Rembrandt y Goya: La Aspiración y El Desengaño en el Arte

837

Es muy fácil entablar una comparación entre los artistas Rembrandt y Goya. A pesar de que ambos artistas pintaron en épocas muy distintas, (Barroco y Romántico) su arte se rige bajo un mismo criterio: Los dos tuvieron aspiraciones a alcanzar un cierto prestigio y estatus (de acuerdo a sus respectivos contextos) que pronto, al darse cuenta que no era eso lo que en realidad querían, las abandonarían por encarar preocupaciones y demonios propios; Serían víctimas de la aspiración y el Desengaño.

Por un lado, tenemos a un Rembrandt que pronto alcanzó el poder y el éxito en una Ámsterdam del siglo XVII, en la cual, al ser una ciudad portuaria en auge, los bienes, el dinero y el arte entraban con facilidad. En una de sus primeras obras, “El estudio del Joven Pintor”, podemos ver que Rembrandt ya aspira a éste mencionado éxito al autorretratarse como un pintor reconocido y de alto estatus social. Aunque Rembrandt se pinta en un cuarto sucio y pequeño, el potente resplandor que parece venir del cuadro en el que el joven pintor está trabajando sugiere el nacimiento de un artista en lo más recóndito de la ciudad, dispuesto a superar cualquier expectativa de la exigente élite neerlandesa.

La racha de trabajos que le dan la fama a Rembrandt empieza poco tiempo después. Una serie de retratos colectivos (muy populares en Ámsterdam de la época) como “La Guardia de Noche”, darían no solo mucho reconocimiento al artista, sino también un reconocimiento similar a los ciudadanos más ostentosos (Tener un retrato era un lujo en la época, sólo los que contaban con grandes sumas de dinero podían darse el lujo de gastarlo en uno. Aun así, mucha gente gastaba lo poco que tenía en un retrato sólo por el reconocimiento social que éste les podría traer). Así, las cosas para Rembrandt estuvieron muy bien. Tenía dinero, familia, y una gran casa en el centro. Nada aparentaba andar mal, y nunca hubiera esperado que pronto estaría en la calle sin más que un viejo espejo, al cual daría mucho uso en el futuro como instrumento para una introspección sin precedente (usándolo para autorretratarse), y que llevaría al viejo artista a encararse con sus más ásperos demonios.

Rechazado por una nueva y joven burguesía, Rembrandt se queda en la calle. Sus cuadros empiezan a tener una pincelada más suelta, a alcanzar un nivel expresivo superior y, principalmente, a pertenecer a nadie más que a él mismo. Sintiéndose engañado por la burguesía a la que una vez aspiró, Rembrandt se encargaría en los años siguiente a estrechar la relación con lo que hacían sus contemporáneos para sentar las bases de un arte expresivo, moderno. Rembrandt alcanza su madurez creativa con su último autorretrato: De una pincelada más suelta que nunca, al borde del inacabado, sin desgano, y con mucho resentimiento nace una mirada tierna, directa, abrumadora y decepcionada de la élite de la que una vez quiso ser parte. El artista por fin había sido desengañado, como sería Goya en España alrededor de cien años después.

De las varias etapas de Goya, es el Goya surrealista y oscuro (aquel que controlaba su locura con la pintura) el que es verdaderamente comparable con Rembrandt por su elevado sentido de crítica al darse cuenta de lo ingenua que era la sociedad a la que estuvo expuesto. Por su lado, Goya aspiró a ser pintor de corte. Pasando antes por ser diseñador de textiles, el pintor logra su cometido. El artista pinta retratos y escenas, personales y colectivas, de reyes, reinas, duques y duquesas de una forma completamente aduladora (muchas veces confundida erróneamente con sátira, cuando en realidad, siendo crudamente honestos, la familia real nunca fue realmente atractiva, por ende adquiriendo posturas y muecas provocadoras de burla).

Completando con estas tareas su formación en composición de escenas y expresiones faciales, Goya poco a poco se va dando cuenta que en realidad está pintando para un escuadrón de burros, preocupados sólo por el dinero y el linaje (“Hasta su abuelo”). Esta suma de preocupaciones llegan a explotar con dos acontecimientos cruciales en su vida: La guerra y la sordera. Cuando viene el ejército de Napoleón a destruir Madrid, Goya no duda en hacer trabajo de reportero con su serie de aguafuertes “Los desastres de la Guerra”. Escenas crudas y viscerales circularían la capital mostrando a las personas lo poco natural de las consecuencias de un conflicto armado, a punto de sed de sangre y brutalidad. Goya pinta después dos cuadros en conmemoración del dos y el tres de mayo respectivamente, trayendo al público una sensación parecida a la antes mencionada mostrando las violentas escenas de la invasión mercenaria el 2, y el fusilamiento de rebeldes el 3. Es en esta etapa en la que Goya alcanzaría una madurez comparable a la que alcanzó Rembrandt en el final de su vida. La mirada y expresión del rebelde siendo fusilado nos recuerda no sólo la mirada de Rembrandt en su último retrato sino también toda esa gama de sentimientos presentes en él.

Es con “Casa de locos”, con “Peregrinaje a las Praderas de San Isidro” y con la serie de brujas que Goya alcanza su máxima madurez, al poder representar así lo erróneo de su época y satirizarla como lo había hecho antes Rembrandt (con menos censura). El anonimato de los soldados a punto de fusilar en “El 3 de Mayo”, la locura en la mirada de los peregrinos en “Peregrinaje a las Praderas de San Isidro” y los locos haciendo de reyes y papas en el manicomio en “Casa de Locos” dejan en claro que Goya había alcanzado la época en la que se sentía engañado por la comunidad a la que una vez aspiró, y que nunca más volvería a adular.

Es la aspiración y el desengaño que hacen la obra de Rembrandt y Goya tan trágica, tan atractiva, y tan representativa de una sociedad tanto pasada como actual. Rembrandt y Goya, tras experimentar la vida de un alto funcionario, un noble, un famoso pintor de la élite, o de la corte; se dieron cuenta que de lo exclusiva, poco sensata y contradictoria que la misma era. ¿Se expresaron de distinta manera? Sin duda. Uno fue más sutil (Rembrandt), el otro fue más crudo, directo y burlón (Goya), pero claramente ambos apuntaban a un mismo fin: no quedarse callados. El gritar al mundo con frustración ¡se está viviendo de la forma equivocada! es lo que verdaderamente caracteriza a Rembrandt y a Goya. Diría algo así como una mezcla entre el Placer de Vivir de Renoir y el Poder del Arte de Picasso (para que me entiendan aquellos que me han venido leyendo). Un grito bélico que demanda la falta de sensatez y premeditación en los comportamientos de ese entonces, e irónicamente, en los de hoy. ¿Necesitamos de un desengañado más que nos muestre el camino? ¿O seremos capaces de desengañarnos con lo que nos dejan artistas del pasado?