Quiero ser como tú, por Javier Ponce Gambirazio

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Hace poco, una tienda por departamentos difundió una imagen publicitaria por el día del padre, en la que aparecía una niña vestida con terno y una frase que rezaba: “Papá, cuando sea grande, quiero ser como tú”. La campaña inundó la ciudad de paneles y, más allá de la ternura que la niña provocaba, a nadie pareció llamarle la atención. Una niña jugando con la ropa de su padre, todo bien.

No era difícil hacer el ejercicio de pensar si hubiera sido posible lo inverso, que un niño ataviado con un glamoroso vestido de noche dijera: “Mamá, cuando sea grande, quiero ser como tú”. ¿La gente hubiera reaccionado con la misma despreocupación que cuando la niña se travestía? Porque usar la ropa del sexo al que no se pertenece es travestirse, y eso era lo que la niña estaba haciendo.

Este doble discurso lo conocen bien los chicos transexuales quienes, al igual que las chicas transexuales son rechazados por sus familias, pero en la calle no les sucede con esa ferocidad. Como si la masculinidad fuera tan deseable que no sorprendiera que una mujer quisiera convertirse en hombre. Porque así es como la gente lo ve: una mujer que admira y envidia tanto a los hombres que quiere ser como ellos. No, señores, aquí no hay envidia ni admiración. Es la identidad de género que difiere del cuerpo biológico.

La identidad de género responde a cómo uno se identifica, cómo se siente y se percibe uno por dentro, más allá de los genitales o los signos externos marcados por las hormonas. Cuando la identidad y el cuerpo biológico coinciden, nos referimos a personas cisgénero. Esta concordancia es estadísticamente tan normal que ni siquiera se conoce la palabra que la define. Como si solo merecieran ser etiquetadas aquellas personas que se salen de la curva y no calzan en el molde de la mayoría. Como para responder a ¿quién soy?, se prioriza la identidad, cuando esta es masculina y el cuerpo, femenino, hablamos de Hombres Transexuales.

Y como si la tortura de sentirse atrapado en un cuerpo que no le corresponde no fuera suficiente, en lugar de recibir comprensión, afecto y ayuda, el chico transexual debe lidiar con los padres que se preocupan por sí mismos. Temen los señalamientos, las burlas y los comentarios. Lloran a los nietos que nunca nacerán y se lamentan frente a las ilusiones rotas que él jamás alimentó.

Pero el desencanto familiar no se queda de brazos cruzados. En muchos casos estos chicos son víctimas de “violaciones correctivas” organizadas por sus hermanos o parientes bajo la premisa que “no quiere ser mujer porque no ha probado un buen hombre”. Como la estrategia fracasa, lo terminan echando a la calle.

Quizás para los hombres transexuales resulte más exitoso masculinizarse y pasar desapercibidos. Las chicas deben ocultar la dureza de los signos masculinos como los huesos anchos, el tono de voz, la altura y el tamaño de manos y pies, por nombrar solo algunos. Cualquiera pensaría que los chicos lo tienen más fácil. Sin embargo las operaciones de cambio de sexo hacia un cuerpo masculino son de una violencia indescriptible. Quirúrgicamente es más fácil quitar que poner. La transición tarda años y hace falta muchísima paciencia y dinero para que los injertos funcionen y se superen los múltiples fracasos por infecciones.

Me gusta imaginar que luego de años de persistencia, esa misma publicidad diga: “Papá, finalmente soy como tú”.

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