¡Qué tal raza!, por Josef Zielinski

249

Día de la raza, descubrimiento de América, encuentro de dos mundos, hay diversas formas de denominar al 12 de octubre. Lo cierto es que desde la llegada de Colón a estas tierras ya hace 524 años se comenzó a configurar algo completamente nuevo y muy singular en lo que actualmente conocemos como América Latina. Nadie niega que este proceso estuvo marcado por la violencia y la segregación, principalmente en su primera etapa. Tampoco el que hombres como Hernán Cortes, Francisco Pizarro o Diego De Almagro hayan tenido como principal finalidad hacer fortuna por encima de todo, justificando cualquier acción con tal de lograr este cometido, así como tampoco la masiva muerte de indios consecuencia principalmente de enfermedades traídas por los europeos. Sin embargo, nosotros los latinoamericanos somos fruto de este encuentro que fue similar al de un parto. Con mucho dolor y gritos durante el proceso pero que – al fin y al cabo – dieron pie al nacimiento de algo completamente nuevo.

En el caso específico del Perú, y parafraseando al gran Víctor Andrés Belaunde lo que nació después de este proceso no puede ser calificado como simplemente español o simplemente indígena. Es algo completamente nuevo donde se encuentra la esencia de la peruanidad. El Perú es entonces esa síntesis de los diversos pueblos que de alguna u otra forma llegaron a este territorio (españoles, negros, italianos, chinos y un largo etc.) dejando su aporte cultural el cual se unió con lo autóctono, dando como resultado nuestra vasta y riquísima cultura. En otras palabras, no obstante lo complejo y violento del proceso, nuestro presente es resultado de nuestro pasado.

Por eso no deja de llamarme poderosamente la atención como guías turísticos en el Cuzco – muchos de ellos con españolísimos apellidos – lancen permanentemente discursos llenos de odio y resentimiento hacia sus propios antepasados cuando recorren junto a turistas de todo el mundo – muchos de ellos por cierto españoles – los maravillosos monumentos históricos de la ciudad (ciudad hermosa que por cierto es mestiza y no completamente incaica. Tal vez ahí radica su magia, justamente en el combinar de manera muy armoniosa el legado de estas dos culturas).

Tampoco deja de llamarme la atención como por estos días es tan común ver una serie de comentarios en redes sociales sobre lo negativo de la llegada de Colón a estas tierras, sobre los abusos de los españoles o sobre el saqueo de nuestras riquezas, pero no se percatan estas personas que sus diatribas las lanzan en el idioma de Cervantes y son poseedores de españolísimos apellidos y – lo peor de todo – no se dan cuenta que esas diatribas las lanzan finalmente contra aquello que en el fondo son, pero que probablemente no quieren aceptar. Y es que los latinoamericanos somos – con nuestras virtudes y defectos – resultado de este encuentro. Nuestro presente se encuentra signado por este y no podremos proyectarnos de manera adecuada hacia el futuro si no nos aceptamos tal y como somos, sintiéndonos orgullosos de nuestras raíces y dejando de lado los odios y resentimientos.

Si nos concentramos tanto en renegar de nuestro pasado y le seguimos echando permanentemente la culpa de nuestros problemas ¿en qué momento vamos a afrontar los actuales retos que tenemos para lograr el desarrollo? Debemos ya dejar de lado esta bizantina discusión sobre lo mal o bien que se comportaron nuestros antepasados y sentirnos orgullosos de lo que somos. No hay otra forma de enfrentar adecuadamente el futuro. No olvidemos – citando nuevamente a Víctor Andrés Belaunde – que “El Perú (y podría decir América Latina) es un esfuerzo de unidad y debe ser la epopeya de la unidad la que debe triunfar en el espacio”.

Lucidez no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.