Recuperar los aprendizajes, por Verushka Villavicencio

«Estamos en un momento clave para decidir en qué parte de la historia queremos ubicarnos. Necesitamos una reforma educativa que responda a las actuales necesidades de las niñas, niños y adolescentes con, y sin, discapacidad, que dé un paso más allá del aula y que incorpore a los gobiernos locales en su accionar...»

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A medida que se agudizó la pandemia se destapó nuestra falta de recursos para enfrentar la incertidumbre. La incertidumbre es ahora parte de nuestro día a día.

Necesitamos enseñarles a nuestros hijos que es posible vivir en escenarios de incertidumbre instalando en ellos capacidades para recuperarse y adaptarse a entorno cambiantes. Una nueva forma de acercarnos a esta problemática implicaría ser capaces de comunicarles que, aunque no sepamos cómo solucionar un problema, siempre vamos a acompañar su caminar.

Hace dos días, el Banco Mundial en alianza con el grupo Diálogo Interamericano presentó el informe “Recuperando la escolarización y los aprendizajes después de la pandemia”. Este informe recoge 12 experiencias de educación en España, Francia, Turquía, India, Etiopía, México, Colombia, República Dominicana, Uruguay, la región caribeña y Brasil. Cada una ellas, se alineó a seis tipos de programas: nivelación escolar, aceleración, tutorías, enseñanza según nivel de competencias, aprendizaje por computadora y extensión de tiempo pedagógico.

 

El común denominador de los programas fue la necesidad de integrar el apoyo socioemocional para las niñas, niños y adolescentes dentro de los aprendizajes en la escuela. Las cifras revelaron que, en dos años de alejamiento físico de la escuela, la carga emocional que no se logró canalizar hacia fines propositivos, se tradujo en ausencia de tolerancia. El estudio indica índices de violencia elevados en adolescentes dentro del aula y por tanto la necesidad de incorporar estrategias que ayuden a los docentes a trabajar las emociones y las habilidades blandas.

Pero además el estudio es una oportunidad para reflexionar sobre el rol de la escuela en la comunidad. No se trata sólo de repensar la escuela a su interior, con directores, docentes, padres y alumnos, sino que se trata de pensar la escuela como conectora con la comunidad. Y así plantear extender su rol más allá del aula, involucrando a otros actores sociales que conecten con los niños.

Se trata de pensar en un entorno que educa mediante cada persona que interactúa con los niños, pues cada persona puede enseñar desde su experiencia. Estamos planteando que la educación no es exclusiva de los docentes, así como la salud no es exclusiva de los médicos. Todos podemos educar y sanar.

 

El planteamiento para este aprendizaje para la vida es la transmisión honesta y coherente de nuestros saberes, nuestras derrotas y nuestras victorias para que aprendan las nuevas generaciones. En ese sentido, un vendedor de verduras, un panadero, un carnicero tendrían conocimiento para compartir. Se trata de un modelo educador que nacería de la transmisión de nuestra propia vida para que otros aprendan en zapatos ajenos.

La escuela no debería ser el único escenario de conocimiento para nuestros hijos. La vida no se mide por la suma de victorias sino por la cantidad de veces que decidimos levantarnos para seguir y justamente ese aprendizaje lo pueden transmitir quienes ya vivieron lo suficiente para compartir su camino.

 

Recuperar los aprendizajes implicaría también darle un espacio a los adultos mayores como transmisores de su legado no sólo para su familia sino para el resto de los ciudadanos.

Estamos en un momento clave para decidir en qué parte de la historia queremos ubicarnos. Necesitamos una reforma educativa que responda a las actuales necesidades de las niñas, niños y adolescentes con y sin discapacidad que dé un paso más allá del aula y que incorpore a los gobiernos locales en su accionar. Necesitamos políticas transversales para la educación, salud y empleo que integre a los sectores y articule soluciones territoriales.

 

El tiempo es ahora.