¿Qué necesita el Perú en estos momentos?, por Raúl Bravo Sender

«Los gobernantes deben dar señales de seguridad y estabilidad, y no estar azuzando a la población ni generándole falsas expectativas. Es moralmente inaceptable jugar con la necesidad de la gente».

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El Perú necesita reencontrarse consigo mismo y retomar la senda que venía recorriendo desde hace ya unos años y que le ha permitido no sólo crecer económicamente en cifras, sino fundamental y significativamente ir reduciendo progresivamente la pobreza, permitiendo que miles y millones de peruanos mejoren sus condiciones de vida.

Desafortunadamente durante estos siete últimos meses lo que se ha generado es un desgobierno que ha ahuyentado en gran medida a la inversión privada, ha desacelerado el crecimiento económico, con el consecuente retroceso en cuanto a la pobreza se refiere, pues millones de peruanos han retornado a ese segmento de la sociedad.

Sumado a la inseguridad ciudadana y a la incertidumbre que se respiran en la atmósfera, los peruanos no sabemos hacia dónde va nuestro país. Muchos sectores radicales juegan a sembrar zozobra y a polarizar a la sociedad, dividiendo a los peruanos sin razón alguna, bajo la mentira de que el rico lo es a costa del pobre.

La frustración y la impotencia que acumularon los segmentos más golpeados por la emergencia del covid-19 durante el primer año de pandemia fueron capitalizadas por dichos sectores radicales para decir las cosas –a manera de placebo- que los menos favorecidos querían escuchar, echándoles la culpa de la crisis al capitalismo y a la derecha.

Lo cierto es que los verdaderos responsables de ello fueron quienes administraron y gestionaron nefastamente la cosa pública en ese para el olvido 2020, cuando cerraron el mercado y mandaron innecesariamente a todos a su casa. Allanaron el camino creando las condiciones y el caldo de cultivo para acelerar las contradicciones.

El electorado peruano, con la moral por los suelos, impotente y frustrado, por enésima vez se ilusionó con la figura del mesías y caudillo populista. Y a un sector light de la izquierda, irresponsablemente le ganó su encono que mantiene con la que era la otra alternativa, plegando un voto, antes que racional, sólo por darle la contra.

Hay que decirle con nombre propio: la izquierda –tanto la caviar capitalina como la radical provinciana- es la responsable de que el Perú se encuentre en la presente crisis, la que está hundiendo a todos los peruanos. ¿A qué juega la izquierda? ¿A crear más pobres para así justificar su accionar político, lavándose las manos y echándoles la culpa a sus adversarios?

Claro que son legítimas las demandas sociales que exigen mayores y mejores oportunidades. Pero para lograr que millones de peruanos salgan de la pobreza no hay que dividirlos sino integrarlos. Nuestros compatriotas sólo quieren salir adelante con el producto de su esfuerzo y su trabajo, pues no quieren mendigarle nada a nadie, ni menos al Estado.

Es necesario recobrar la fe en el mercado. Éste es el mejor escenario para asignar eficientemente los escasos recursos. Se trata de un escenario de interacción de todos los agentes económicos que, ofertando o demandando bienes y servicios, se reparten la riqueza de manera justa. La función del Estado se limita a garantizar dicho orden mediante instituciones legales.

El error consiste en alimentar las expectativas sobre que el Estado nos solucionará la vida, y más aún en las campañas electorales. Luego vienen las decepciones por parte de la ciudadanía que confió en quienes prometieron cosas imposibles. Desafortunadamente la gestión pública de todos los niveles de gobierno ha caído presa de la corrupción.

La causante de esta crisis es la incapacidad de quienes conducen al Estado. A pesar que este cuenta con suficientes recursos, quienes lo administran no son capaces de gestionarlos eficientemente. Y los políticos demagogos, acostumbrados a vivir del presupuesto público, se lavan las manos y le echan la culpa a las empresas privadas.

Los gobernantes deben dar señales de seguridad y estabilidad, y no estar azuzando a la población ni generándole falsas expectativas. Es moralmente inaceptable jugar con la necesidad de la gente. El estado de derecho y la democracia dependerán de su vigilancia por parte de la sociedad civil.

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