o de Chagal volando a mi alrededor; o alguna de las mujeres de Picasso con un ojo chueco y la nariz de perfil sonriendo locamente. Si me volteaba para mi izquierda me encontraba con las nativas de Gauguin que me hacían ojitos coquetonamente y a las bailarinas de Toulouse Lautrec ¡bailando can-can en mis narices!; si me volteaba para la derecha, me daba con un retrato de Rembrandt o con su “Clase de anatomía”. ¡No tenía salvación! La pintura me entraba hasta por los poros. Una noche tuve una espantosa pesadilla y sentí ¡como las láminas se despegaban de la pared y las imágenes se bajaban e iban hacia mi cama! Así fue como finalmente me acostumbre a dormir con todos los grandes pintores… y a conversar incluso con ellos.

Por el lado de mi padre, todos los sábados por la tarde acostumbrábamos a escenificar grandes batallas con nuestra hermosa colección de soldados, tanques, caballería, etc. Mientras jugábamos con los soldados a cañonazo limpio, nos iba instruyendo sobre las grandes batallas de la historia universal, dependiendo si jugábamos con soldados griegos y romanos, casacas azules y rojas, edad media, soldados modernos ingleses, alemanes o norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial, etc. Eran auténticas clases de historia universal en donde aprendía de manera entretenida nombres de generales y de batallas -mientras nos silbaba himnos famosos-, fortalezas inexpugnables y asedios famosos. Luego mi padre se ponía a armar y pintar aviones de la Primera y Segunda guerra mundial, con lo que la clase era completa.

He contado estos dos ejemplos para que se vea como la educación comienza por casa y en familia. La familia es la mejor y verdadera escuela de aprendizaje y formación, no solo en los que a conocimientos se refiere sino especialmente, en cuanto a valores fundamentales. En mi casa lo pasábamos de lo mas bien. Tanto mi padre como mi madre eran grandes lectores, por lo que siempre había un libro en sus mesas de noche y nos lo comentaban a mis hermanos y a mi o nos leían en voz alta las mejores partes. Lo mismo con la formación religiosa. En mi casa se conversaba mucho, cosa que hoy no se hace. Desde pequeños nos formaron en los fundamentos y doctrina de la fe católica y en mi caso desde la adolescencia leía las obras de san Agustín y santa Teresa de Ávila o Tomás de Kempis o las obras de los grandes filósofos como Platón, Aristóteles y tantos otros, discutiendo temas trascendentales en familia como la existencia de Dios o el sentido de la vida o la supremacía del alma. En fin, fue mucho lo que aprendí y comprendí en familia. De allí que hoy que el Estado quiere intervenir y convertirse en “educador” imponiendo una forma determinada de educación, queriendo imponer la nefasta “ideología de género”, no debe olvidar su rol subsidiario puesto que antes que el Estado, son los padres de familia los que tienen primero el derecho a decidir cómo educar mejor a sus hijos y hacerlo como mejor les parezca. Nadie les puede quitar este derecho. Por ello vaya mi agradecimiento a mis padres por la educación y formación que nos impartieron a mis hermanos y a mí. Estoy seguro que sin sus consejos, ilustraciones, narraciones, cuadernos de música, mapas y láminas de pinturas pegados en las paredes de mi habitación -además de la fe que nos transmitieron- mi vida hubiera sido muy diferente.

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