Ridículamente ‘ahuevados’, por Doménico Fonseca

«Si vemos que un amigo está haciendo algo mal, como buenos amigos: debemos espabilarlo y guiarlo por un mejor camino. Lo mismo debe ocurrir con cada aspecto de nuestro país. Si notamos que algo no anda bien, debemos reconocer los errores, hacerlos notar y buscar soluciones para no volverlos a cometer.»

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El último partido de las eliminatorias para el Mundial 2026 de la Selección Peruana de Fútbol, donde perdimos 0-2 contra la Selección Argentina, demostró lo ridículamente ahuevados que somos. Y no nos referimos al ámbito futbolístico. Nuestra actitud, como hinchada y jugador, dio ejemplos claros de cómo somos como sociedad.

Primero, lo inferiores que nos sentimos. Es de conocimiento público que la Selección Argentina fue recibida como superestrellas. Los recepcionistas peruanos estaban alentando al contrario. Tanto así que, cantaban sus barras y coreaban el nombre de sus jugadores. No consideramos que sea negativo alentar a otro equipo o hinchar por algún jugador específico. Pero sí consideramos que hacer que el visitante se sienta como en casa, es una ofensa a tu selección. No estamos diciendo que los recibamos tirándoles piedras o que les reventemos cohetes en la noche. Afirmamos que, lo mínimo, es hacernos sentir. Somos locales, estamos jugando un partido de eliminatorias y necesitamos los puntos: mostremos que queremos la victoria. Recibirlos de esa forma, fue sinónimo de inferioridad.

Ello pasa en varios aspectos. No somos capaces de creer en nosotros e intentar hacer la pelea. Es cierto, los argentinos son campeones del mundo. Pero también es cierto que en el fútbol todo se define en 90 minutos y que nada está escrito. Si a priori nos sentimos inferiores, ¿para qué jugar? Mejor, de antemano, démosle los tres puntos. No debemos encogernos por nuestra nacionalidad. Basta con reconocer nuestras debilidades, amortiguarlas y explotar nuestras fortalezas. Si siempre nos sentimos menos (con el mediocre pensamiento que somos unos “simples peruchos”) nunca lograremos cualquier hazaña.

Segundo, lo desconsiderado. Ya en el estadio, la privilegiada “hinchada” -entre comillas, pues aquellos asistentes han desnaturalizado el concepto- se abstuvieron a aplaudir y alentar cuando los jugadores argentinos hacían algo bien. Tuvieron la ansiada oportunidad que muchos peruanos hubieran querido, pero la desaprovecharon completamente. Quisiéramos dejar en claro que, si bien estamos generalizando, hubo una gran parte de hinchas -verdaderos- que sí cumplieron con su deber.

En pocas palabras, tener consideración con alguien significa tratar respetuosamente al prójimo. Fuertemente estimamos que los jugadores peruanos se merecían el mínimo de respeto al jugar como local. Y con ello, nos referimos a que sean alentados y ovacionados como se debe. Cantarle al rival, es hacer lo contario: no tenerle consideración.

La desconsideración está presente en el día a día. El comportamiento vial es un claro ejemplo. A pesar de la existencia de normas de tránsito, no tenemos en consideración al otro y manejamos como si estuviéramos presenciando el fin del mundo. El prójimo – nuestro compatriota- siempre debe merecer lo mínimo de consideración.

Lo egoísta. Vamos perdiendo 0-2, estamos jugando un pésimo partido, y lo único que le importa a una parte de la “hinchada” es obtener una foto con el verdugo del partido. Hay momentos… Evidentemente, durante una derrota, no le debemos subir el ego del antagonista.

Es gratis pensar en el otro. Es gratis ser empático. Es gratis pensar antes de actuar y preguntarse si es el momento adecuado. Dudo mucho que si el mejor jugador del mundo fuese peruano y le vamos ganando 2-0 a Argentina como visitantes, algún argentino tenga la osadía de entrar al campo; hacer que su equipo pierda tiempo valioso para voltear el partido; y, buscar su beneficio propio al intentar obtener una foto. Esta es una clara manifestación del egoísmo que tuvieron algunos “hinchas”.

Como nota personal, me da muchísima pena lo que he escrito. Mis amigos más cercanos y familiares conocen lo patriótico que soy. No me gusta hablar mal de mi país. No me gusta sentirme así. Sin embargo, justamente por ese inmenso amor que le tengo, es que recojo estas ideas y las comparto.

Si vemos que un amigo está haciendo algo mal, como buenos amigos: debemos espabilarlo y guiarlo por un mejor camino. Lo mismo debe ocurrir con cada aspecto de nuestro país. Si notamos que algo no anda bien, debemos reconocer los errores, hacerlos notar y buscar soluciones para no volverlos a cometer. Espero que no volvamos a ser testigos de un suceso similar.