Salvada del terrorismo, por Alfredo Gildemeister

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Aquella mañana de un mes de julio de mediados de los ochenta, el pueblo amaneció tranquilo. En las alturas cerca de Abancay, si bien el terrorismo de las huestes de Sendero Luminoso (SL) venía afectando a los pueblitos y villorrios de la región, el pueblo en donde vivía la pequeña Julia nunca había sido “visitado” por las columnas terroristas de SL, hasta aquella nefasta mañana. Mientras su madre preparaba el desayuno y sus hermanitos jugaban, una partida de senderistas bajaba por las faldas del cerro al este del pueblo.

La madre de Julia, doña María, estaba poniendo la mesa para el desayuno cuando intempestivamente entró Juana, la vecina, la cual le gritó a María que huyera con sus hijos puesto que le habían informado que una partida de unos ochenta senderistas armados, venían bajando por el cerro hacia el pueblo. María se quedó helada y mientras reaccionaba, llamó en voz alta a sus hijos. Estos fueron apareciendo y se fueron reuniendo en la salita de la casa. De vez en cuando María miraba con cara aterrada por la ventana a la calle. Julia, como hermana mayor que era, ayudó a su madre a reunir a sus hermanitos. Todos eran pequeños incluyendo la última, que era un bebé de meses de nacida. Su padre se encontraba a unos kilómetros en el campo trabajando. Imposible buscarlo para pedirle ayuda.

Fue en ese momento cuando vio por la ventana y se percató de cierto movimiento de gente al comienzo de la calle. Los senderistas estaban ingresando al pueblo y entrando casa por casa, sacando a toda la gente hacia la plaza del pueblo. Hombres, ancianos, mujeres y niños. María no era tonta. Sabía que los terroristas de SL se llevaban a los niños a partir de cierta edad para meterles odio en sus cabezas y volverlos terroristas como ellos. María miró a sus hijos y supo que a sus hijos pequeños no se los llevarían, pues era muy pequeños, salvo a Julia. La niña era pequeña de estatura, pero cumpliría doce años el próximo mes de agosto. A ella sí se la llevarían. Volvió a mirar por la ventana. Ya estaban cerca, como a dos o tres casas. María miró a Julia y tomó una rápida decisión.

La primera decisión importante de su vida. “Ven” le dijo. La tomó de la mano y prácticamente de un jalón se la llevó al lado de la mesa del comedor en donde habían dos tinajas grandes de barro, poco más de un metro de altura, para guardar chicha, con sus correspondientes tapas. Una estaba llena de chicha. La otra estaba vacía. “Rápido, métete aquí” le ordenó María a Julia. Julia se introdujo en la tinaja, se agachó y María le puso la tapa a la tinaja no sin antes decirle: “Quédate aquí y no te mueves ni hables por nada del mundo hasta que yo venga y te saque”.

Fue en ese instante en que la puerta de la casa se abrió de golpe y entraron intempestivamente cuatro hombres armados con fusiles AKM. “¡Fuera, a la plaza, salgan todos!” dijo un hombre joven apuntando a María y a sus pequeños hijos. Esta cargó en brazos a la bebe y al otro de cuatro años de edad lo tomó de la mano. El pequeño Abel de seis años se agarró de su falda y se quedó a su lado. María vio con terror como uno de los senderistas se acercaba a la mesa del comedor y miró las dos tinajas. Empezó a sudar frio. El senderista cogió los panes y quesos que María había puesto en la mesa. Los metió en su morral.

Había una jarra con leche y tomó un poco directamente de la jarra. Los demás senderistas se acercaron e hicieron lo mismo. Luego uno de ellos se acercó a las tinajas. “¿Qué carajos hay aquí?” preguntó a María. “Chicha de jora” respondió esta. El senderista se puso al pie de las dos tinajas. Miró ambas. María miraba aterrada y rezó a la Virgencita del Carmen de la cual era muy devota. En eso el senderista sacó rápidamente la tapa de una de las tinajas. A María se le detuvo la respiración. Era la de chicha. Los senderistas cogieron unos vasos y tomaron chicha de la tinaja. Luego uno les ordenó: “¡Ya carajo, fuera todos!” y salieron de la casa.

En la plaza del pueblo estaba todos los pocos habitantes alineados en filas. Los senderistas se acercaban a cada habitante y lo miraban. Separaron a varios niños y niñas de cierta edad, digamos que de diez o doce para arriba. Luego separaron a un par de hombres jóvenes y a tres ancianos. A ellos los pusieron al pie de un cerco de piedra y los asesinaron a machetazos. “Traidores, soplones” dijeron. Luego tomando a los niños y niñas seleccionados se alejaron del pueblo hacia los cerros del oeste, camino de Ayacucho. María regresó corriendo a su casa, sacó la tapa de la tinaja y Julia se asomó tímidamente: “¿Ya puedo salir mamá?” preguntó. “Ya puedes salir mi amor” respondió María abrazándola muy fuerte. En ese instante tomó la segunda decisión importante de su vida: “Julia, te vas hoy mismo a vivir con tu abuela al Cuzco”.

A modo de epílogo, podemos decirles que Julia vivió con su abuela en el Cuzco durante muchos años, durante toda su adolescencia y parte de su juventud, hasta que el peligro terrorista pasó. Después de unos años, se reunió nuevamente con su madre María, su padre y hermanos. Trabajó como empleada del hogar con varias familias cuzqueñas hasta que decidió venirse a Lima. En la capital conoció al hombre del que se enamoraría y que sería su marido. Era mozo de una conocida sanguchería y juguería en el Cono Norte.

Finalmente, se casaron y Julia que es muy emprendedora, puso una sanguchería con su marido. Le fue muy bien pues su marido ya conocía el negocio, era muy trabajador y crecieron económicamente. Pusieron más sangucherías y juguerías, toda una cadena en Lima. Finalmente, Julia decidió dar el gran paso y decidió poner un restaurant elegante de carnes, estilo argentino, en pleno Miraflores, el cual no tiene nada que envidiarle a los restaurantes de carne más caros y exclusivos. Hoy Julia es una empresaria de éxito y su marido también. Son gentes sencillas de las que hacen que el Perú sea un país de grandes emprendedores. Aquella chiquilla que salvó milagrosamente de los terroristas metida en una tinaja de barro, definitivamente, es de las mujeres que engrandecen este país.

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