¿Se puede amar demasiado?

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Los feriados de día de semana nos ilustran acerca de lo que normalmente ocurre mientras estamos en la oficina. El noticiero del mediodía, la novela de las 3 y, si no sufres de migraña tensional, esa cosa que se llama Amor, Amor, Amor.

Por supuesto que anteayer mi marido no estaba dispuesto a soportar ninguno de los anteriores, así dedicamos la parte de la tarde en que mi hija de 1 año se puso a rayar el suelo, a ver Willax TV. La programación allí es bien decente, salvo el lapsus chicherus del que fuimos testigos: Janet Barboza hablando del amor con el autor del libro “No me jodas”.

Mi marido se desgañitaba de tanto verso meloso del tipo: “Quédate con quien te quiera tal como eres y no con quien quiera cambiarte”, mientras yo iba apuntando. Para quien escribe, todo es fuente de inspiración (y de réplica). Una de las perlas bamba de la entrevista fue: “Tomás, ¿y qué les puedes decir a las mujeres que aman demasiado?”.

Luego vino el café sin cafeína de la tarde –mi pequeña ya había pasado a jugar con mi teléfono, creo que algún día la contratarán para pruebas de testeo de Google–. Amar demasiado… ¿caben adverbios de cantidad en el amor?

“Te amo mucho”.

“Es una mujer que ha amado poco”.

“Te amo hasta el infinito y más allá”.

Todos hemos dicho estas frases. Pero si lo piensan bien, lo hemos hecho por lo que en ese momento sentíamos. El sentimiento, y más aún cuando se trata de atracción por el otro, puede llegar a ser muy intenso. Puede llegar al infinito y más allá. Amar es otra cosa. Es entregarse sin condiciones y buscar hacer feliz al otro, trayendo como resultado no buscado pero sí logrado, la propia felicidad.

En ese sentido, teóricamente, nunca se ama demasiado, pues la entrega no tiene medida. En todo caso, podría decirse que “se ama mucho” cuando uno ve que renuncia constantemente al yo por el tú.

Pienso –e imagino que ustedes también– que la pregunta fue más bien en el sentido: personas que aman demasiado = entregan más de lo que el otro merece.Yo le quiero responder a la señora entrevistadora. ¿Qué pasa con esas mujeres (u hombres? Que han olvidado el otro postulado del amor: amar es una decisión. Tú elegiste amar a ese fulano o fulana, tú decidiste entregarle tu tiempo, cariño, esfuerzo, lágrimas y alegrías. Si luego descubres que no se lo merecía, no amaste demasiado (simplemente “amaste”, hiciste bien), lo que hiciste fue elegir mal. Y todos nos equivocamos, así que no hay mayor novela con eso. Pobre de mí, que lo di todo… pobre de mí, tengo el corazón hecho pedazos… Qué tonta fui, al mirar a ese/a innombrable. Take it easy! Nada de victimismos ni arrepentimientos. Saca tu pañuelo, busca en Spotify “Tropecé de nuevo con la misma piedra” de Julio Iglesias, y pa’ lante, comandante.

Sentir demasiado existe, amar demasiado no. Entregar poco sí, pero eso ya no es amor pleno. Entregar todo –usando la inteligencia, prudencia y demás “-encias” que impliquen usar la cabeza– es amar de verdad.