Romper el país, por Nathan Sztrancman

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El peruano empieza el año con el misterio de no saber si se le va a romper el país. En épocas de elecciones sabemos que se nos rompe siempre, pero tenemos que esperar cuatro años a que nos expliquen porqué. Se nos pudo haber empezado a quebrar en un ministerio ajeno a la nación, en una reforma gravitacional o en las leyes ajenas a la realidad política, importadas en el Palacio de Gobierno.

Las maneras menos exageradas de cómo se nos rompe son los escándalos gubernamentales. Son costras reconocibles en la piel, que controlamos en sociedad para que no se nos salga todo de lugar. La difamación sirve para que los fiscales y periódicos tengan algo que poner en la mesa; no demasiadas para que algo de labor se pueda hacer, pero no muy pocas que sino su existencia sería innecesaria. Cuando ocurre una incongruencia caótica en algún puesto, siempre hay que tener a alguien que pueda suplir el despido, no vaya a ser que la gente se de cuenta que no hay necesidad de tanta burocracia. En general, a las personas en el poder les sale más rentable tener funcionarios corruptos que no tenerlos.

En la reforma educativa no hay que invertir demasiado para no imitar a Chile («Perú es una realidad muy diferente»), pero no dar poco para que no nos saquen tanta ventaja en ese aspecto («nosotros así, y en Chile si invierten bien»). Lo ideal es construir colegios a la misma velocidad en la que crece la población, para que siempre haya algo que hacer. Mordiéndonos la cola de esta manera, convencer al peruano de que hay una necesidad intangible, ya digo metafísica, de levantarse una mañana en abril para ir a poner una “X” en un papelito de la urna.

No se puede dar mucha pensión para evitar el apodo de neo-socialistas, ni abolirla del todo para generar el debate sobre el desempleo, entonces se propone su existencia a medias. Con el Presidente siempre ocurrirá lo mismo; tiene que hacerlo bien pero no tan bien, como cuando Messi mete solo un gol, evitando entonces las encuestas sobre si se debería cerrar el Congreso o legislar la reelección inmediata. En efecto, en sus cuatro años quien salga elegido debe esperar ese momento en el que puede mirar por la ventana y suspirar que ya hizo más — aunque sea por lo mínimo — que su predecesor. Me imagino al Jefe de Estado llenando un termómetro en una pizarra con un Sharpie, llegando su pareja todas las mañanas a preguntarle «¿Y? ¿Ya hicimos más que Ollanta? ¿Y ahora? ¿Y ahora?».

Hay que dar de que hablar pero sin que rebalse los límites de nuestra frontera, invertir a montones en las Fuerzas Armadas sin ser militaristas y no aceptar inversiones extranjeras sin ser nacionalistas. No incrementar el crecimiento económico, porque eso lo hizo el presidente pasado, y no dar lugar a proyectos sociales, que son consecuencia de influencias velasquistas. Si logramos llegar al fin de los cuatro años aún vivos y habiendo cumplido con los trámites, que en realidad exigen que nos cambiemos de nombre y de geografía, hay un respiro al final del periodo en el mandato. Dura una milésima de segundo, lo que el primer fuego artificial para explotar en el nuevo año, pero es lo que nos queda de un país roto, rotísimo.