Que no quede títere con cabeza, por Eduardo Herrera

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Agregado a la práctica habitual de masacrar errores hasta la fulminación, la conducta constante de descabezar personas parece señalarnos la obviedad: no hay nadie perfecto, todos somos humanos y proclives a debilidades, éxitos, aspectos positivos o negativos -según se vea- en nuestra trayectoria (o prontuario).

Se formó hace pocos días una comisión para la reforma política a nivel gubernamental y, claro, en aquel despiadado twitter, que ya se asemeja demasiado al tráfico limeño por su agresividad, pretendieron descabezar a la cabeza de los notables. Perdón, es que desde el término empezó mal.

No voy a defender la nominación, tampoco a atacarla, lo que pretendo es señalar la potestad maniquea que nos lleva fervorosamente a la búsqueda de colarnos convenientemente en el lado de la “bondad” que, como todo y a la luz de los hechos, es bastante relativa. Llama la atención, por cierto, que el pretendido descabezamiento inunde las redes sociales en todas las épocas del año. Lo único necesario es lanzar un nombre al estrellado y el resultado lo tendremos de inmediato. Incluso, como para rallar con nuestro espíritu compasivo católico, en diciembre, cuando también -no casualmente- en twitter se pone en tela de juicio, con al parecer serios estudios científicos, la existencia del Jesús histórico.

¿Es que acaso hemos perdido la capacidad de cuestionar el hecho y no a la persona? Esto se aprecia de igual modo en el momento que propalamos alguna opinión altisonante o contracorriente. No, la consigna es furibundamente matar al mensajero sin importar el argumento, buscando la etiqueta más descalificadora posible, siempre personal, siempre a la vena.

Los plagios, presuntos o verdaderos, no se dejan esperar. No faltó el desavisado que sugirió un cuestionamiento jurídico para sostener que un fiscal debía de ser apartado de un caso por haber plagiado su tesis de Magíster.

En fin, la posición que defiendo no presupone aval de complicidad, sino más la práctica del equilibrio y la distancia en la calificación: cualitativamente, no es lo mismo pasarse una luz roja que ser un asesino serial. Supone también fe en la capacidad de enmienda de las personas y de falibilidad, alejando acaso la terca persistencia nacional en la pontificación. Porque hablando de salvadores y cómo va la cosa, parece que cada quien baila con su propio pañuelo.

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