Reconocernos en Lima, por Ernesto Álvarez Miranda

295

En Inglaterra pocos denigran los vestigios de la civilización sajona, conquistadora de los britanos, pues las expediciones de conquista de un pueblo sobre otro eran moneda corriente hasta bien entrada la Edad Contemporánea,   por eso es razonable afirmar que solo existe Inglaterra como nación a partir de la conquista normanda sobre el pueblo sajón, pues es recién entonces cuando se desarrollan la mayoría de elementos culturales y sociales ingleses, que consolidan su identidad nacional.

El concepto de España no se explica bien si deja de reconocer su herencia árabe, fruto de la conquista berebere de tres siglos, la misma que ha dejado honda huella en lo étnico y en lo cultural. Y podemos revisar país por país, observando que los procesos de conquista que se enraizaron socialmente contribuyeron a la formación de una comunidad nacional, mientras que las conquistas efímeras también consiguen afirmar la identidad nacional de los temporalmente conquistados, pero por negación. Tal es el caso de Países Bajos con respecto al reino de Castilla. España no es la comunidad visigoda de Witiza y Rodrigo, tampoco es la sociedad de los Omeyas, sino que surge como resultado de la anexión de Aragón a la Corona de Castilla y León, con los Reyes Católicos Isabel y Fernando.

En nuestro país, no podríamos negar el alto grado de integración cultural y étnica producida a partir de la llegada de Pizarro. Podríamos incluso afirmar que existe Perú solo a partir de ese momento. Quienes trataron de sintetizar la historia peruana para consumo escolar, encontraron útil resaltar al Imperio Inca como piedra fundacional de una pretendida identidad nacional autóctona e indigenista, supuesto ideal de organización social perfectamente autosuficiente en lo económico y  autónoma en lo político, sin mentiras ni robos, con todos los habitantes trabajando felices, tal como lucían los chinos en las publicaciones de propaganda durante la Resolución Cultural de Mao.

En los últimos veinte años, esa visión idílica se ha ido derrumbando frente a la inmensa superioridad de varias comunidades pre-incas y a la constatación de la brevedad del imperio, que solo duró noventa años contados a partir de la coronación de Pachacútec, pues antes solo cabe hablar de la tribu quechua, hasta la muerte de Huayna Cápac, que marca el inicio del desmembramiento de los Suyos y la guerra civil que se resuelve con el triunfo del iquiteño Atahualpa, visceral enemigo de los quechuas, quien al llegar al Cuzco asesina a los amautas y quema las momias de los anteriores incas.

El Perú es el producto de la mezcla de razas, etnias, religiones, idiomas, costumbres y tradiciones, que provienen de la pluriculturalidad indígena y del súbdito castellano. La demarcación de nuestras regiones y provincias mucho debe a las antiguas intendencias y corregimientos. La misma estructura del poder político, encuentra también origen en la valiosa participación del mestizo en la política local y regional a través de los cacicazgos.

Mención especial merece el ámbito religioso. Los peregrinos de la Mayflower eran puritanos que entendían que solo el trabajo con sus manos los acercaba a Dios; calvinistas radicales, entendían que los indígenas no tenían por destino la Salvación, por lo que no los tomaron como sirvientes ni trataron de convertirlos a su religión, simplemente los alejaron de sus tierras. En cambio, el catolicismo de los castellanos impuso la obligación de instruir a los naturales en la Fe y a respetarlos en su dignidad, pues eran tan seres humanos como cualquier mercader de Toledo. De acuerdo a los usos del siglo XVI, en algunos aspectos los españoles fueron más duros con los holandeses que con las tribus de Sudamérica. La evidente disminución de la población indígena esta referida esencialmente a las enfermedades traídas de Europa en los galeones; sin un sistema inmunológico preparado, se convirtieron en graves epidemias.

Mucho de lo que hoy reclamamos nuestro, desde el idioma hasta los valores sobre los que consiguió evolucionar nuestra civilización, pasando por la arquitectura de nuestras ciudades y poblados, obedece a la contribución española, a la que deberíamos reevaluar serenamente, contextualizando los avatares de la conquista con las costumbres de la época.

Nuestra actual comunidad debería enfrentar sus peculiares traumas y, con el objetivo de avanzar en el necesario proceso de desarrollo y madurez colectivo, reconocer los elementos sustanciales de lo que constituye la peruanidad, y a partir de ese hecho, construir con bases sólidas una identidad nacional que a todos nos permita reconocernos e impulsarnos hacia el futuro.

No importa demasiado si hemos celebrado el 482 aniversario de Lima con valses de Chabuca Granda, las cumbias de Bareto, o bailando con el Grupo Cinco. Somos herederos de un rico e importante pasado histórico del que debemos sentirnos orgullosos, a la vez que comprometidos con mejorar la que alguna vez fue la ciudad más importante de América.

Lucidez no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.