San Ollanta, por Gonzalo Ramírez de la Torre

"Sería mezquino decir que no existían razones atendibles para temerle a una presidencia humalista".

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Luego de la revelación de que más de un empresario le entregó gruesas sumas de dinero a la campaña de Keiko Fujimori en los comicios del 2011, y que estos buscaron que los aportes no fuesen transparentados, la discusión sobre lo sucedido en ese proceso electoral se ha tornado especialmente benigna hacia el entonces candidato Ollanta Humala.

No se trata, claro, de que los males de un aspirante a la presidencia corrijan los de otro, especialmente cuando no se puede soslayar lo éticamente reprochable que resultan las transferencias de millones de dólares por debajo de la mesa. Sin embargo, tampoco resulta sensato que el otrora contrincante de quien ha sido protagonista de las últimas revelaciones de aportes opacos pase piola como un demócrata impoluto, especialmente cuando este es Ollanta Humala.

Y es que el discurso de algunos ante lo que hoy se sabe sobre la identidad de los que le dieron dinero al fujimorismo se ha inclinado hacia esto último y al rollo de que “los ricos” y “la derecha” procuraron poner a su candidato favorito en el poder pero “el pueblo” supo elegir la defensa de la democracia y la lucha contra la corrupción (a saber, votando por Humala). El mismo exmandatario ha suscrito ese alegato diciendo, con tono de víctima, que se enfrentaron no solo “a los adversarios políticos, sino también al poder económico que, con el cuento que hacía una propaganda proempresa, era una propaganda contra nosotros”. Asimismo, frente a esto, el pretexto de la amenaza chavista que ofreció Dionisio Romero para justificar los US$ 3,6 millones que dirigió a Keiko Fujimori, ha sido descartado como simple paranoia.

Pero si bien nada justifica zurrarse en la transparencia que los partidos políticos deben tener para con los votantes, sería mezquino decir que no existían razones atendibles para temerle a una presidencia humalista.

Para empezar, las credenciales democráticas del señor Humala dejaban muchísimo que desear. Cuando postuló en el 2006 lo hizo, en efecto, con el sonoro festejo del dictador venezolano Hugo Chávez, que le prodigó más de un halago en el transcurso de la contienda, mereciendo cierta indulgencia del líder nacionalista. Dicha relación incluso le ha merecido al expresidente peruano ser sindicado por la fiscalía como el receptor de millones de dólares de la dictadura caribeña.

Asimismo, si aquello no bastaba para poner en tela de juicio la entereza del entonces postulante a la jefatura del Estado, solo había que remontarse al 2005, cuando avaló desde Seúl el levantamiento que encabezó su hermano Antauro Humala para poner en jaque el gobierno democrático de Alejandro Toledo. A Antauro incluso se le terminó condenando por el homicidio de cuatro policías durante su asonada golpista.

Claro, para el 2011 Ollanta Humala serenó su discurso y dejó el polo rojo por la camisa blanca. Así, a mitad de caminó abandonó su desatinada “Gran Transformación” y pasó a la mentada hoja de ruta, para procurarse los votos del centro. Empero, el temor de que todo esto se tratase de un conveniente disfraz para acceder al poder era real. Especialmente dada la envergadura de los antecedentes que aquí hemos reseñado.

Dicho todo esto, tampoco se puede pasar por alto lo que hoy se conoce sobre los vínculos del expresidente y la señora Nadine Heredia con el Caso Lava Jato. Según Jorge Barata y la tesis del Ministerio Público, la campaña del Partido Nacionalista contó con millones de dólares de Odebrecht provenientes de su infame ‘Caja 2’. Lo que dejaría claro que los intereses millonarios no solo estuvieron detrás de Keiko Fujimori en el 2011…

La verdad del caso, sin embargo, es que el aprieto en el que nos metimos en el balotaje del 2011 nos obligó a elegir entre dos opciones bastante infelices y lo importante es reconocerlo. Tratar de dar la idea de que un candidato enarbolaba valores que simplemente no representaba sería traicionar la historia.

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