Rusia, Siria y la mirada de Putin, por Enrique Banús

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Durante muchos años, sobre todo con Juan Pablo II, fue el vocero del Papa el periodista español Joaquín Navarro-Valls. Estaba presente siempre que el Papa recibía a algunos de los mandatarios mundiales; presente en los saludos iniciales. Ha visto muchos rostros conocidos, ha estrechado muchas manos famosas. Hace años me decía en Berlín que le había asustado la mirada fría, gélida de Putin.

Pues con esa mirada fría está haciendo exactamente lo que le viene en gana, sin preocuparse ni mucho ni poco por lo que piensen los demás mandatarios mundiales, a quienes probablemente desprecia.

Así lo ha hecho en Ucrania, con una política de hechos consumados en la que va a ser muy difícil dar marcha atrás. Y así lo está haciendo en Siria, con una frialdad espectacular.

Fue a Nueva York, a la cumbre de Naciones Unidas (donde por cierto Fidel Castro sigue manteniendo el récord de longitud en un discurso, con ¡¡¡cuatro horas y diecinueve minutos!!!), y al margen de la cumbre (¿por qué lo que sucede “al margen” suele ser más interesante que la propia cumbre?) se entrevistó, entre otros con Obama (a quien posiblemente desprecia); hablaron de Siria, volvió a Moscú y ordenó iniciar los bombardeos contra el así llamado “Estado Islámico”. Ha decidido, pues, apoyar claramente a Assad.

Le han llovido las críticas -la más aguda le acusa de que Siria en realidad no le interesa, que está aprovechando la coyuntura para probar sus nuevos armamentos-, pero no se ha inmutado.

¿Por qué puede hacerlo? Porque es Putin y tiene la mirada fría, gélida, obviamente. Pero también porque los demás políticos, a quienes probablemente desprecia, excepto quizá a Angela, con la que puede conversar indistintamente en alemán y en ruso, están atrapados en un quiero y no puedo: quiero que haya paz en Siria, pero no puedo contribuir a ella, más que proponiendo conferencias de paz, porque no quiero que siga Assad, que es un déspota que pisotea los derechos humanos, pero en su momento no me decidí de apoyar de verdad a los rebeldes cuando todavía no estaban contaminados del integrísimo y ahora ya no quiero apoyarlos. Y en esa aporía de apoyar un poco pero sin apoyar hasta llegar al punto en que resultaba mejor no apoyar, por como habían evolucionado las cosas, es más que ahora toca combatir a quienes en un momento se podía haber apoyado, combatir pero sin con ello apoyar a Assad,en esa aporía han quedado atrapados los Hollande, Cameron y también Obama. E incluso un poco Angela. Con los europeos unidos -me decía estos días un taxista de Madrid- no podria nadie. Pero -seguía- no están unidos… y es que es muy difícil: si hace 100 años estábamos matando franceses en Madrid (los taxistas de Madrid hablan con gran autoridad de todo).

Y es así: los europeos desunidos, Obama titubeante, así que bombardear, lo que se dice bombardear lo está haciendo Putin. Y los turcos, que aprovechan para, de vez en cuando, darles también a los kurdos, que sobre el terreno, con tropas de a pie, luchan con bastante éxito contra el así llamado “Estado Islámico”, mientras son bombardeados por los turcos, que también luchan contra el “Estado Islámico.”

Y mientras (casi) todos critican a Putin, el de la gélida mirada, hay quienes piensan que bien no está lo que hace, pero que ya era hora de que alguien se pusiera serio. Por eso, en estos días un columnista español, que gusta ser políticamente incorrecto, lo alababa y aventuraba que su intervención en Siria se recordará en los libros de historia porque fue quien realmente acabó con ese horror que fue ese así llamado Estado. Ya ha conseguido un efecto especial: la OTAN, desaparecida de facto del tablero internacional hace años, parece que está evaluando situar tropas terrestres sobre el terreno.

¿Por qué lo hace Putin? ¿Por esa tibieza que ve en los otros políticos, a quienes probablemente desprecia? Quizá. Quizá también porque puede: en su país la oposición es irrelevante (ya se ha ocupado de que lo sea) y gestos así gustan a mucha gente. Y a sus (muchos) electores, desde luego. Esa demostración rural de fuerza, ese liderazgo macho, sin diálogo, esas pistolas en su sitio caen bien, dan votos, en una sociedad a la que le ha traído no solo prosperidad (aunque desigualmente repartida, pero creando una clase media, novedad absoluta en Rusia), sino también un volver a ser alguien en el mundo, después de la desmembración de la Unión Soviética, vista con pena por muchos. Esto da, pues, votos.

Y frente a ello, quedan gestos simbólicos. El Nobel de Literatura a la escritora bielorrusa que con acerada crítica describe al “homo sovieticus” se puede leer en esa clave.

Estamos celebrando el quinto centenario de la gran Teresa de Jesús. Condensaba su actitud vital en aquel extraordinario “Nada de turbe, nada te espante. Sólo Dios basta.” No creo que Putin haya leído a Santa Teresa. Pero a él, el de la mirada gélida, nada le turba y nada le espanta. Sólo el poder le basta.